Cuando en el colegio católico nos sumergíamos en las páginas de eso que llaman “La Biblia”, aprendimos que hubo un líder judío llamado Moisés que liberó a su pueblo de la esclavitud a la que lo tuvieron sometido los faraones por más de cuatro siglos (se supone que en esos tiempos había quien supiera llevar la cuenta). En Egipto los obligaron a trabajos forzados, construyendo ciudades y cultivando la tierra. Pero la opresión no se limitó al trabajo: el faraón ordenó que los varones recién nacidos de los hebreos fueran arrojados al río Nilo, con el propósito de impedir que el pueblo siguiera creciendo. A uno de ellos, precisamente ese Moisés, su madre lo colocó en una cesta y lo dejó entre los juncos del Nilo para protegerlo, y allí lo encontró la hija del faraón, quien se lo llevó la corte egipcia como suyo. Al menos, eso es lo que se lee en la Biblia, aunque un personaje de “Porgy and Bess” la obra de George Gershwin, lo pone en duda...Moisés creció como egipcio; tras matar a otro que azotaba inclementemente a un judío, se vio obligado a huir, estableciéndose lejos de la corte.
Allí, según la Biblia, habló con Dios y de Él recibió el encargo de liberar a los judíos de la esclavitud. Para cumplir con el mandato regresó a la corte y le transmitió al faraón la orden divina, a lo cual se negó el cruel y endiosado mandatario.Para presionarlo, Dios les mandó a los egipcios las famosas “Siete Plagas”, entre las cuales, langostas que devoraron las reservas de alimentos, sapos que tapizaban los suelos haciendo imposible caminar, piojos que hacían la vida insoportable, y la conversión de las aguas del Nilo o de pozos y manantiales en sangre. Lo último fue la muerte de los primogénitos de todas las familias egipcias, incluido el hijo del faraón, por lo cual éste, por fin, permitió que los israelitas salieran del país.
Luego que hubieron partido, el faraón se arrepintió de la licencia concedida y, con su ejército persiguió a la caravana a través del desierto hasta que ésta llegó a las orillas de un mar que se interponía en su camino y cuya identificación es confusa. Moisés extendió su mano y las aguas del mar se abrieron para que el pueblo pudiera cruzar. Una vez que los israelitas estuvieron a salvo, las aguas volvieron a su lugar y el ejército egipcio quedó atrás.
Los venezolanos hemos sufrido más de siete plagas en lo que va de siglo. Más sutiles que una simple invasión de langostas, sapos o piojos, pero más dañinas. No solamente han afectado a un conglomerado en especial, enemigo de algún dios, sino a todo el pueblo y al territorio donde vive.
La más perniciosa de las plagas que aquejan al pueblo venezolano es el colapso total del sistema eléctrico nacional, que el régimen atribuye hipócritamente a “sabotaje” sin anunciar una investigación de este que determine cómo y quiénes son esos supuestos saboteadores, despertando la indignación del pueblo, y manifestada en la calle y los medios de comunicación.
El colmo ha sido el alerta emitido hace unos días sobre el peligro de tormentas “que pueden afectar el suministro eléctrico”. Por supuesto, el deber del servicio meteorológico es el de informar sobre el estado del tiempo, pero achacarles a las nubes los continuos apagones suena a ironía o burla. De no ser porque el parque aéreo es una ruina, no sería de extrañar que furtivos aviones bombardeen las nubes con hielo seco o yoduro de plata, para echarle la culpa de los apagones a las nubes...¿Habrá alguna plaga que expulse a los depredadores del poder?




