La Guaira: Ventana crítica hacia una vulnerabilidad estructural

“La destrucción que ahora vemos no la causaron los terremotos, sino la profunda vulnerabilidad de una sociedad”

La Guaira: Ventana crítica hacia una vulnerabilidad estructural

Por Rogelio Altez*


Los desastres no son naturales

La naturaleza no da lecciones a nadie. No tiene personalidad, no castiga, no bendice. Existe antes de nuestra especie y seguirá en el planeta hasta su extinción. Otorgar a sus manifestaciones la causalidad de los desastres es un equívoco originado en el siglo XIX, heredero de creencias cristianas, siempre enfocadas en la voluntad divina.

Si antes de las disciplinas científicas el Dios cristiano se reservaba el derecho de hacer llover o estallar volcanes, a partir de la modernidad la naturaleza se erigió en demiurgo romántico, madre de la vida y de la muerte, capaz de embelesar con un atardecer o castigar con un terremoto.

La manida expresión “desastres naturales” procede de esos razonamientos. Sin embargo, para comprender las adversidades que se suceden a un evento liberador de grandes cantidades de energía, por ejemplo, basta con advertir un aspecto tan elemental como decisivo: allí donde tiembla o pasa un huracán, solo podría haber consecuencias si hay presencia humana.

Si ese espacio no se encuentra habitado, el sismo o los vientos huracanados apenas serían advertidos por algún instrumento. Esto significa que cualquier consecuencia producida por esos fenómenos será directamente proporcional a la forma en la que los seres humanos habitan ese espacio y se relacionan con la naturaleza. Por lo tanto, los desastres no son naturales, sino el resultado de procesos rigurosamente humanos que producen las formas de convivencia con esos fenómenos.

Esto nos permite establecer una necesaria escisión interpretativa: debemos separar al hecho del fenómeno. La naturaleza se manifiesta a través de fenómenos y esto, otra vez, lo ha hecho desde que se conformó el planeta. Los hechos, no obstante, son el resultado de procesos sociales, históricos, materiales y culturales. Por lo tanto, son hechos –esa cualidad estrictamente humana- los que producen las condiciones para que los fenómenos desaten pérdidas, crisis y destrucción. En este sentido, cada vez que se afirma que los desastres son naturales, se incurre en un error conceptual y, peor aún, se eluden las responsabilidades humanas que produjeron las causalidades conducentes al desastre.

Incluso las epidemias y pandemias encuentran en los seres humanos una fuente causal para su propagación. Microorganismos, ectoparásitos, bacterias o virus, no viajan de un continente a otro por sí mismos, necesitan transporte. El cólera, endémico del Ganges y encerrado por siglos, se liberó en el siglo XIX gracias a la velocidad de las naves inglesas y su expansión colonial, logrando que en unas pocas décadas se desataran hasta cuatro pandemias globales.

El bacilo, además, halló en las miserables urbes de la Revolución Industrial un ambiente propicio para causar muertes y sufrimiento. Lo mismo podemos decir del Covid-19, cuando le dio la vuelta al mundo en avión y mutó varias veces en menos de un año, alimentado por el egoísmo antisolidario de un mundo cada día más autoritario y menos liberal. No fue la naturaleza la que produjo la desigualdad ante la muerte en esos años de mascarillas y tráfico de vacunas.

Tomando estas precisiones como punto de partida, nos queda claro que el desastre que estalló el 24 de junio de este año no lo originaron los terremotos, sino la forma en que la sociedad que habita el litoral central de Venezuela se relaciona con la naturaleza que le rodea y le determina.

La ocupación del espacio en el litoral

A partir de la implantación colonial, el litoral central de Venezuela quedó sujeto a los intereses de terratenientes que, desde el siglo XVII y empleando mano de obra esclavizada, sembraron la región de cacao. Este modo de producción colonial apenas sobrevivió al advenimiento de la República. Los arbitrios del libre mercado impusieron formas de comercio para las cuales no había recursos.

El provecho de esas haciendas fue mermando a la par de una transformación decisiva en la valoración del propio litoral: de dispersas haciendas tornó en balneario por antojo de Caracas. Así se construyeron los baños de Macuto a finales del siglo XIX, y así llegó el tren hasta la playa. Pero las tierras ya no representaban la misma fuente de riqueza de tiempo atrás.

A partir de la década de 1940 los propietarios decidieron cambiar el uso de la tierra, olvidando las exhaustas haciendas. Parcelaron sus terrenos y apostaron por urbanizar al balneario. Construyeron clubes y hoteles, y pronto cambió para siempre el horizonte del estrecho litoral.

Primero fue el Club Tanaguarena, esa misma década, y de inmediato la Urbanización Caribe, luego Las Quince Letras. En 1957 apareció Los Corales, hijo de los aludes de 1951 que desviaron el cauce del río San Julián para desarrollar el lugar bajo el trazo del maestro Carlos Raúl Villanueva. En esos mismos años se levantó el Hotel Guaicamacuto, más tarde comprado por la cadena Sheraton.

La Playa Lido es de 1951; la autopista Caracas-La Guaira se inauguró en 1953; Los Caracas en 1955; el balneario Camurí Chico es de 1960; y una andanada de edificios pensados como segunda vivienda de la capital apareció desde 1970. Hasta la última década del siglo XX se estuvieron levantando edificios: La Llanada, frente a Camurí Chico, se inauguró en 1995. La urbanización del litoral apenas pudo hallar espacio para su desarrollo sobre los abanicos aluviales.

La invasión de terrenos aluviales se constató con los aludes de 1999, colofón siniestro del proceso de urbanización que gritó con dolor que el litoral ya no soportaba más edificaciones ni más población. Un océano de millones ahogó las investigaciones realizadas a partir de entonces, según las cuales esos espacios debían rehabilitarse para ser ocupados de otra forma; pero un Estado envilecido por su voracidad y su enorme desprecio por la condición humana, acabó por ocupar aún más los abanicos aluviales, levantar enormes viviendas multifamiliares, hacer del control de cauces una mueca sórdida, y mofarse de los guaireños mascando billetes verdes.

Es incontable la ayuda recibida por Venezuela después de diciembre de 1999, y menos aún puede estimarse el enorme ingreso del país en los años de bonanza petrolera. De nada sirve el dinero si va a dar a un Estado que poco o nada le importa su propia sociedad. El cambio en el uso de la tierra que transformó al litoral en un balneario de Caracas olvidó que ese espacio estaba ocupado por seres humanos, antes explotados por haciendas, luego marginados por el gusto de ir a la playa, nunca salvados de su conflictiva relación con un medioambiente que ha destruido sus viviendas con lluvias, aludes, sismos y huracanes. La palabra adaptación no entra en el diccionario de la vulnerabilidad guaireña.

La vulnerabilidad estructural

Los seres humanos establecemos relaciones con todo lo que nos rodea. Lo hacemos esencialmente como sociedad. En donde nos asentamos, establecemos relaciones con la naturaleza que nos envuelve. De esa manera nos relacionamos con los fenómenos; por lo tanto, dependiendo de la forma en que nos dispongamos a convivir con sus regularidades y manifestaciones, los convertimos en vecinos o amenazas.

Si los fenómenos representan peligros para un asentamiento humano, esa sociedad se ha convertido en un contexto vulnerable. Cuando las manifestaciones de la naturaleza tengan lugar sobre ese contexto, sucederá un desastre, indefectiblemente.

La vulnerabilidad es una condición histórica y socialmente producida. Se advierte de forma extrema cuando la observamos materialmente. Entonces una buena parte de esa sociedad hace consciente a la vulnerabilidad. Tal parece que si no la ve, no existe. Pero está allí, como toda relación humana. El parentesco no se ve, pero existe; el poder tampoco se ve, pero es una poderosa relación que legitima intereses y establece desigualdades.

Así podemos comprender que la vulnerabilidad es una estructura en el seno de una sociedad. No se es vulnerable por ser frágil ante los terremotos. La fragilidad es la manifestación empírica de la vulnerabilidad; la ruina es su expresión más dramática.

El litoral central de Venezuela es una región sujeta a los intereses de Caracas. Lo es desde la época de las haciendas y la esclavitud; lo ha sido también al ser entendida como un balneario, recreación de foráneos que solo ven en ese territorio a una costa graciosamente dispuesta; lo sigue siendo ante un Estado depredador que no agota su hambre ni siquiera ante el último aliento de aquellos que esperan ser salvados debajo de sus edificios de playa.

La destrucción que ahora vemos, y seguiremos advirtiendo por muchos años, no la causaron los terremotos, sino la profunda vulnerabilidad de una sociedad que, solo por hallarse en una región atractiva para la recreación, vive al ritmo del turismo regional. No posee grandes fuentes de trabajo, salvo la sujeción clientelar del puerto y el aeropuerto. No cuenta con universidades, apenas con un núcleo técnico. Ni siquiera tiene cines, y tampoco un sistema de transporte público que asista a quienes deben ir a trabajar a la capital diariamente. Esta sociedad ha sido aplastada por el peso histórico del uso de su tierra.

También la aplasta un Estado cuyo motor opera por tracción a sangre humana. Y ha sido aplastada por su vulnerabilidad, una estructura anclada a su existencia, de latidos que vibran entre ruinas sin mayor solución que seguir rasguñando las piedras para abrazar por última vez a sus afectos.

*Antropólogo y actualmente profesor del Departamento de Historia de América de la Universidad de Sevilla, España. Es autor de decenas de textos sobre riesgos, vulnerabilidad y catástrofes en Venezuela

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