Si bien la burocracia representa el ejercicio del poder que tiene lugar en toda oficina, su desempeño -no siempre- resulta concordante con la gestión de asuntos propios de una organización, institución o empresa que pretenda preciarse de la eficiencia prometida. A menudo es criticada por la pesada lentitud, excesivos formalismos e importuno rigor que asume por la dependencia que mantiene con los sistemas administrativos que someten la burocracia cada vez que procura actuar en aras de algún propósito calculado.
Cuando esto sucede, se desatan inconvenientes de todo tipo y razón que tienden al enrarecimiento de los procesos en curso. Es ahí cuando se habla de burocratización. Este problema incita cualquier potencial confusión propensa a enturbiar la vinculación que se establece entre el ejercicio del poder público, y la correspondiente función administrativa afectándose la gobernanza en cuestión. Más aún, en medio de organizaciones cerradas por causa de la condición vertical a la que aferra sus procedimientos.
El administrativismo como problema
A su vez, tan insidiosa burocratización, aviva el advenimiento de otro problema: el administrativismo, aunque poco discutido. El mismo, indicativo del desorden funcional, provoca tergiversadas aprehensiones y crudas intimidaciones a lo interno del sistema administrativo las cuales ocurren por la desconfianza que se suscita al provocar un cierto temor ante el totalitarismo administrativo que, en los predios de tan perspicaz estado de hechos, suele emerger.
Este problema, visto desde el manejo del sistema de organización que sigue la estructura jerárquica de la institución, fomenta potestades y privilegios de la Administración causando, en consecuencia, serios embrollos que potencian engreimientos al poder administrativo. Estos hechos adquieren forma de maltrato convirtiéndose en cierta “fobia” a la administración de la institución.
Canonización del Dr. José Gregorio Hernández
Justo, la idea de disertar sobre tan álgido tema, intitulado “Cuando la burocracia opaca la santidad” busca destacar el problema que encierra el exceso de trámites y su impacto en un proceso tan prominente y al mismo tiempo, sublime. Como en efecto fue el largo y pesado proceso de beatificación y canonización de una figura tan querida y venerada a nivel popular, como ha sido la del Dr. José Gregorio Hernández. Aunque no sucedió así con la Madre Carmen Rendiles. Quizás, su virtuosa condición de religiosa, contribuyó a imprimirle celeridad al referido proceso.
No obstante, la incidencia de este problema hizo que esta disertación buscara enfocar su visión en cómo el burocratismo y administrativismo, particularidades estructurales de organizaciones cerradas y verticales como la Iglesia Católica, opacara la Santidad que sus principios y valores históricamente han fundamentado. Es así que, para su análisis, los procesos que siguieron a la beatificación y posterior canonización del Dr. Hernández compaginan las razones -en lo posible- argumentadas.
Santidad que brota por naturaleza popular
Resulta imposible negar la santidad del Dr. José Gregorio Hernández, quien, a pulso, momento a momento de su abnegada actividad médica, preferentemente dirigida hacia la gente humilde, ganó la santidad que lo hizo un médico, sin duda, apreciado y reconocido. Para que luego, de más de un siglo de incomprensión por parte de la Iglesia Católica, se reconociera en su espiritualidad, religiosidad, entrega y dedicación, su condición de santo, cuando desde siempre, y en vida, destacó su santidad sobre las circunstancias reinantes.
Así fue visto. Gracias a la popularidad que su entusiasta perseverancia como médico, llevó a situarlo en contextos de profunda espiritualidad, que, incluso, determinaron su consagración por los continuos milagros que concedía al pueblo ferviente y agradecido. Fue esta la razón primordial para que fuera llamado: “médico de los pobres”. Su imagen es recogida en muchos hogares, iglesias, hospitales, instituciones y gremios. Ni hablar de Isnotú, edo. Trujillo, población que lo vio nacer pues ahí es admirado, reverenciado y tributado permanentemente.
Engorrosa burocratización
El burocratismo eclesiástico pudo más que el reconocimiento brindado por la población que ha conocido de su santidad. No es pues la primera vez que problemas de esta estirpe administrativa, ha ofuscado procesos apegados a la fe. Por cuanto no es del todo aceptable, que los criterios administrativos que rigen la Iglesia para decidir la beatificación o incomoden la canonización de quien, en vida, incluso luego de su fallecimiento, fuese investido por la fe de la santidad que lo ha distinguido.
Además, que tales criterios se vean apegados a frías pautas administrativistas y burocratizadas de extrema rigurosidad. Y que chocan con las necesidades espirituales de la comunidad que lo exalta y venera. Es el caso del Dr. José Gregorio Hernández, cuya canonización fue objeto de un repulsivo tratamiento moroso e injusto.
El periplo por el cual trascendieron los apuntados procesos administrativos, cargados de una ortodoxia amañada a realidades que en nada se corresponden con las realidades de un siglo entrado en cambios profundos (el siglo XXI), no parecieron haber considerado las virtudes que marcaron la caridad, abnegación, benevolencia, afecto y humanidad de tan admirado hombre.
El reconocimiento del Dr. Hernández como santo, era cuestión de justicia espiritual. No de un tratado disciplinario o maraña burocrática. Maraña que dilató durante décadas tan justo reconocimiento. Y tan inmerecida demora, que excedió un estirado siglo, exactamente entre 1919 y 2025. Dicho lapso, hizo que se acumularan decepciones y frustraciones entre sus devotos quienes, seguramente, no terminaron por entender “las forzadas” razones adoptadas por una Iglesia, cuya longevidad pareció haber descontado la experiencia que su copioso desarrollo requirió.
Criterios o pretextos cerrados
Tal ha sido el encerramiento asumido por la Iglesia -por razones que de seguro la comprometieron- tanto así, que muchos laicos nunca terminaron por entender la causa de por qué José Gregorio, con tantas virtudes y milagros abundantemente reconocidos, fuera sometido a requisiciones propias de un sistema político-administrativo, jerárquico y burocratizado, tan extenso y complicado para ser reconocida su santidad.
Es posible que la excusa expuesta al alegar que el administrativismo eclesiástico no es nada nuevo, sirve para justificar lo cuestionado. Particularmente cuando la historia así lo muestra cada vez que la Iglesia se ha distanciado de la urgencia y sensibilidad pastoral. Aunque pueda aceptarse que todo proceso teológico de canonización o beatificación, colmado de cuantas comprobaciones, testimonios, verificaciones, seguimientos, etc., se cubre de la formalidad necesaria que, como crudo acto jurídico-administrativo, envuelve.
Aún así luce difícil no considerar que los susodichos procesos más administrativistas y burocratizados que teológicos, son pretextos organizacionales que actúan de solapamiento diplomático para no ver todo lo atrás apuntado como efecto de la centralización del poder y pesadez autocrática al cual apela la Iglesia, cuando las conveniencias o circunstancias lo exigen.
Otro problema que suma
El caso analizado en lo que respecta al Dr. Hernández, evidencia otro problema que no deja de ser tan antiguo como la política toda vez que domina el manejo de los intereses y necesidades del hombre. Esto tiene que ver con la desconexiónque se da entre las estructuras eclesiásticas y las realidades que envuelven las expectativas forjadas alrededor de cada situación en cuestión. En el caso de José Gregorio Hernández, los problemas enfocan -por esta vía- la situación cuestionada por el presente análisis.
No hay duda pues inferir que la figura laica del Dr. Hernández, alguna secuela produjo. Pareciera que la devoción que sus milagros despertaron en Venezuela, inclusive más allá de su geografía, no fue debidamente considerada. Aunque siempre hizo ver su Santidad como algo indiscutible e incontrovertible.
Ello no lució compatible con los criterios de los que se vale el Vaticano para certificar decisiones de la categoría de toda exigente canonización. Dado que la burocracia de Roma, está dirigida a darle curso a protocolos religiosos compenetrados con la teología doctrinal. Incluso, por encima de los clamores de la feligresía llana. Aun cuando, tales clamores sólo respondan a necesidades espirituales.
Epílogo
En fin, la canonización del Beato José Gregorio Hernández, a pesar de la alegría que causó, fue un proceso que dio cuenta del carácter cerrado y vertical que practica la Iglesia de cara a las decisiones elaboradas y tomadas. Razón por la cual pierde de vista aspectos como el que bien representó la figura de un hombre que ya era santo en el corazón de su pueblo.
La Iglesia no reconoció el significado de la santidad de quien, como pocos, supo entregarse al servicio humanitario. Es el caso de José Gregorio.
La Iglesia no equilibró su burocracia y lógica administrativa, con la urgencia que durante 106 años reclamaron las demandas espirituales de su feligresía respecto de las sacrosantas bondades del Dr. Hernández. El burocratismo eclesial, demostró no sólo ineficiencia en el aludido proceso. También se observó un engreimiento solapado. Pues resulta inaudito que la Iglesia, a decir de la doctrina social que engalana su discurso, deje dominarse por un administrativismo incongruente con las realidades, resultando implicaciones que ensombrecen la misión que bien refiere la Biblia.
Específicamente, los libros bíblicos de Mateo, Marcos, Lucas, Juan y Hechos, cuando describen los principios que ordenan el discurrir eclesiástico al explicar cómo la Iglesia debe enfocar su labor redentora. Es razón que invita a la paciencia ceder ante la urgencia de atender el bien donde ha surgido como virtud humanista. No proceder así, contraría la elocuencia bíblica. Y justo, fue ahí “cuando la burocracia opacó la santidad”.
***
Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.
Del mismo autor: La solidaridad en la política

