La Semana Santa fue sustituida en Venezuela, durante 27 años, por una política de Estado que ha pretendido, propaganda mediante, presentar al país como el reino de la felicidad
Si existe un momento apropiado para mirar por el retrovisor —sea a nivel personal o colectivo— en torno al destino de un país, es la Semana Mayor. Es un signo de recogimiento e introspección, tal como vemos en otras latitudes: en la recoleta procesión de Sevilla, en España, o en Filipinas, donde representa una conmemoración profundamente religiosa y solemne, marcada por tradiciones únicas que fusionan el catolicismo con ritos penitenciales intensos, como crucifixiones reales y autoflagelaciones.
A escala mundial, es el espacio de encuentro de aproximadamente 1500 millones de católicos. Gentío que, bajo la orientación del papa León XIV, une sus oraciones por el cese de las guerras que azotan al planeta, la distribución justa de la riqueza universal, la protección de los migrantes y la superación del odio racial que divide a los pueblos.
Lamentablemente, esta conmemoración fue sustituida en Venezuela, durante 27 años, por una política de Estado que ha pretendido, propaganda mediante, presentar al país como el reino de la felicidad. El gobierno extendió el asueto a toda la semana, pretendiendo, con pan y circo, la extinción del Estado de bienestar de la memoria colectiva.
Semana de disfraces
Tras la resaca, la población volverá a la cruda realidad de una nación en ruinas. Un país desmantelado por los cuatro costados, ofertado al detal y sin servicios públicos de mínima calidad; con empleos sin porvenir, que apenas sirven para subsistir. En suma, un país desmoralizado; eso sí, con la promesa de “cambio” de la mandataria interina, copartícipe de la estafa consumada contra una nación otrora próspera.
Esta Semana Mayor de 2026 se desenvuelve en un escenario diferente al resto de las conocidas a lo largo del siglo XXI. Contiene la oportunidad de reagrupar voluntades, unir esfuerzos y concretar zonas de distensión que integren posiciones divergentes. Para ello, se requiere abandonar el sectarismo y asumir los fracasos con dignidad.
De este espacio de contrición no escapa nadie ante el terreno cedido al régimen. Debemos hurgar en los errores cometidos en las distintas plataformas partidistas opositoras, en la fragmentación del mundo sindical y gremial orquestada en las coaliciones, y en el abandono al liderazgo social en las diferentes protestas. Debería ser una posición por asumir para no cometer los mismos errores.
Una vieja actual anécdota
Debo manifestarles que el tema trae a mi memoria alguna anécdota lejana en el tiempo, cuando era otra Venezuela: la de mi infancia en un recóndito pueblo de la pampa portugueseña, el inolvidable Turén, famoso por su colonia agrícola y por el significado de su nombre que, según un filólogo salesiano, provenía de la lengua de la tribu Atures y significa «calor».
Resulta que una mañana de Semana Santa turenense a 40 °C, vi en el ágora del pueblo —la plaza del Samán— a una multitud de campesinos aglomerada alrededor de un indígena de aceitunada cabellera con una boa constrictora «tragavenado» rodeándole el cuello. Este le prometía al campesinado una cosecha copiosa y de calidad a cambio de un bolívar de plata. Requirió al público una moneda por cabeza, la cual retornaría «exorcizada» de toda clase de pava (maldición) a cambio de cierta cantidad de dinero. Ante tal promesa, la masa alborotada depositó sus monedas en una olla de peltre.
Ipso facto, el hechicero indígena preparó el «milagro». Mientras el público estaba absorto con los movimientos de la voluminosa serpiente sobre su cuello, operaba el sortilegio al calor de los 40 °C y, por el efecto del mercurio impregnado previamente en el fondo del recipiente sobre las monedas de Bs. 1 (signo monetario de la época), una lluvia de cenizas desprendía de cada moneda.
Las cenizas eran la «pava» y el bolívar purificado era el amuleto protector contra los avatares del tiempo, las plagas y las malas cosechas. El ingenioso indígena les «devolvía» la preciada protección —propiedad de cada uno— por la suma de 20 Bs. Un negocio redondo para el estafador de turno.
Por tanto, dejo a la interpretación de cada lector cuánto se aproxima esto a la inédita situación que conoce nuestro país, pensando que los tiempos pasan, pero las promesas quedan, especialmente cuando la población es víctima de los cantos de sirena desde el poder a cualquier nivel. Como reza el final de las películas de ficción: cualquier parecido con la actualidad es pura coincidencia.
@froilanbarriosf | Movimiento Laborista.
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