Después de todo, el germen del color y el movimiento se habían conservado. Había pasado una época de la más pura inanición, desidia y aburrimiento. Durante esos años todo fue mecánico. Los pensamientos simplemente se esfumaron, desaparecieron en los entresijos de los problemas de cada día. - ¿Cómo había llegado a aquella situación? - Había sido algo progresivo, perverso, necesario, imperceptible al ojo de las prisas... que es la única forma en la que uno queda varado en una situación no deseada. Un estado donde los actos están regidos por la necesidad, donde no queda lugar a la elección y mucho menos a la ensoñación.
De casa a la oficina, de la oficina a casa. Los trayectos con la orquesta de fondo de la ciudad: coches, conversaciones ajenas, miles de gentes que van y vienen devorando best-sellers, podcasts, canciones, juegos... Pequeños trozos de cosas que nos acompañan en esa tierra de nadie que es el transporte hacia el trabajo.
Hasta que la nebulosa de problemas desapareció. Los antiguos pensamientos y colores afloraban de entre la resaca de las olas que ahora le mecían en playas nuevas, dejando al descubierto un mundo extraño.
De un día para otro se quedó sin trabajo y fue como quedarse desnudo delante de todo el mundo.
-Esto no ha pasado en balde - Se repetía a sí mismo.
-Pasados unos días lo veré bajo la perspectiva del seguir hacia delante - Siempre sacaba el lado positivo de todo.
En este forzado reposo y ante la nueva realidad, reparó en el significado de palabras que inundaban los medios y que ahora se revestían de infinitos matices, dejaban de ser el relleno de discursos vacíos: Libertad, Trabajo, Vacaciones, Dinero, Enajenado...
Lucidez henchía su cuerpo. Pero sabía que era la lucidez de un loco, la del loco salido de la "caverna" que ha vivido entre sombras y aire rancio, y de pronto, se encontraba ante un mundo de luz y fuertes vientos que azotaban su cuerpo desnudo.
Los primeros días fueron eufóricos, borrosos. Quería huir, recuperar el tiempo perdido. Era de los que sólo saben mirar adelante. Pero el concepto se había difuminado. "Adelante" había sido donde apremiaba la necesidad y atraía la codicia. Ahora se abrían infinitas posibilidades, un paisaje sin explorar. Le costaba entender que podía hacer lo que quisiera, lo que le apeteciera: lo más fácil, lo más difícil, lo más bonito, lo peor... No había caminos en aquel "nuevo mundo".
Había amanecido un soleado día de invierno. No tenía ninguna especial apetencia, se puso los pantalones cortos, las botas y salió a pasear. El mundo seguía girando, y después de todo, un despido es poca cosa en la vida de un hombre. Pasear, correr... las actividades al aire libre le ayudaban a organizar sus ideas y purgar los circuitos cerrados que se crean cuando uno está mucho tiempo a solas.
"♫Yo soy un loco
que se dio cuenta
que el tiempo es muy poco ♫..."
Aquella canción se había instalado en su oído interno y no dejaba de repetirse una y otra vez. -¿Será la felicidad?-
Nunca había paseado a esas horas y la ciudad se le aparecía totalmente distinta, sin masificación ni prisas: jubilados, gente de vacaciones, amas de casa, repartidores... Pero él no podía dejar de pensar en los trabajadores, encerrados en sus cubículos -¡Con este día tan bueno!- Siguió paseando y se fue olvidando de todo, escuchando los pájaros, el sonido del mar, el parloteo de la gente... Se fijaba sin más, no iba con el disco rayado de sus planes de presente o futuro, sólo, de vez en cuando, volvía a sonar:
"♫Yo soy un loco ♪..."
Toda gran ruptura tiene un proceso de adaptación. Uno podría plantearse la muerte y sería una solución tan válida como cualquier otra, pero a él no se le había ocurrido, no era una solución posible. Aunque a veces le asaltaban la inseguridad y la culpa, sentía el impulso de la vida dentro de sí y se le quedaba corta para tantos planes como tenía.
Habían pasado ya quince años desde aquel suceso -¡El tiempo pasa tan de prisa! -
Estaba en la puerta del colegio esperando la salida de sus hijos. El bullicio era enorme: niños gritando y corriendo, padres charlando... - ¡Es increíble! - Tanta energía vital junta dedicada al juego y a la más pura distensión. Debería haber algún científico, negociando con algún empresario, la forma de producir ingentes beneficios económicos a partir de aquel alboroto. Sus dos hijos aparecieron de entre la multitud y se asieron fuertemente a sus piernas -¡Papi! ¡Papi!-. Se alegraba tanto de poder estar con ellos, de llevarlos caminando a casa, prepararles la merienda... Pero acababan por agotarle, y a menudo desconectaba, dejaba el piloto automático del regañar y asentir en una mezcla de libre albedrío y normas preconcebidas.
Mientras volvían a casa y su cuerpo quedaba en modo autómata, se le antojó echar la vista atrás. Porque se sentía libre y podía dirigir su mirada en cualquier dirección, además, la primavera le llevaba por los derroteros de la emoción y la nostalgia.
Pensó en la suerte que supuso su despido de aquella gran multinacional. Tenía un futuro prometedor como ingeniero, era un trabajador nato, le gustaba su trabajo: le encantaba estar rodeado de aparatos electrónicos, ordenadores, programas, líneas de código... Veía poesía y rostros humanos en aquella amalgama de hardware y software en continua evolución. -Y, ¿Por qué no? ¿Acaso debía estar el funcionamiento de aquellos cacharros sometido únicamente a la utilidad o el marketing?- Pero las cosas empezaron a ir mal en la compañía. El mal económico derivó en mal ambiente laboral. Se presionó a los trabajadores a hacer más horas, a no parar, a controlar las salidas al lavabo... Se generó lo que llamaban "ambiente de desconfianza". Algunos no estaban dispuestos a aceptar el nuevo régimen y comenzó la primera oleada de despidos, con una doble función: azuzar a los trabajadores que se quedaban y aliviar la situación económica de la empresa. Ya se sabe que el mercado no atiende al bien social o la utilidad.
En esa primera oleada de turbulencias salió despedido y quedó varado en la playa, ante un mundo que seguía su frenético ritmo.
Durante su vida como trabajador, la única ensoñación que se permitió, fue la de tener tiempo para aquellas aficiones que se había visto forzado a abandonar. Las prisas, el estrés y el mal humor no le permitían ir más allá. Ahora tenía ese tiempo, y empezó a hacer, sin prisa, sin pausa, era una persona muy activa. Comenzó retomando y procurando cuidados a su abandonada vida social. Porque el despido no sólo le había apartado de su fuente de ingresos, sino también de las personas con las que pasaba gran parte del tiempo. Aunque sólo fuese trabajo, se había acostumbrado a ellos, y en cierto modo, los echaba de menos.
Comenzó a redescubrir la ciudad a la que se había mudado para promocionar a un puesto mejor, dejando lejos su familia y amigos. Era una ciudad costera, a orillas del Mediterráneo, le fascinaba el mar. Siempre había vivido en el interior, y el mar le recordaba a las vacaciones con sus padres y hermanos, en aquellos apartamentos tan impersonales donde uno se entregaba al descanso de forma casi enfermiza: sol, arena y playa.
Ya conocía todos los monumentos importantes y había paseado por los sitios más pintorescos, pero siempre con la mirada del turista, del que tiene que aprovechar el tiempo al máximo: -¡Hay que verlo todo y hacerle fotos a todo!- Bueno, al menos eso lo tenía hecho, todo estaba visto, ya no necesitaba ser turista.
Sus paseos eran una mezcla de deporte y necesidad, momentos de relax ante el estrés que le producía el inmenso vacío a que se enfrentaba cada día. Tantos años sabiendo lo que tenía que hacer al levantarse, aunque no le gustase o se quejase. Ahora, todo eran embriones de planes que resultaban en aborto al mismo momento de su concepción.
Había dejado de ver y leer noticias, ya no le interesaban. No miraba catálogos, no se le ocurría nada que comprar. Mientras trabajaba y ganaba dinero, cualquier oferta o capricho le seducía. En parte, le hacía pensar que su trabajo al menos servía para eso: tener muchas cosas. Pero en las ciudades grandes, las noticias muchas veces están a pie de calle. En uno de sus paseos encontró un montón de gente en la plaza, con pancartas y cacerolas. El ruido y la muchedumbre le atraían, como los mosquitos que giran en torno a la luz atraen a las salamandras. Y allí estaba él, observando y escuchando las consignas. Mientras, vendedores ambulantes aprovechaban la ocasión para hacer negocio con la sed humana: -Agua, "water", cerveza, "cold beer"-. Sí, había mucha gente, y todo lo que decían le parecía muy razonable, pero las cervezas no estaban frías. Era una noche de calor y humedad en pleno mes de Julio. Durmió allí, en la misma plaza. Se sentía parte de aquel movimiento: él tampoco tenía trabajo y tampoco le gustaban las políticas neoliberales ni la degradación del Estado de Bienestar. Con el pasar de los días la gente se dispersó: cada uno a sus tareas. Después de todo, la situación laboral no era tan mala. Así que él también corrió a refugiarse en su propia individualidad.
Fue la etapa más dura. El futuro le caía en cima como una losa, la incertidumbre le acosaba en cada nueva idea. Las críticas de la familia y amigos minaban su confianza. Mientras uno tiene trabajo y gana dinero, goza del respeto de la sociedad, aunque sea un trabajo precario y denigrante, puede alzar la voz y quejarse con grito amargo. Él era joven, podía trabajar si realmente lo deseaba. Pero no quería volver a ser un autómata, y todo proyecto para salir de aquello era a demasiado largo plazo. Había estudiado durante muchos años, esta sensación no era nueva, pero se agravaba con la edad.
El paseo desde el colegio había acabado, y el mayor de sus hijos, Pedro, le hurgaba en los bolsillos del pantalón en busca de las llaves de casa. Mientras, el pequeño Juan, le tiraba del brazo, como queriendo rescatarlo del mundo virtual en que se encontraba inmerso.
-¡Niños! Parad un poco quietos.
-Ya abro.
-¡Y como hagáis ruido al subir las escaleras no os dejaré conectaros a Internet!
Ante una amenaza tan inmediata la obediencia era absoluta. La merienda y el Internet, otra pausa del frenesí juvenil.
Volvió al momento en que decidió tomar las riendas de su vida. Buscaría un empleo, pero desde luego no sería algo tan absorbente como el anterior. Tenía tendencias artísticas y literarias, pero no constancia, era muy disperso, estaba todo él lleno de pájaros, negros y de estridentes colores. Aún así, tenía tiempo y no quería dejar de hacer aquellas cosas que tanto le gustaban. Jugaba a deconstruir su ingeniero. Con esto no obtenía ingresos, así que mientras, se preparaba unas oposiciones. Quería ser profesor, había sido buen estudiante y creía que tenía muchas cosas que aportar a los futuros ciudadanos. En aquel frenesí de proyectos se sentía feliz, joven otra vez.
En el fondo, tuvo suerte de encontrarse solo en aquella gran ciudad y construir nuevas amistades. Eso le permitió liberarse de la presión que ejercen las relaciones sociales para continuar con la vida que siempre hemos llevado. Los miedos y la incertidumbre se multiplican si son fomentados por quienes nos rodean. Podemos hacer el esfuerzo de negarlo - No!!, no me afecta lo que los demás puedan pensar o sentir - Pero aunque consigas abstraerte, requiere un esfuerzo, una lucha... y cansa. Como también cansa echar la vista atrás - ¡Uff! - El vértigo del paso del tiempo, sintió incluso un ligero mareo. Bajó de la nube y buscó a sus hijos en el salón:
- ¡Papi! ¡Papi! Llévanos a la playa, ya hemos visto todo internet, queremos jugar en la arena...
Era una tarde soleada de primavera, soplaba una brisa fresca y el mar estaba en calma. El susurro del viento y el romper de las olas lo transportaron a aquellas mismas playas, años atrás, tirado sobre un pareo con la que luego sería su esposa.
Se conocían de hacía años. Sus familias veraneaban en el mismo sitio y habían mantenido el contacto. Pero, ya se sabe: Los amores de verano, tan intensos como efímeros... Ahora la situación era distinta, vivían en la misma ciudad y comenzaron a salir.
Allí llegaba ella. Le había enviado un mensaje diciendo que estaban en la playa, que se pasase cuando saliera de trabajar. Como siempre, estaba radiante. Se sentó a su lado. Mientras, los niños jugaban al fútbol con amigos. Los colores del atardecer se volvieron más intensos. Y el mar, les susurraba con su boca de espuma y sal.