Vaya cagada de examen. Estoy harto, hasta la punta del nabo, se me han perdido las ganas de todo, me las he dejado en un aula y garabatos en un papel. Son muchos años y mucho esfuerzo dedicado a esto, para que venga un hijo de puta y lo tire por el suelo. Siempre un hijo de noventa perras tiene la sartén por el mango.


Al final todos nos sometemos a las normas de otros, a las normas aprobadas por la democracia. Hay que tener algo con lo que medir, una escala universal que sea reconocida por el mayor número de personas, aunque esas personas importen una mierda o sean una panda de ignorantes, malhechores, resentidos... Al final a todos nos vence el miedo a la intemperie, al final todos deseamos el calor de la manada, la seguridad de una ley que nos protege allá donde vamos. Sí, todos somos esclavos del dinero... bueno cuando digo todos quiero decir: YO, yo, yo, me, I.


A veces creemos que somos capaces de cualquier cosa, pero que no las hacemos porque no tenemos ganas ni de intentarlo. -“Yo lo haría, pero es que soy muy vago”. - Nos decimos para quedarnos contentos con nosotros mismos, para no caer en el juego de infravalorarnos respecto a los que consiguen logros que no parecen tan lejanos. Pero cuando fuerzas la máquina, cuando verdaderamente pones empeño en algo y no lo consigues, o lo consigues quedándote al límite, con medio rabo al otro lado de la gatera. Es entonces cuando comprendes, que por mucho que digan los ideales democráticos, todos no somos iguales.
Lo que jode, lo que verdaderamente sienta mal, es haber hecho los mismos méritos, o incluso más, y al final quedarte fuera del grupo, fuera de la élite, fuera del 20% que siempre aprueba.