Sin pretender ser un gurú de la autoayuda, les comparto una idea que me viene rondando la cabeza desde hace tiempo: tratar de convencer a los demás y ser siempre políticamente correcto agota. Y agota mucho. Sin convertirnos en personas descorteses, creo que antes de tomar decisiones debemos convertirnos en prioridad y dejar atrás esa idea absurda de asistir siempre a reuniones para quedar bien y para que otros se sientan bien. Ese tiempo, al menos para mí, se acabó.
Fue uno de esos pensamientos que terminé fijando como meta para 2026. Me detuve a analizar cuánto tiempo invierto complaciendo a familiares, amistades y personas que van apareciendo en la vida. Y la respuesta fue simple, casi obvia, pero liberadora: cuando no se puede, no se puede. Decirlo en voz alta ya representa un cambio.
Ojo: esta decisión no implica abandonar redes familiares, amistades o compromisos laborales. No se trata de desaparecerse ni de romper con todo. Significa entender que hay momentos en los que el cuerpo, la mente y las circunstancias no están para encuentros, sonrisas forzadas ni opiniones moderadas solo para no incomodar. No.
Esta premisa no es egoísmo. Al contrario, creo que forma parte de ese proceso de depuración personal que muchos atravesamos, en el que empezamos a distinguir lo que nos nutre de lo que simplemente nos drena. Poner límites también es una forma de cuidado, y cuidarse no debería ser motivo de culpa. Ser “políticamente correcto”, en algunos casos, termina mutilando una parte de nosotros, y eso jamás debería normalizarse.
Disfrutemos la vida, sí, pero sin renunciar a nuestro propio espacio. No todo compromiso merece nuestra energía, no toda invitación exige presencia, no toda expectativa ajena debe convertirse en obligación personal. A veces, la mayor muestra de madurez no está en quedar bien con todos, sino en aprender a respetarnos primero.




