Estilo versus uniformidad

Uniformar con la declarada intención de “hacer que todos sean iguales” con frecuencia termina por deslucir a la mayoría
Estilo
Generado con IA

Cuando llevar un uniforme significa representar ideas e instituciones con las que no nos identificamos del todo, “ponerse la camiseta” -para expresarlo en términos corporativos- puede convertirse en un ritual indeseable. Si encima de eso, el uniforme no le hace ningún favor a nuestra figura, vestirse se convierte incluso en un acto desmoralizador.

Las tallas industriales deforman la silueta de una gran mayoría de cuerpos que no se ajustan a los generalizados cálculos de la producción masiva. Con frecuencia, las telas con las que se confeccionan los uniformes generan volúmenes distorsionados, y los colores no le sientan bien a todo el mundo. 

En países como Venezuela, donde una profusa confluencia étnica genera una rica variedad de anatomías, uniformar con la declarada intención de “hacer que todos sean iguales” con frecuencia termina por deslucir a la mayoría, mientras gana notoriedad el rango de unos pocos autorizados a señalar su estatus.

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La única manera de que ponerse un uniforme se considere un ejercicio estéticamente favorable es cuando se trata de una fórmula hecha a la medida de cada persona, y en este caso estaríamos hablando de estilo, ese ejercicio de expresión y libertad que surge de la auto-evaluación, del ensayo de muchas piezas y que mejora mientras más se practique y se ponga al día.

Piense en figuras prominentes de la moda y en cómo su imagen está guardada en nuestra memoria llevando atuendos con minimas variaciones de la misma combinación: Carolina Herrera con su pelo amarillo corto y una camisa blanca entallada en una amplia falda de gala; Anna Wintour con un vestido estampado por debajo de las rodillas, grandes collares de piedras y sandalias color piel; Karl Lagerfeld con su pelo blanco entalcado, su traje negro y camisa de cuello alto almidonado. Cada uno de estos elementos recurrentes se han sumado a la construcción de íconos.

Si bien el uso del uniforme es con frecuencia obligatoria en ámbitos corporativos y escolares, y algunos dirán que es incluso deseable en términos logísticos, permitir-se cierto grado de personalización es una práctica que califica -por qué no- como respeto a la libertad de expresión: ajuste de tallas, accesorios y arreglo personal. En caso contrario, el uniforme puede considerarse sin dudas como una camisa de fuerza.

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