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Sísifo sobre el cuerpo sin órganos

Si no me equivoco, la última vez que escribí una entrega para esta columna, me excusé por el largo tiempo que había pasado sin hacerlo y advertí que muy probablemente me vería obligado a hacer otras pausas, debido al desarrollo de hechos que en Venezuela hacen necesario que cada quien se replantee qué es y qué no es prudente. Pues en efecto fue así. Pasó más de un mes. ¡Y vaya mes! Heme aquí redactando de nuevo, cuando está por terminar el que sin duda ha sido la treintena de días más colmada de acontecimientos que Venezuela ha tenido en años, y que por eso mismo se sintió como si varias vueltas alrededor del Sol hubieran sido comprimidas en poco más que cuatro semanas.

Hablando de la inexorable caminata de Cronos, llevamos más de un cuarto de siglo bombardeados por la propaganda de un ideario oficial que se identifica como heredero del marxismo. Siguiendo los dictados de Marx (y Hegel) sobre una historia lineal, se nos dijo hasta el hartazgo que estábamos siendo catapultados por fuerzas revolucionarias hacia un desenlace glorioso. En realidad, la política venezolana llegó a sentirse, para las masas que hace mucho que dejaron de prestar atención a aquel discurso, como la veía otro pensador teutón: el “eterno retorno” de Nietzsche. Todo lucía como un refrito tedioso, desde las sesiones en el Palacio Federal Legislativo hasta los llamados de una “oposición” tolerada a sufragar por ella para “cuidar” unos “espacios” a la postre intrascendentes.

Ya no. Por primera vez en mucho tiempo, el venezolano común se pregunta con gran interés qué va a pasar con la política nacional. Por primera vez en mucho tiempo, ese venezolano contempla miles de posibilidades diferentes, tanto optimistas como pesimistas. No ha habido ningún arrase de las estructuras por las que fluye el poder, como sucede en las revoluciones. Y, sin embargo, esos flujos han sido alterados considerablemente y no se sabe qué reordenamiento tendrán. Es como si la anatomía de un cuerpo siguiera ahí, en apariencia inmutable, pero su fisiología hubiera sido objeto de cambios significativos.

Me atrevería a decir incluso, manteniendo las analogías somáticas, que en este momento la política venezolana es lo que Deleuze y Guattari llamaban “cuerpo sin órganos”. Un ente cuyas partes operan sin organización o propósito claros, y cuyas fronteras conceptuales son viscosas, resbaladizas y gelatinosas, con infinitas posibilidades de contracción, expansión, amoldamiento e inmanencia con otros entes. Algunas cosas se han ido aclarando, pero queda mucho por ser definido, codificado y “reterritorializado” (este último término es otro ligado a la obra del dúo de autores franceses).

¿Qué podemos hacer como ciudadanos venezolanos? Admito no tener respuesta a esa pregunta. Es difícil de responder porque, precisamente, tampoco sabemos qué esperar. De hecho, así estamos desde mucho antes del enero loco. Así estamos al menos desde la segunda mitad de 2025, cuando aquello que por años creíamos que era imposible, de pronto se asomó la cabeza en el espectro de la probabilidad. Una humillación, lo admito, para los que tenemos por oficio el estudio de la política.

Pero lo probable, por definición, no es certero. Y para una sociedad acostumbrada a certezas (recuérdese: el “eterno retorno”), lo que es apenas posible puede generar no poca ansiedad. Muchos acudieron a nosotros, los que supuestamente tenemos mayores conocimientos sobre las artes y mañas del poder, buscando respuestas. Al margen de nuestra muy humana imperfección, que alcanza hasta el desempeño de nuestra experticia, no había mucho material con el que obrar. Las señales por el lado de las partes poderosas involucradas eran mixtas y confusas, a veces contradictorias. Todos estos actores políticos tenían sus razones para ocultar información hasta que se produjera un desenlace. Era como estar en alta mar sin sextante, brújula y mapas.

Se hizo, pues, la incertidumbre absoluta. Así como no me tiembla el pulso a la hora de reconocer mis limitaciones (acabo de hacerlo dos párrafos más arriba), tampoco me pasa cuando he de mencionar mis virtudes. Una de ellas es la alta tolerancia a la falta de garantías sobre el porvenir. No es que me gustara, pero acepté que no podía saber gran cosa sobre lo que iba a pasar, hasta que pasara. Ante la contradicción entre señales, decidí seguir la recomendación de Camus en El mito de Sísifo y asumir el absurdo inherente de la situación. Entender que ninguna fuerza metafísica estaba moviendo los hilos hacia una dirección que solo los iniciados en su culto podían ver y que, por lo tanto, no podía descartar nada.

Aunque es difícil conducirse en medio de las tinieblas de la incertidumbre y el absurdo, ¿podía acaso paralizarme? No. Parar la vida es suicidio, bien sea por una acción de efectos inmediatos, o por el desgaste producido por las omisiones a las necesidades básicas. El suicidio es una alternativa inaceptable, dice Camus. No brinda ningún sentido. Así que seguí con mi vida, dentro de lo que la “normalidad” nacional permitía. Seguí trabajando y dándome los gustos que tenía al alcance. No me desentendí de la política porque sus consecuencias siempre se hacen sentir en la cotidianidad de todo ciudadano y porque, además, en mi caso es un objeto de estudio profesional. Mis intentos por entender lo que estaba pasando fueron mi rebelión contra el absurdo, aunque nunca dieran del todo el fruto esperado. La peña siempre volvía a rodar en descenso.

Hoy seguimos bajo la égida de la incertidumbre. Si hace unos meses estábamos así, pero en un entorno cuya organización ya conocíamos y en el que, ergo, la dificultad radicaba en prever sus reacciones a circunstancias sin precedentes, hoy no podemos contar ni siquiera con eso. Estamos en el cuerpo sin órganos. Sobre la blanda y resbaladiza pendiente de su piel imitamos a Sísifo, lo cual desde luego hace que la piedra vuelva a caer más rápido. Volviendo a la pregunta de lo que debemos hacer como ciudadanos, pues creo que la respuesta es insistir con la roca. No dejarnos abrumar por ella, aunque varias veces volvamos al punto de partida por hechos que la incertidumbre no nos permitió avizorar. Seguir con nuestras vidas, porque tenemos necesidades que satisfacer como individuos. Pero también hacer el esfuerzo por entender lo que sucede y actuar, así sea con un granito de arena, por procurarnos un futuro mejor como país, en este nuevo océano de posibilidades.

Nunca nos libraremos completamente del absurdo ni de la incertidumbre resultante. La piedra siempre estará ahí. Pero si insistimos e insistimos, pienso que eventualmente la carga se hará más ligera.

@AAAD25

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Si no me equivoco, la última vez que escribí una entrega para esta columna, me excusé por el largo tiempo que había pasado sin hacerlo y advertí que muy probablemente me vería obligado a hacer otras pausas, debido al desarrollo de hechos que en Venezuela hacen necesario que cada quien se replantee qué es y qué no es prudente. Pues en efecto fue así. Pasó más de un mes. ¡Y vaya mes! Heme aquí redactando de nuevo, cuando está por terminar el que sin duda ha sido la treintena de días más colmada de acontecimientos que Venezuela ha tenido en años, y que por eso mismo se sintió como si varias vueltas alrededor del Sol hubieran sido comprimidas en poco más que cuatro semanas.

Hablando de la inexorable caminata de Cronos, llevamos más de un cuarto de siglo bombardeados por la propaganda de un ideario oficial que se identifica como heredero del marxismo. Siguiendo los dictados de Marx (y Hegel) sobre una historia lineal, se nos dijo hasta el hartazgo que estábamos siendo catapultados por fuerzas revolucionarias hacia un desenlace glorioso. En realidad, la política venezolana llegó a sentirse, para las masas que hace mucho que dejaron de prestar atención a aquel discurso, como la veía otro pensador teutón: el “eterno retorno” de Nietzsche. Todo lucía como un refrito tedioso, desde las sesiones en el Palacio Federal Legislativo hasta los llamados de una “oposición” tolerada a sufragar por ella para “cuidar” unos “espacios” a la postre intrascendentes.

Ya no. Por primera vez en mucho tiempo, el venezolano común se pregunta con gran interés qué va a pasar con la política nacional. Por primera vez en mucho tiempo, ese venezolano contempla miles de posibilidades diferentes, tanto optimistas como pesimistas. No ha habido ningún arrase de las estructuras por las que fluye el poder, como sucede en las revoluciones. Y, sin embargo, esos flujos han sido alterados considerablemente y no se sabe qué reordenamiento tendrán. Es como si la anatomía de un cuerpo siguiera ahí, en apariencia inmutable, pero su fisiología hubiera sido objeto de cambios significativos.

Me atrevería a decir incluso, manteniendo las analogías somáticas, que en este momento la política venezolana es lo que Deleuze y Guattari llamaban “cuerpo sin órganos”. Un ente cuyas partes operan sin organización o propósito claros, y cuyas fronteras conceptuales son viscosas, resbaladizas y gelatinosas, con infinitas posibilidades de contracción, expansión, amoldamiento e inmanencia con otros entes. Algunas cosas se han ido aclarando, pero queda mucho por ser definido, codificado y “reterritorializado” (este último término es otro ligado a la obra del dúo de autores franceses).

¿Qué podemos hacer como ciudadanos venezolanos? Admito no tener respuesta a esa pregunta. Es difícil de responder porque, precisamente, tampoco sabemos qué esperar. De hecho, así estamos desde mucho antes del enero loco. Así estamos al menos desde la segunda mitad de 2025, cuando aquello que por años creíamos que era imposible, de pronto se asomó la cabeza en el espectro de la probabilidad. Una humillación, lo admito, para los que tenemos por oficio el estudio de la política.

Pero lo probable, por definición, no es certero. Y para una sociedad acostumbrada a certezas (recuérdese: el “eterno retorno”), lo que es apenas posible puede generar no poca ansiedad. Muchos acudieron a nosotros, los que supuestamente tenemos mayores conocimientos sobre las artes y mañas del poder, buscando respuestas. Al margen de nuestra muy humana imperfección, que alcanza hasta el desempeño de nuestra experticia, no había mucho material con el que obrar. Las señales por el lado de las partes poderosas involucradas eran mixtas y confusas, a veces contradictorias. Todos estos actores políticos tenían sus razones para ocultar información hasta que se produjera un desenlace. Era como estar en alta mar sin sextante, brújula y mapas.

Se hizo, pues, la incertidumbre absoluta. Así como no me tiembla el pulso a la hora de reconocer mis limitaciones (acabo de hacerlo dos párrafos más arriba), tampoco me pasa cuando he de mencionar mis virtudes. Una de ellas es la alta tolerancia a la falta de garantías sobre el porvenir. No es que me gustara, pero acepté que no podía saber gran cosa sobre lo que iba a pasar, hasta que pasara. Ante la contradicción entre señales, decidí seguir la recomendación de Camus en El mito de Sísifo y asumir el absurdo inherente de la situación. Entender que ninguna fuerza metafísica estaba moviendo los hilos hacia una dirección que solo los iniciados en su culto podían ver y que, por lo tanto, no podía descartar nada.

Aunque es difícil conducirse en medio de las tinieblas de la incertidumbre y el absurdo, ¿podía acaso paralizarme? No. Parar la vida es suicidio, bien sea por una acción de efectos inmediatos, o por el desgaste producido por las omisiones a las necesidades básicas. El suicidio es una alternativa inaceptable, dice Camus. No brinda ningún sentido. Así que seguí con mi vida, dentro de lo que la “normalidad” nacional permitía. Seguí trabajando y dándome los gustos que tenía al alcance. No me desentendí de la política porque sus consecuencias siempre se hacen sentir en la cotidianidad de todo ciudadano y porque, además, en mi caso es un objeto de estudio profesional. Mis intentos por entender lo que estaba pasando fueron mi rebelión contra el absurdo, aunque nunca dieran del todo el fruto esperado. La peña siempre volvía a rodar en descenso.

Hoy seguimos bajo la égida de la incertidumbre. Si hace unos meses estábamos así, pero en un entorno cuya organización ya conocíamos y en el que, ergo, la dificultad radicaba en prever sus reacciones a circunstancias sin precedentes, hoy no podemos contar ni siquiera con eso. Estamos en el cuerpo sin órganos. Sobre la blanda y resbaladiza pendiente de su piel imitamos a Sísifo, lo cual desde luego hace que la piedra vuelva a caer más rápido. Volviendo a la pregunta de lo que debemos hacer como ciudadanos, pues creo que la respuesta es insistir con la roca. No dejarnos abrumar por ella, aunque varias veces volvamos al punto de partida por hechos que la incertidumbre no nos permitió avizorar. Seguir con nuestras vidas, porque tenemos necesidades que satisfacer como individuos. Pero también hacer el esfuerzo por entender lo que sucede y actuar, así sea con un granito de arena, por procurarnos un futuro mejor como país, en este nuevo océano de posibilidades.

Nunca nos libraremos completamente del absurdo ni de la incertidumbre resultante. La piedra siempre estará ahí. Pero si insistimos e insistimos, pienso que eventualmente la carga se hará más ligera.

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Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Volviendo a la pregunta de lo que debemos hacer como ciudadanos, pues creo que la respuesta es insistir con la roca
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Si no me equivoco, la última vez que escribí una entrega para esta columna, me excusé por el largo tiempo que había pasado sin hacerlo y advertí que muy probablemente me vería obligado a hacer otras pausas, debido al desarrollo de hechos que en Venezuela hacen necesario que cada quien se replantee qué es y qué no es prudente. Pues en efecto fue así. Pasó más de un mes. ¡Y vaya mes! Heme aquí redactando de nuevo, cuando está por terminar el que sin duda ha sido la treintena de días más colmada de acontecimientos que Venezuela ha tenido en años, y que por eso mismo se sintió como si varias vueltas alrededor del Sol hubieran sido comprimidas en poco más que cuatro semanas.

Hablando de la inexorable caminata de Cronos, llevamos más de un cuarto de siglo bombardeados por la propaganda de un ideario oficial que se identifica como heredero del marxismo. Siguiendo los dictados de Marx (y Hegel) sobre una historia lineal, se nos dijo hasta el hartazgo que estábamos siendo catapultados por fuerzas revolucionarias hacia un desenlace glorioso. En realidad, la política venezolana llegó a sentirse, para las masas que hace mucho que dejaron de prestar atención a aquel discurso, como la veía otro pensador teutón: el “eterno retorno” de Nietzsche. Todo lucía como un refrito tedioso, desde las sesiones en el Palacio Federal Legislativo hasta los llamados de una “oposición” tolerada a sufragar por ella para “cuidar” unos “espacios” a la postre intrascendentes.

Ya no. Por primera vez en mucho tiempo, el venezolano común se pregunta con gran interés qué va a pasar con la política nacional. Por primera vez en mucho tiempo, ese venezolano contempla miles de posibilidades diferentes, tanto optimistas como pesimistas. No ha habido ningún arrase de las estructuras por las que fluye el poder, como sucede en las revoluciones. Y, sin embargo, esos flujos han sido alterados considerablemente y no se sabe qué reordenamiento tendrán. Es como si la anatomía de un cuerpo siguiera ahí, en apariencia inmutable, pero su fisiología hubiera sido objeto de cambios significativos.

Me atrevería a decir incluso, manteniendo las analogías somáticas, que en este momento la política venezolana es lo que Deleuze y Guattari llamaban “cuerpo sin órganos”. Un ente cuyas partes operan sin organización o propósito claros, y cuyas fronteras conceptuales son viscosas, resbaladizas y gelatinosas, con infinitas posibilidades de contracción, expansión, amoldamiento e inmanencia con otros entes. Algunas cosas se han ido aclarando, pero queda mucho por ser definido, codificado y “reterritorializado” (este último término es otro ligado a la obra del dúo de autores franceses).

¿Qué podemos hacer como ciudadanos venezolanos? Admito no tener respuesta a esa pregunta. Es difícil de responder porque, precisamente, tampoco sabemos qué esperar. De hecho, así estamos desde mucho antes del enero loco. Así estamos al menos desde la segunda mitad de 2025, cuando aquello que por años creíamos que era imposible, de pronto se asomó la cabeza en el espectro de la probabilidad. Una humillación, lo admito, para los que tenemos por oficio el estudio de la política.

Pero lo probable, por definición, no es certero. Y para una sociedad acostumbrada a certezas (recuérdese: el “eterno retorno”), lo que es apenas posible puede generar no poca ansiedad. Muchos acudieron a nosotros, los que supuestamente tenemos mayores conocimientos sobre las artes y mañas del poder, buscando respuestas. Al margen de nuestra muy humana imperfección, que alcanza hasta el desempeño de nuestra experticia, no había mucho material con el que obrar. Las señales por el lado de las partes poderosas involucradas eran mixtas y confusas, a veces contradictorias. Todos estos actores políticos tenían sus razones para ocultar información hasta que se produjera un desenlace. Era como estar en alta mar sin sextante, brújula y mapas.

Se hizo, pues, la incertidumbre absoluta. Así como no me tiembla el pulso a la hora de reconocer mis limitaciones (acabo de hacerlo dos párrafos más arriba), tampoco me pasa cuando he de mencionar mis virtudes. Una de ellas es la alta tolerancia a la falta de garantías sobre el porvenir. No es que me gustara, pero acepté que no podía saber gran cosa sobre lo que iba a pasar, hasta que pasara. Ante la contradicción entre señales, decidí seguir la recomendación de Camus en El mito de Sísifo y asumir el absurdo inherente de la situación. Entender que ninguna fuerza metafísica estaba moviendo los hilos hacia una dirección que solo los iniciados en su culto podían ver y que, por lo tanto, no podía descartar nada.

Aunque es difícil conducirse en medio de las tinieblas de la incertidumbre y el absurdo, ¿podía acaso paralizarme? No. Parar la vida es suicidio, bien sea por una acción de efectos inmediatos, o por el desgaste producido por las omisiones a las necesidades básicas. El suicidio es una alternativa inaceptable, dice Camus. No brinda ningún sentido. Así que seguí con mi vida, dentro de lo que la “normalidad” nacional permitía. Seguí trabajando y dándome los gustos que tenía al alcance. No me desentendí de la política porque sus consecuencias siempre se hacen sentir en la cotidianidad de todo ciudadano y porque, además, en mi caso es un objeto de estudio profesional. Mis intentos por entender lo que estaba pasando fueron mi rebelión contra el absurdo, aunque nunca dieran del todo el fruto esperado. La peña siempre volvía a rodar en descenso.

Hoy seguimos bajo la égida de la incertidumbre. Si hace unos meses estábamos así, pero en un entorno cuya organización ya conocíamos y en el que, ergo, la dificultad radicaba en prever sus reacciones a circunstancias sin precedentes, hoy no podemos contar ni siquiera con eso. Estamos en el cuerpo sin órganos. Sobre la blanda y resbaladiza pendiente de su piel imitamos a Sísifo, lo cual desde luego hace que la piedra vuelva a caer más rápido. Volviendo a la pregunta de lo que debemos hacer como ciudadanos, pues creo que la respuesta es insistir con la roca. No dejarnos abrumar por ella, aunque varias veces volvamos al punto de partida por hechos que la incertidumbre no nos permitió avizorar. Seguir con nuestras vidas, porque tenemos necesidades que satisfacer como individuos. Pero también hacer el esfuerzo por entender lo que sucede y actuar, así sea con un granito de arena, por procurarnos un futuro mejor como país, en este nuevo océano de posibilidades.

Nunca nos libraremos completamente del absurdo ni de la incertidumbre resultante. La piedra siempre estará ahí. Pero si insistimos e insistimos, pienso que eventualmente la carga se hará más ligera.

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