Algunas personas creen —como reza el refrán popular— que tienen a Dios agarrado por la chiva, y esa pretensión de hacer lo que les viene en gana la manifiestan en espacios públicos, alterando el orden, la paz y la convivencia. Esta conducta, lamentable y reprochable, se ha vuelto cada vez más común en Venezuela, lo cual resulta profundamente preocupante, pues deja en evidencia fallas tanto en la educación formal como en la formación de valores dentro del hogar.
Episodios como los ocurridos recientemente en playa Conomita -Mochima- describen perfectamente esta situación. Un grupo de hombres hizo caso omiso a la petición de una mujer que solicitaba bajar el volumen de la música, ya cerca de la medianoche, impidiendo el descanso de quienes se encontraban en carpas vecinas, incluyendo un niño con autismo. Lo que debería ser una excepción comienza a convertirse en norma: exceso de ruido, irrespeto y una idea distorsionada de lo que significa disfrutar.
En el Parque Nacional Morrocoy también se han escenificado situaciones que generan tristeza y vergüenza. Lanchas con música estruendosa, personas en evidente estado de ebriedad y conductas inapropiadas frente a niños forman parte de escenas que han sido denunciadas por usuarios en redes sociales. Estos hechos no solo afectan la experiencia de otros visitantes, sino que deterioran la imagen del país como destino turístico.
Llegó la hora de poner orden. Las autoridades deben asumir su responsabilidad y hacer cumplir las normas en estos espacios. Pero más allá de la acción institucional, el problema es más profundo. Cuando se pierde el respeto por el otro, cuando se normaliza el abuso y se confunde libertad con libertinaje, lo que está en juego no es solo el turismo, sino la convivencia misma.
De allí la urgencia de retomar la educación en valores. El respeto, la consideración por el prójimo y el sentido de comunidad no pueden seguir siendo opcionales. Las playas, como cualquier espacio público, son de todos, y su disfrute implica necesariamente reconocer límites. Solo así será posible recuperar no solo estos destinos, sino también una forma de convivir que hoy parece cada vez más lejana.









