Las políticas migratorias en Estados Unidos, en donde se ha desbordado una cacería de extranjeros bastante mediatizada y sin precedentes en los últimos años, debe llamarnos al análisis crítico de la situación. En la mayoría de los casos, las personas que abandonan su país no lo hacen por gusto, están apelando al derecho supremo a la vida tras las condiciones inhumanas que enfrentan en sus lugares de origen.
Este fenómeno es de larga data. Africanos escapan del hambre y la violencia e intentan llegar a Europa, arriesgando la vida en el Mediterráneo, en donde anualmente más de cien mil migrantes se lanzan al mar en embarcaciones maltrechas. Unas mil mueren cada año en la travesía, según datos de Missing Migrants Projet. Mexicanos, colombianos, peruanos, centroamericanos y más recientemente venezolanos, cruzan a Estados Unidos por la puerta falsa, transitando selvas, ríos y desiertos, en su desespero por escapar de narcos, guerrillas, pandillas y dictaduras que violan constantemente derechos humanos.
El ejemplo más claro es Cuba. La gente huye en balsas e intenta llegar a Florida, negándose a sobrevivir de las migajas que les permite adquirir el gobierno, que defiende una supuesta igualdad, mientras los jerarcas y sus familias toman buen vino y disfrutan exquisitos manjares. ¡Vaya hipocresía!
En el caso estadounidense, obviamente la administración anterior no supo controlar la masiva llegada de migrantes por la frontera sur. El proceso fue desordenado y entró de todo. Por una parte, mucha gente noble y trabajadora, dispuesta a echarle ganas en este país y a vivir dignamente. Por la otra, una cuerda de delincuentes y sinvergüenzas, que vinieron a cometer fechorías. De lo cometido por este último grupo se vale el gobierno del presidente Donald Trump para estigmatizar a la comunidad venezolana, cuando todos sabemos que estos delincuentes son minoría y en efecto deben ser execrados de este país.
Reconocemos que toda persona tiene derecho a la migración y a vivir dignamente. También que todo aquel que se moviliza y pretende desestabilizar, debe castigarse. Ahora bien, el asunto toma otro matriz cuando se sataniza a todo aquel que es ilegal, pero trabaja honestamente. Debe quedar claro que la gente no migra por gusto. Lo hace por necesidad y las políticas antinmigración con el tiempo tienden a fracasar.
Ya lo advertía el gran Mario Vargas Llosa en sus reflexiones sobre el tema: “los inmigrantes no pueden ser atajados con medidas policiales por una razón muy simple, porque en los países a los que ellos acuden hay incentivos más poderosos que los obstáculos que tratan de disuadirlos de venir. En otras palabras, porque hay allí trabajo para ellos. Si no lo hubiera, no irían, porque los inmigrantes son gentes desvalidas, pero no estúpidas, y no escapan del hambre, a costa de infinitas penalidades, para ir a morirse de inanición al extranjero”.
En efecto, la migración es un fenómeno imparable. Haga lo se que sea, las condiciones del mundo actual obligan a la gente a buscar mejores oportunidades. Frente a esta realidad, no hay muro ni Kristi Noem que valgan. La inmigración solo podría reducirse, cuando los países atractivos entren en crisis general, o los que la generen, se conviertan en el Edén para sus habitantes. Esto pareciera un panorama hiperreal debido a las condiciones del mundo hoy día, en donde los países en vías de desarrollo siguen lidiando con situaciones estructurales que les dificultan ofrecer mejores condiciones a sus connacionales.
En este contexto, la migración sigue representando un respiro para las economías de las potencias occidentales. ¿Quiénes son los que sacan a flote la mayoría de las fábricas por salarios impensables para un gringo? ¿Quiénes son los que potencian la productividad en las granjas e industria hotelera? La respuesta es sencilla: inmigrantes.
En casos excepcionales alcanzamos puestos de relevancia y visibilizamos el sueño, el si se puede, reafirmando valores como la constancia y la perseverancia. Por estas razones, independientemente de si es latino, africano o chino, los inmigrantes honestos y trabajadores seguiremos siendo una bendición para la cultura receptora. No olvidemos que el color de la inmigración inyecta energía, buena vibra y un intercambio cultural que termina reconfigurando patrones locales, generando una especie de magia inexplicable, diversa y variopinta. ¡Enhorabuena por los inmigrantes!