Otra sucia, ruidosa y chirriante estación de tren, llena de gente irreal, que va y que viene, que no se siente de ningún lugar. Otra noche fría y lluviosa que asusta hasta los gatos. Indigentes buscando un hueco cálido y seco. Y yo con mi maleta vieja de cuero, huyendo del hogar, dispuesto a olvidar, volver a empezar.
Sólo fue un desliz, algo insignificante, una pequeña hoguera en un incendio. Pero lo complicó todo, y en verdad: es que todo empezaba a ser demasiado aburrido.
Cuando el Diablo se aburre mata moscas con el rabo.
-Me dijiste: -¡Vete! –Y yo te hice caso, ¡vaya que si lo hice! Me fui bien lejos, lejos de ti. ¡A mí nadie me dice lo que tengo que hacer, eso ya lo sabías. Yo hago lo que me da la gana, y si no puedo hacer lo que me da la gana, hago lo contrario de lo que me dicen! Ya ves, así de tío duro soy, así de terco, así de poco razonable, así de ignorante,.. Pero es lo que me pide el cuerpo. Y no me va tan mal, quien quiera tratar conmigo, sabe que puede ahorrarse sus consejos.
-Y aunque, ahora sea consciente de que obré mal, no pienso arrepentirme, pienso cargar con la cruz de mi error. Porque ser terco es parte de mí, es el símbolo de mi independencia, de mi Fe en la libertad.
-Otra vez solo, lejos y en soledad. Soledad, ¡qué bonito nombre! Mi amiga fiel, siempre estás ahí cuando todos me abandonan, cuando me dejo abandonar.
Esta ciudad es aún más gris que la anterior, un lugar nuevo para cerrar viejas heridas. ¡Sí! tengo llama para aguantar puñaladas, de esas que asesto con saña en mis propias entrañas. Aún puedo beberme mi sangre, tragarme mi vómito, comerme mi mierda y, tirar hacia delante. No es la primera vez que hago borrón y cuenta nueva. No es la primera vez que continuo, basándome en un resultado erróneo, asumiéndolo como cierto en mi cabezonería, estrellándome al final, como un niño que se tira del balcón, creyendo que puede volar.
Todavía te imagino desnuda, en la cama, respirando fuerte y pausadamente, junto a mí, mientras sobo tu pelo y pienso: ¡Joder! ¡qué guapa estás! – Y yo aquí, a mil kilómetros de ti, dispuesto a arruinar la historia de amor, por un absurdo desliz, esa es mi cruz, esa es la carga, la pena que me acompaña. No debí abrir aquella cerveza, no debí salir de casa, ni encender el último canuto,... Debí darte un beso, acostarnos. Debí taparme los oídos cuando dijiste: - ¡Vete de mi casa alcohólico, porrero!
Y yo, que soy alcohólico, que soy porrero. Te hice caso, y sabía que en el fondo, estabas diciendo: - No te mutiles, no desees morir, no te vayas... que yo te quiero, juntos podemos cruzar el mundo, volverlo del revés, vivir cantando, vivir riendo.
Como una rata cobarde, me escondo de tus lágrimas, entre las miserias de este mundo, que nunca nadie podrá volver de colores.