Siempre conseguía lo que quería, conocía sus límites y sus metas eran realistas, duras pero alcanzables. Muchos de sus sacrificios eran innecesarios, un extraño afán de superación le guiaba, un continuo aumentar su resistencia al dolor. Él solo podía con todo y la ayuda de los demás le resultaba molesta, podría haber hecho grandes cosas, pero le venció su falso orgullo, le pudo su desprecio a lo ajeno. Un día se encontró con todos sus miedos, estaban reunidos en una habitación, en su propia casa, conspirando contra él, se reían y le compadecían, hablaban de él como de un pobre loco inofensivo. Aquello fue como un mazazo en su dura cabezota, redobló sus objetivos, subió más alto que nunca, quería demostrar que era el mejor: que las cosas que él hacía, que él comprendía, que él descubría, estaban al alcance sólo de unos pocos. Con todo su afán de superación, con todos sus sacrificios, sus horas robadas al sueño, su vida entre libros y sudores de gimnasio (mens sana in corpore sano), no consiguió nada, seguía siendo el hijo tonto de sus miedos.
De quien se muere de hambre admiras su aguante, su lucha por aferrarse a la vida en condiciones tan adversas. Pero de quienes su condición de vida es semejante a la tuya, compasión es el peor sentimiento que se puede albergar hacia esas personas; en el menosprecio al menos hay algo de envidia, de amor y odio, el atisbo de que estás ante alguien de condición semejante a la tuya, quizá incluso mejor. Sentir pena, compasión, es considerar al otro poco más que un gusano sin tan siquiera masa ósea que dé forma a su cuerpo y proteja su mente.
La sabiduría es una mujer, y la mujer ama sólo al guerrero.
Se cansó de luchar, sus incipientes alas se marchitaron y cayeron presa del dolor, no supo hacer frente a sus miedos, no era el superhombre que Nietzsche anunciaba, se convirtió en gusano, trepó a una frágil rama de un árbol bajo, reunió sus últimas fuerzas para aferrarse a ella, su piel se endureció, ahora espera dentro del frágil capullo una nueva oportunidad para echar a volar.