Ayer volví a pensar en el poder y en la derrota mientras veía el documental La reina del ajedrez, que narra la histórica confrontación entre Judit Polgár y Garri Kasparov. A lo largo de todas las partidas que jugaron a finales del siglo pasado y comienzos de este, se puede ver una escena simbólica que condensa siglos de exclusión: una mujer sentada frente al campeón del mundo, disputando en igualdad el territorio que durante generaciones fue considerado el templo intelectual masculino.
El ajedrez es básicamente estrategia, control, cálculo frío (atributos considerados masculinos) por lo que, cuando una mujer derrota a un hombre en ese tablero, mueve piezas pero también mueve imaginarios completos sobre quién tiene derecho al genio, al liderazgo y a la supremacía intelectual.
Resulta profundamente absurdo que el ajedrez, un juego donde no interviene la fuerza física sino la capacidad de cálculo, memoria, visión estratégica y resistencia mental haya sido históricamente considerado un territorio para hombres. No hablamos de una disciplina donde la biología marque diferencias corporales determinantes, sino de un ejercicio intelectual y aun así durante décadas se dividieron categorías “femeninas” y “masculinas” como si las mujeres necesitaran un circuito aparte para no poner en riesgo el mito de la supremacía cognitiva masculina.
Que a lo largo de la historia sólo una mujer, Judit Polgár, haya logrado instalarse en la élite absoluta de los campeones del ajedrez en el mundo, no es prueba de inferioridad femenina sino de las barreras estructurales que han operado para mantenernos fuera. Ella, la excepción, tuvo que demostrar una excelencia extraordinaria, soportar desdén, cuestionamientos y una presión simbólica que ninguno de sus colegas varones tuvo que cargar para llegar a tan altas posiciones.
Como prueba de ello, tenemos las reveladoras declaraciones de Bobby Fischer, campeón y maestro norteamericano de ajedrez, quien afirmó en 1962 que «todas las mujeres son débiles sin capacidad cerebral para este deporte”. Fischer sostenía que la inferioridad femenina era innata, dejando al descubierto que lo que se defendía no era una verdad científica sino un prejuicio profundamente arraigado: la necesidad de creer que incluso en el terreno puro de la mente, el poder debía seguir siendo masculino.
Pero fuera del tablero las derrotas no siempre se resuelven con un apretón de manos. Ayer, en Brasil, un hombre asesinó a sus propios hijos tras descubrir la infidelidad de su esposa. No fue un “crimen pasional”, esa etiqueta romántica que suaviza el horror, sino la expresión brutal de una herida narcisista que no supo procesarse de otra manera que no fuera a través de la destrucción.
¿Qué ocurre cuando pierden frente a una mujer?
Mientras observaba esas historias, no podía dejar de hacerme una pregunta incómoda: ¿qué ocurre en la mente de algunos hombres cuando pierden frente a una mujer? Porque perder frente a otro hombre suele leerse como competencia, como parte del juego, como una batalla entre pares; pero perder frente a una mujer, para muchos, se vive como humillación. Y esa diferencia revela el núcleo del problema.
No hablo de todos los hombres, hablo de una masculinidad socializada para creer que su valor está íntimamente ligado al dominio, que su identidad depende de ser más fuerte, más inteligente, más exitoso, más deseado y que rara vez fue entrenada para convivir con el poder femenino sin sentir que eso implique su propia disminución.
Cuando los hombres sienten que una mujer los supera, los abandona, los desafía o simplemente decide ejercer su autonomía, lo viven como una amenaza existencial, como si el poder se les escapara de las manos y con él su identidad entera.
Creo que el problema no es la derrota en sí misma sino la cultura que les enseñó que perder frente a una mujer equivale a perder su hombría.¿Dónde aprenden los hombres a atravesar la frustración sin convertirla en violencia? ¿Quién les enseñó a sentir vergüenza sin transformarla en rabia? ¿Quién no les dijo que el poder de una mujer no es una agresión sino una realidad con la que hay que convivir?
Las mujeres, en cambio, hemos sido educadas para aguantar una derrota estructural durante siglos, para aceptar techos de cristal, subestimación, salarios menores, invisibilización y exclusión y aun así no salimos a matar cada vez que el sistema nos humilla.
No se trata de biología, se trata de socialización. Si un hombre no sabe perder, no sabe compartir poder; si no sabe sentirse desplazado sin destruir, no está preparado para la igualdad; si vive el éxito femenino como una amenaza, entonces no ha comprendido lo que significa vivir en un mundo verdaderamente democrático.
La historia de Judit Polgár no es solo la historia de una prodigio del ajedrez, es la advertencia simbólica de que el talento y el poder intelectual no tienen sexo. Y la tragedia ocurrida en Brasil es el extremo trágico de una masculinidad que no tolera el descontrol y que sigue entendiendo a las mujeres como territorio propio.
Tenemos que exigir a los hombres que aprendan a perder, que aprendan a gestionar sus emociones cuando se sienten amenazados por el poder de una mujer, que entiendan que la igualdad no es una derrota sino una expansión del mundo compartido. Porque cada vez que una mujer avanza no se les está arrebatando algo, está ampliando el horizonte de lo posible para todas y todos.
La cuestión de fondo no es si los hombres merecen la derrota, sino qué hacen con ella, si la convierten en aprendizaje y transformación o en violencia y castigo.
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