La herencia genética juega un papel fundamental en la caída del cabello, especialmente a través de la predisposición a la alopecia androgénica. Los niveles hormonales, en particular la sensibilidad a la dihidrotestosterona (DHT), pueden minar el crecimiento capilar al acortar el ciclo de crecimiento del cabello, provocando su debilitamiento progresivo.
El estrés, una dieta deficiente en vitaminas esenciales como hierro, zinc y biotina, junto con el uso excesivo de productos químicos o calor, contribuyen significativamente a la pérdida capilar. Además, hábitos como fumar reducen el flujo sanguíneo al cuero cabelludo, afectando la nutrición de los folículos y acelerando el proceso de caída.
Aunque la genética no siempre se puede cambiar, existen tratamientos probados como el minoxidil y el finasteride que estimulan el crecimiento. Además, adoptar una rutina de cuidado capilar personalizada, reducir el estrés mediante mindfulness y mantener una alimentación equilibrada fortalecen la salud del cabello y ayudan a minimizar su caída.