Vaya, vaya. Mire usted. Por primera vez en meses, me he sentido con libertad, tanto de ocupaciones como de contexto nacional, para escribir una emisión de esta columna en rápida sucesión de la anterior. Iré al grano, aunque debo comenzar refiriéndome a la tal predecesora. Fue sobre la incertidumbre que hemos estado viviendo como país desde hace meses y que alcanzó su cenit en los primeros días del año en curso.
La incertidumbre puede ser más agobiante que la certeza de un futuro terrible. Esa certeza permite por lo menos concentrar todos nuestros esfuerzos, físicos y mentales, en prepararnos para aguantar la catástrofe lo mejor posible. Pero con la incertidumbre no podemos saber en qué enfocarnos. He ahí su grandísima incomodidad. Contemplar diversas posibilidades, mejores o peores, nos obliga a prepararnos para esos diversos escenarios, con una atención dividida cuyos resultados pueden estar lejos de lo ideal. Así, es difícil pensar que los escenarios pesimistas tienen alrededor de la misma probabilidad de concretarse que los optimistas.
Quizá le sorprenda al lector, a juzgar por el tono sombrío del párrafo previo, que este artículo es sobre el optimismo. El optimismo que hoy los venezolanos podemos alojar en nuestros corazones. Pero eso sí: lo voy a abordar en estrecha relación con la incertidumbre. Esto no es una proclama a favor del argumento leibniziano sobre “el mejor de los mundos posibles”, pero tampoco una crítica mordaz al optimismo como la de Voltaire.
Lo cierto es que los venezolanos hemos acumulado en los últimos 27 años tantas decepciones, desilusiones y frustraciones, que nos hemos vuelto, en mi opinión, muy poco dados al optimismo. Por el contrario, nos hemos vuelto profundamente pesimistas. Quizá hasta fatalistas. Eso significa que tenemos una alta tolerancia al pesimismo, en tanto seguimos con nuestras vidas pese a la amargura inherente a la carencia de horizontes para un futuro mejor.
Por otro lado, ese pesimismo arraigado nos ha hecho poco aptos para lidiar con la incertidumbre. Nos refugiamos en una incomodidad para eludir otra. Creemos a veces que, como todo pasado fue negativo por tanto tiempo, el porvenir no puede ser distinto. Incluso hemos inventado una suerte de ethos del pesimismo. Algo así como “Creer que las cosas pueden mejorar es de ilusos y blandengues, incapaces de lidiar con la horrorosa realidad”. Se me viene a la mente el aforismo de Spengler: “El optimismo es cobardía”.
Discrepo del autor de La caída de Occidente. Pienso que dar por hecho el empeoramiento es otra forma de evasión miedosa. Es una forma de no afrontar el miedo a la incertidumbre. Creer que todo está perdido y que nada podemos hacer, que estamos condenados a ser prisioneros de un poder maligno invencible, todo eso es una forma de mala fe, en el sentido sartreano de la expresión. Es renunciar a una libertad inherente que todos tenemos y por lo tanto a hacernos responsables de nuestro propio destino, aunque hacerlo implique riesgos y pesares.
Por eso, hoy quiero invitar a todos mis conciudadanos a que seamos optimistas. No un optimismo perezoso, que pretenda endosarle a un tercero todo el trabajo para mejorar el país. Aunque necesitamos todo el apoyo posible, nosotros mismos también tenemos que poner de nuestra parte. De lo contrario, corremos el riesgo de que cualquier delegado halle que su interés no es el mismo que el nuestro y nos lleve a donde él quiere ir, y no a donde nosotros queremos ir.
Sé que no es fácil, pero, ¿es acaso más difícil que hasta hace no mucho? ¿No ha ocurrido en poco más de un mes una retahíla de sucesos que creíamos imposibles, desafiando así nuestro pesimismo arraigado?
Perdonen si introduzco de forma abrupta la analogía de cierre para este artículo, pero lo cierto es que en las letras de la salsa puede uno encontrar lecciones preciosas de filosofía. No me refiero solo a los versos de Rubén Blades recargados de crítica política y social. A ver. Cuando Ismael Rivera, en Dime por qué, canta “Y sigue caminando como yo, por el camino de los sufrimientos, que aquel que sufre con resignación, mata poquito a poco su tormento”, esa es una proclama estoica digna de Séneca o Marco Aurelio. Cuando Miguel Ortiz, en Ahora yo me río (tema de la Sonora Ponceña), entona “Tantas vueltas que uno da, y a esta ciudad yo volví”, se refiere al “Eterno retorno” de Nietzsche. En fin, es a Héctor Lavoe a quien realmente quiero invocar: “El día de mi suerte llegará”. Esa canción es desgarradora, pero llena de esperanza también. Trata sobre un sujeto al que han acaecido múltiples desgracias, pero que no para de aspirar a que las cosas mejoren un día. Tal vez, estimados compatriotas, el día de nuestra suerte llegó.
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