La degeneración de su cuerpo era el preludio del derrumbe de su mente. Todo empezó con esa mancha rosada en el cuello, podría pasar por un sensual mordisco, pero saltaba a la vista que a ese hombre hacía años que nadie le besaba y seguramente había perdido toda noción de sensualidad referida a su ser. A lo sumo podía aspirar a ejercer de mirón, pasearse por los parques de la ciudad en días soleados y espiar a las jóvenes parejas, quizá pagar a alguna mujer de la calle para que le enseñase los pechos, pero no soportaría el roce con otro cuerpo. Verdaderamente sentía repugnancia de su físico, los años habían hecho estragos en él, demasiados excesos, su mente siempre le permitió saltar barreras muy altas y esa felicidad le bastaba, ¿quién iba a pensar que llegaría a viejo?
Los libros le ofrecieron paz mientras era fuerte y lleno de energía. Ahora le come el mal humor, la soledad le quema por dentro y la vista del resto de viejos de la residencia no hace más que avivar el fuego.
Sí, yo fui hombre, de los mejores, de los más destacados, amado por unos pocos y odiado por muchos. Se lo repite una y otra vez, tratando de olvidar lo que ahora es: carne vieja, abandonada e indiferente para todos. De los ancianos no se puede sentir envidia, ni pena, ni nada; están muertos en vida, no son ni la estela de lo que fueron, condenados a vagar entre los herederos de su trono.
-Lo sé todo de la vida, he cometido todos los errores, he amado y odiado a todas las personas, he tocado fondo y he subido al cielo. Pero con mi voz cascada, mis manos trémulas, mi rostro ajado y la vista perdida, carezco de credibilidad. Se me han quedado obsoletos todos los periféricos y la CPU y la memoria pronto empezarán a fallar. El sabía esto muy bien, era perfectamente consciente de ello, pero no podía hacer nada para evitarlo, y sentía ese vértigo que te invade cuando vas caminando por la calle, con las manos en los bolsillos, te tropiezas y visualizas el inminente porrazo contra el suelo. Cuando tus manos se liberan ya es demasiado tarde, y estás sangrando.
Todo por una mancha rosa en el cuello que le fue robando la salud, luego vinieron más manchas, dolores varios, gripes, reumas, fatigas, . De pronto un día, se vio incapaz de realizar su vida cotidiana, al ver la pocilga en que estaba sumergido decidió que no aguantaba más su soledad, ni su tristeza: -Me quitaré la vida, dejaré espacio a los humanos más jóvenes y fuertes que me empujan y apartan de en medio. -Tenía la soga y la banqueta preparados, pero en el último momento se echó atrás: una cosa es decir que se hace y otra muy distinta es hacerlo, eso lo sabía el bien, había aprendido a no torturarse por ello. Buscó en las páginas amarillas el número de una residencia de ancianos y al día siguiente se instaló allí entre otros como él. En aquel vertedero de personas arrugadas comenzó a cultivar su odio, un odio que no hacía mal a nadie y que poco a poco le iba royendo las entrañas, le alejaba más de cualquier aprecio a la vida.