Adviento en la Casa de la Estrella

El domingo 7 de diciembre tuve el honor de ser invitada por David Osío, coordinador del Museo Histórico Casa Páez, a la celebración de la segunda vela de la Corona de Adviento. La recepción resultó, como era de esperar, estupenda en todos sus detalles. Al inicio del rito escuchamos la magistral interpretación del "Come Unto Him" de “El Mesías” de G. F. Händel, a cargo de la reconocida soprano Silena Martínez, seguido de la lectura del Evangelio, una oración y la bendición del nuevo párroco de la Catedral, el muy apreciado presbítero Joel Núñez. Para el cierre del ritual, Silene Martínez, quien es la actual directora del Coro Estable de la Escuela de Música Sebastián Echeverría Lozano, cantó el "Ave María" de Franz Schubert, conmoviendo a la audiencia presente, siempre acompañada por el joven pianista Víctor Mercado.

Fue un rato muy agradable en ese lugar maravilloso que es la Casa Páez, donde la celebración culminó con una merienda llena de pasapalos, jugos, otras bebidas y pasteles, donde se lució la cantante Xiomara Matheus, no con sus canciones sino con la mejor de sus tortas. Sin embargo, es difícil pasearse por sus salones sin viajar en el tiempo y pensar en su protagonista, el General José Antonio Páez, figura que David Osío personifica con tanta maestría.

Uno casi puede imaginárselo, narrándole sus batallas al pintor Pedro Castillo, abuelo de Arturo Michelena, para que este inmortalizara aquellos episodios en los frescos que aún hoy adornan las paredes de los corredores de la casa. En los salones pueden verse los murales de personajes mitológicos, algunos pintados también por su sobrino Carmelo Fernández Páez.

Aunque José Antonio Páez estaba profundamente enamorado de Valencia, no residió en esa casa por mucho tiempo. Adquirió esta casona, cuando era un corralón y la propiedad contigua poco después de triunfar en la Batalla de Carabobo, en 1821. Tras varios años de remodelación, la convirtió, para 1830, en el Primer Palacio Presidencial de Venezuela. Fue entre estos muros donde vivió con Barbarita Nieves -su compañera sentimental, no su esposa legal, Dominga Ortiz- y los hijos de ambos: Úrsula, Juana de Dios, Sabas Antonio y Sofía.

Fue en esta casa donde Páez se acercó a las artes, descubrió la literatura, la pintura, cultivó la música, de hecho, cantaba ópera, además de tocar el violín y el violonchelo; llegó a protagonizar obras de teatro, como la tragedia de Shakespeare “Otelo o el Moro de Venecia”, en la que hizo de Otelo, Carlos Soublette de Brabancio y mi antepasado Miguel Peña de Yago. También forjó lazos de compadrazgo con muchos carabobeños, entre ellos, con Vicente López, padre de Hermógenes López, quien años después, como presidente de Venezuela en abril de 1888, ordenaría el traslado a nuestro país de los restos de su padrino, el general José Antonio Páez.

Páez había fallecido en Nueva York en 1873, ciudad donde vivió sus últimos diez años tras el exilio. Este solemne acto de repatriación se llevó a cabo, en contra de la voluntad de Antonio Guzmán Blanco. El entonces influyente líder se había opuesto al traslado, pues consideraba a Páez un traidor y lo veía como uno de los principales jefes de la “oligarquía”.

Y, en un giro del destino que parece tejerse entre los mismos muros de la casa, mientras documentaba este artículo tuve un hallazgo casi mágico en mi biblioteca: el número 102 de “El Cojo Ilustrado”, correspondiente al 15 de marzo de 1896. Entre sus páginas, la revista dedicaba un amplio espacio a la memoria del General Páez. Allí encontré un sentido poema de José Antonio Calcaño (abuelo del compositor homónimo, quien fuera profesor de mi madre), un escrito de alguien que solo firma “Zumeta” y, lo más revelador, la circular que el comité neoyorquino publicó en 1888 para organizar las exequias del prócer antes del traslado de sus restos a Venezuela.

Este documento, un puente directo entre aquel pasado y nuestra historia, detalla cómo un comité de ciudadanos estadounidenses quiso conferir a la ceremonia “un carácter acorde con la ocasión”, honrando al “héroe, patriota, soldado y estadista” con funerales y un cortejo impresionante. Recuerda, además, los honores que Páez recibió en vida: desde la Legión de Honor de Francia hasta una espada de regalo del Rey Guillermo IV de Gran Bretaña, inscrita con palabras de estima por su “desinteresado patriotismo”.

Desde Nueva York, los restos mortales de Páez emprendieron su último viaje a bordo de la fragata Pensacola, arribando al puerto de La Guaira el 7 de abril de 1888. Allí, una solemne procesión de lanchas enlutadas y tripuladas por marinos de gala recibió la urna. Ya en tierra, el féretro fue cubierto con las banderas de Venezuela y de los Estados Unidos, mientras en el muelle ondeaban también los pabellones de Colombia, Ecuador, Bolivia, Perú y Venezuela, acompañados de escudos de laurel que grababan los nombres de sus batallas más gloriosas.

Tras una serie de homenajes, el 19 de abril de 1888 a las nueve de la mañana, comenzó el traslado final de sus cenizas desde la Catedral hasta el Panteón Nacional, donde reposa para siempre entre los próceres de la Patria.

Asistir a la celebración de la Corona de Adviento en ese emblemático lugar, el Primer Palacio Presidencial, donde Páez forjó parte de su vida pública y privada, adquiere una resonancia especial. La luz de las velas, la música y la comunidad reunida en diciembre, se entrelazan con el eco de esta historia, recordándonos que la memoria no solo habita en documentos y fechas, sino también en los espacios vivos donde la tradición y la fraternidad se renuevan. Por ello, mi más sincero agradecimiento a David Osío, no solo por la amable invitación, sino por su incansable labor al mantener encendida, año tras año, la llama de nuestra historia en el maravilloso Museo Histórico Casa Páez.

Anamaría Correa

anamariacorrea@gmail.com 

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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