A Rómulo Gallegos, llamado en justicia “El Maestro”, lo recordamos por sus novelas fundamentales, también por su breve Presidencia de la República, trascendente por ser el primer mandato para la jefatura del estado originado directamente en el voto popular, universal y secreto, un hito de tal magnitud que ninguna constitución posterior se ha atrevido a cambiar. Pocos saben que fue parlamentario.
Recientemente se dedicó a “Rómulo Gallegos y su relación con el Derecho” la más reciente
Jornada “Aníbal Dominici”, organizada por la A.C. Juan Manuel Cajigal, liderada por el distinguido
jurista anzoatiguense José Getulio Salaverría Lander. Un lujo de evento con ponencias que
compitieron en calidad de los profesores Ayala Corao, Camero, Pérez Perdomo, Biord, Escovar
León, Carballo Mena, Urdaneta, González de Kancev, Perrone, León Hernández y Casal, quien
expuso acerca del Gallegos “en la antesala del parlamento de la democracia”. Comprenderá el
lector que, de tanto material jugoso, me concentre en este último por vocación personal e interés
académico.
Gallegos no quiso una senaduría por Apure, regalada por un Gómez encantado con Doña Bárbara.
Prefirió el destierro y desde Nueva York, renunció. Pero con la apertura protagonizada por López
Contreras, otro gran venezolano, regresó al país y se atrevió a participar en la política. Ministro de
Instrucción Pública, concejal y diputado por Caracas, en la renovación parcial de la Cámara
originada antes de diciembre de 1935.
Con todas sus reservas, Gonzalo Barrios, actor del “trienio adeco” y prologuista de Rómulo
Gallegos Parlamentario advierte que “Debemos cuidarnos de reservas excesivas frente a aquellos
Congresos” a los que reconoce “alguna relativa representatividad”. En cuyo seno la mayoría
oficialista “comprendía igualmente algunos compatriotas distinguidos, sinceramente adscritos a lo
que consideraban ‘el orden’ (…) pero que gozaban personalmente de merecida buena
reputación”. La edición de 1981 es de Centauro patrocinada por el Congreso presidido por
Godofredo González. Muestra útil para quien busque comprender.
En tres años de vida parlamentaria, Gallegos, patriota sin desplante, deja el testimonio de su
convicción democrática firme, serena, de su integridad personal. Intervino sobre educación, su
prioridad absoluta, también sobre asuntos constitucionales, administrativos y una impresionante
variedad de materias: política exterior, riego, régimen penitenciario, ecología, corrupción,
protección a los menores, arrendamientos urbanos, agricultura y cría, elecciones, obras públicas,
presupuesto, libertad de prensa, salud, administración de justicia.
En 1937 afirma no haber venido “en oposición sistemática”. Se define como “…un hombre con una
ideología, claro está, pero sobre todo un hombre que procura el bien de su país…”. Con respeto
por todos y en su inseparable vocación de maestro, continua:
Hay dos formas de violencia que hacen imposible el vivir. La violencia contra el cuerpo:
necesidades insatisfechas, prisiones, destierros, torturas, vejámenes; y la violencia contra
el espíritu: impedir la libre manifestación de la personalidad, y crear esa atmósfera de
inseguridad y amenaza, que, planteando el dramático conflicto entre la dignidad y la
conveniencia, induce al relajamiento de las virtudes cívicas y lleva a la desmoralización y
envilecimiento de los espíritus.
Por haber sido Presidente Constitucional, la constitución de 1961 lo traería de nuevo al Congreso
como senador vitalicio, esta vez junto a Eleazar López Contreras. Otra lección de nuestra propia
historia.




