A veces, me gusta que me miren con un poco de asco, que los que están alrededor se sientan incómodos conmigo, para que se muevan. Los veo tan tranquilos en sus convicciones, que me exasperan. Sin dudas ni preocupaciones, sin angustia existencial, sin odio social... En verdad, resulta enervante que no participen de mis emociones. Molestarles, sí... como los niños cuando ven a sus padres tranquilos, relajados... y comienzan a gritar y moverse, no lo hacen por fastidiar, es sólo que les gusta jugar. Me gusta mucho jugar, jugar de forma improductiva, incluso dañina. Pero es sólo un entretenimiento, soltar la cuerda y recogerla de nuevo. Al rato me canso, sigo queriendo vivir en sociedad, no me gustaría ser marginal.
“Los amigos, los amantes, los cónyuges prefieren a compañeros alegres y la mayoría de las veces son capaces de sentir más compasión con manifestaciones vistosas de un sufrimiento superficial que con un dolor profundo, mudo y oculto. El entorno excluye automáticamente de su medio a los individuos que dejan de ser funcionales para él y que no parecen suficientemente dóciles. Una persona poco resistente y eficaz resulta, en muchos casos, una carga aun para sus amigos más próximos.” Eva Syristova (El mundo imaginario)
También me cuesta aceptar las críticas, siempre cre o que me infravaloran, porque me tengo por una especie de Semi-Dios. Más listo y más duro de lo que los demás ven. Podría pensarse que soy una especie de neurótico esquizoide, seguro que lo soy, pero no de forma patológica. Lo que me salva de caer en la locura son la tozudez, el afán de superación, el afán de conocer, el aceptar las consecuencias de mis actos, el amor, las cosas bellas, el SEXO... Sí, alguna vez, todos somos esclavos del SEXO.