Por: Bryan Granado.
Hubo un tiempo en que ser periodista era una gesta solitaria. Una especie de cruzada personal contra el silencio. Había algo romántico —y también peligroso— en esa figura del reportero que se jugaba la vida por una historia, que no compartía fuentes, que escondía sus hallazgos por miedo a que otro «le robara la primicia».
Ese modelo aún se enseña en muchas aulas. Se premia. Se glorifica. Y sin embargo, es obsoleto. No porque haya fallado éticamente, sino porque ya no responde al mundo real. El periodismo, hoy, no puede sostenerse en la épica individual. Se hace en equipo o no se hace. Se construye en red o se desvanece.
Lo estamos viendo en Venezuela, pero no solo aquí. Lo estamos viendo en toda América Latina, donde el viejo periódico se fue apagando hasta desaparecer. No solo por el papel que faltó, sino por un modelo de negocio que no supo adaptarse. Y mientras muchos medios caían, surgían otros: más pequeños, más ágiles, más valientes. Y, sobre todo, más dispuestos a compartir.
Surgieron medios como El Pitazo, Armando.info, Efecto Cocuyo, Arepita, La Vida de Nos y tantos otros que entendieron algo esencial: solos no iban a sobrevivir. De esa comprensión —no utópica, sino urgente— nacieron alianzas como la Alianza Rebelde Investiga (ARI), conformada por Runrunes, TalCual y El Pitazo, que rompió un paradigma profundamente arraigado: el de la competencia como motor.
Hoy sabemos que la información se defiende mejor cuando se publica de forma simultánea, cuando los hallazgos se comparten, cuando una historia no le pertenece a un periodista ni a un medio, sino a una comunidad. Iniciativas como La Vaca Mediática lo confirman: lo que comenzó como una campaña de financiamiento colectivo terminó convirtiéndose en una alianza editorial y ética.
Este giro no es solo local ni reciente. En el plano internacional, organizaciones como el International Center for Journalists (ICFJ) promueven con fuerza estas nuevas formas de colaboración. A través de mentorías, redes de apoyo, financiamiento y formación técnica, el ICFJ impulsa a periodistas de todo el mundo a trabajar de forma conjunta, sobre todo en contextos donde la censura, la precariedad o la fragmentación dificultan el trabajo individual. Su respaldo ha sido clave en proyectos transfronterizos como Investiga Lava Jato o los Panama Papers, donde cientos de reporteros, medios y organizaciones lograron unir fuerzas para exponer redes de corrupción a escala global. Esos éxitos no habrían sido posibles desde el aislamiento.
Porque el cambio no está solo en la tecnología ni en las plataformas transmedia. Está en el entendimiento de que el periodista ya no es —y nunca debió ser— una figura aislada. Lo que sostiene al periodismo no es el ego. Es la colaboración. La credibilidad ya no la da la firma ni el apellido: la da el trabajo en equipo.
Claro que aún hay resistencias. Aún se forman periodistas para competir, no para cooperar. Aún hay editores que repiten el viejo guion de «llegar primero» como si eso bastara, pero la realidad los está dejando atrás. Porque en un mundo saturado de ruido, solo resuenan las voces que se amplifican juntas.
Y no hablamos de alianzas fáciles o sin conflicto. Habrá tensiones, desacuerdos, visiones distintas. Pero si algo está claro es que ningún medio independiente puede darse el lujo de aislarse. Ni por orgullo, ni por miedo, ni por tradición. El periodismo que quiere seguir vivo tiene que aprender a compartir, incluso antes de publicar.
Porque lo contrario —el encierro, la mezquindad, la competencia sin sentido— ya no es solo un error: es una condena.
No es una utopía. Es una forma de sostener lo que aún nos une: la urgencia de contar lo que otros prefieren ocultar.
Y al final, el periodismo que importa no es el que se firma en solitario. Es el que se construye entre muchos. El que no se quiebra porque se sostiene con otros. El que no deja a nadie atrás cuando todo se derrumba.
Ese es el periodismo que importa; el único que vale la pena sostener.