Es política, no obediencia
Si los dirigentes venezolanos renunciaron a la política, ¿por qué Trump debería limitar su apetito maximizador? ¿Por qué debería autolimitarse?

Por Alexis Alzuru
Muchos de los acuerdos internacionales anunciados por el gobierno de Estados Unidos tienen más de publicidad que de realidad. Y probablemente el “mayor acuerdo petrolero de la historia mundial” suscrito con el interinato termine formando parte de esa colección de anuncios faraónicos que la Casa Blanca está dejando por doquier.
Reputados analistas dudan de su factibilidad. Hablan de inversiones gigantescas y muchos años antes de conseguir aumentar un poco la producción. P. Krugman, por ejemplo, en un lenguaje poco tecnicista describe a las reservas venezolanas como una fantasía negra y pegajosa.
Pero que el acuerdo sea difícilmente realizable no reduce su simbolismo político, al contrario. Por una parte, muestra hasta qué punto en Venezuela la política ha sido sustituida por la disposición a pagar casi cualquier precio a cambio de un guiño de Washington. Un requisito que pareciera necesario para aproximarse, alcanzar o preservar el poder.
Por la otra, muestra a Donald Trump al desnudo. Revela su fantasía de enriquecerse apropiándose de los recursos de otra nación. Una lógica que Krugman compara con el imperialismo extractivo del siglo XIX.
Pero Trump no inventó la vulnerabilidad de Venezuela, la encontró. El liderazgo nacional había renunciado bastante antes a la política. Machado, por ejemplo, sostuvo durante años que con el chavismo no había nada que negociar, renunció a la política para sugerir que la fórmula era sacar a Nicolas Maduro de la misma forma que se expulsó a Manuel Noriega. Las elecciones de 2024 exacerbaron esa lógica.
Una vez cerradas esas elecciones, la política desapareció. Se sustituyó por una vigilia ante el altar de Washington. Se rogó entonces para que EEUU produjera el desenlace que las fuerzas internas renunciaban a construir.
Renunciar a la política
Y finalmente ocurrió: los americanos capturaron a Maduro. Pero la estrategia de Machado partía de una premisa completamente errada: suponía que la política se practica entre cooperadores, entre jugadores puros, entre ángeles.
Machado pactó con Marco Rubio y, luego con Trump porque creyó que compartían intereses. Pero compartir un adversario no es compartir intereses.
En política como en la vida, priorizar prejuicios antes que los hechos conducen a errores costosos. Bastaba mirar las decisiones de Washington para corroborar que Trump es un free rider en toda regla. Invierte lo mínimo e intenta llevarse todo. Un comportamiento que en el caso venezolano se potenció porque frente a Washington el liderazgo nacional convirtió la política en obediencia.
Si los dirigentes venezolanos renunciaron a la política, ¿por qué Trump debería limitar su apetito maximizador? ¿Por qué debería autolimitarse?
El límite del free rider no proviene de su generosidad, lo construyen los otros. Para eso negocian, establecen costos, fijan límites. Eso es política.
Por lo tanto, no hay que llamarse a engaños. Todo acuerdo que Trump suscriba con Delcy Rodríguez será idéntico al que obtendría con Machado. Sus proyectos quizás sean opuestos. Pero frente a Washington ellas abandonaron la política. Y cuando se renuncia a la política, el otro es libre para fijar las condiciones.
El sueño de Machado terminó haciéndolo realidad Delcy Eloína. Ella, y no
Machado, alcanzó la alianza dorada con Trump. Pero eso no cambia el problema. Sólo cambió el interlocutor.
Trump no creó la vulnerabilidad venezolana. La encontró. Y no existe ninguna razón para esperar que Washington deje voluntariamente de aprovecharla. El problema de Venezuela no es negociar con un poderoso free rider. La política existe, precisamente, para negociar con jugadores egoístas y poderosos.
La tragedia es renunciar a la política y, después, pretender negociar.
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