Fantasmas musicales

En los archivos de la British Library se conserva correspondencia relacionada con una composición titulada Grübelei, supuestamente dictada por Liszt a Rosemary Brown en 1969

Confieso que antes leía mucho más que ahora. Pasé del libro físico a un lindo Kindle que me regalaron en un cumpleaños, a principios de los 2010, y fue tanto el furruco que le di al pobre que terminó apagándose para siempre, de manera inesperada.

Ahora leo en la pantalla de la PC o en ese mínimo espacio que ofrece el celular. Ser migrante me enseñó, entre tantas cosas, a andar siempre ligero de equipaje.

Hoy no solo leo ePubs, eBooks y vulgares PDF. También reviso artículos en páginas musicales y en otras que tienen que ver con mis intereses. Y, por supuesto, debo controlarme con los reels de Instagram y YouTube. Todavía no consumo TikTok. Me hago el boludo. Me hago el musiú.

Por otra parte, en mi casa nos encantaron siempre los cuentos de muertos y fantasmas. Morimos del pánico, pero nos fascinan. No tanto así Halloween. No por razones religiosas ni pronacionalistas, sino sencillamente porque nunca nos inculcaron eso. Mis sobrinos sí lo aprovechaban y hacían tremendas rumbas de Halloween, con
disfraces ingeniosos y divertidas actuaciones.

Pero cuento todo esto, dada la proximidad de Halloween, solamente para decir que hace unos días, en medio de uno de esos recorridos digitales, me topé con un reel muy simpático que contaba la siguiente historia: Franz Liszt, el famoso compositor húngaro, murió en 1886. Sin embargo, casi ochenta años después, una mujer inglesa aseguró que el compositor había vuelto a sentarse, de alguna manera, frente al piano. No físicamente, por supuesto. Según ella, Liszt le dictaba nuevas composiciones desde el más allá. Y no estaba solo: también Bach, Beethoven, Chopin, Schubert, Debussy y otros grandes maestros parecían haber encontrado en aquella modesta pianista británica una inesperada secretaria musical.

Su nombre era Rosemary Brown. Nació en Londres en 1916 y llevaba una vida bastante alejada de los grandes escenarios. No era una concertista reconocida ni una compositora de prestigio. Su formación musical era limitada y durante años su relación con el piano había sido más bien doméstica. Pero en 1964 comenzó a afirmar que
recibía música de compositores fallecidos. Liszt, según Brown, era el principal intermediario y quien poco a poco le fue presentando a los demás.

La historia podría descartarse inmediatamente como una extravagancia espiritista si no fuera porque sucedió algo interesante: músicos profesionales comenzaron a examinar aquellas partituras escritas por —o, según ella, a través de— Brown. Algunas fueron estudiadas, publicadas y hasta grabadas. Entre quienes se interesaron por el fenómeno estuvo Humphrey Searle, compositor británico y reconocido especialista en la obra de Liszt.

Y aquí la anécdota adquiere una dimensión distinta, porque ya no dependemos solamente del relato de Brown. En los archivos de la British Library se conserva correspondencia relacionada con una composición titulada Grübelei, supuestamente dictada por Liszt a Rosemary Brown en 1969. La propia biblioteca conserva, además,
siete volúmenes de manuscritos atribuidos por ella a Beethoven, Brahms, Chopin, Liszt, Rachmaninov, Schubert, Bach y otros compositores. Es decir: más allá de creer o no creer, el episodio dejó documentos.

Brown explicaba que no escuchaba simplemente una melodía para después reproducirla. A veces sentía que sus manos eran guiadas; otras veces recibía indicaciones musicales y trataba de escribirlas. Según contaba, cada compositor mantenía su personalidad: Chopin se expresaba de una manera, Beethoven de otra y
Liszt de otra diferente. Las piezas resultantes pretendían conservar también esas identidades. Y allí aparece la pregunta verdaderamente musical: ¿podemos reconocer a un compositor solamente por su manera de componer?

Cuando escuchamos unos pocos compases de Mozart, Debussy o Rachmaninov, muchas veces creemos reconocerlos. Hay giros melódicos, armonías, texturas, maneras de utilizar los instrumentos y hasta ciertos gestos que asociamos inmediatamente con un autor y con su época. Un compositor posee algo parecido a una huella digital. Evoluciona, naturalmente, pero algo permanece. El problema es que esa huella también puede estudiarse, aprenderse y, hasta cierto punto, imitarse. Un músico suficientemente preparado podría escribir una pieza “a la manera de Chopin”. Podría utilizar determinados acompañamientos, modulaciones, ornamentos y diseños pianísticos. El resultado quizás nos recordaría inmediatamente al compositor polaco, sin que Chopin hubiera escrito una sola nota.

Por eso el caso Rosemary Brown plantea un problema mucho más interesante que decidir si creemos o no en espíritus. Si aparece una obra desconocida y suena convincentemente como Liszt, ¿eso demuestra que es de Liszt? No necesariamente.

La musicología puede estudiar el papel, la tinta, la escritura, la procedencia del anuscrito y las circunstancias históricas. También puede comparar armonía, forma, melodía, contrapunto y escritura instrumental. Pero reconocer un estilo no equivale automáticamente a demostrar una autoría.

Hay además otro detalle fascinante, y es algo que yo mismo me pregunto: si aquellos compositores realmente hubieran continuado creando después de morir, ¿por qué seguirían escribiendo como en el siglo XIX? Un Liszt que hubiera tenido casi ochenta años adicionales para componer, ¿seguiría sonando exactamente como el Liszt que conocemos? ¿No habría evolucionado?

La pregunta parece absurda, pero toca un asunto muy serio: tendemos a encerrar a los compositores dentro de su propio estilo. Esperamos que Mozart suene a Mozart y Beethoven a Beethoven, olvidando que ambos pasaron toda su vida cambiando. Beethoven no componía a los cincuenta años como lo hacía a los veinte. El estilo no es
una fotografía; es un proceso.

Rosemary Brown murió en 2001, a los 85 años. Nunca pudo demostrar de manera verificable que sus partituras procedieran de los compositores que afirmaba escuchar. Tampoco hace falta aceptar su explicación sobrenatural para reconocer que su historia resulta extraordinariamente sugestiva. Incluso entre los músicos que estudiaron el
fenómeno hubo opiniones enfrentadas: algunos encontraron aquellas obras demasiado interesantes para descartarlas fácilmente; otros consideraron perfectamente posible que Brown hubiera aprendido a producir imitaciones estilísticas.

No sé qué pensar de Rosemary Brown. Mi parte racional encuentra demasiadas razones para dudar; mi parte de músico disfruta la anécdota. Mi parte Correa, espectador de lo paranormal, sonríe fascinado ante esta historia. Quizás no haga falta resolverla. Después de todo, tenemos las partituras, podemos escucharlas y sacar
nuestras propias conclusiones.

Yo, por ahora, prefiero dejar a Liszt tranquilo. Aunque, si algún día decide volver a componer, ojalá haga algo con Armando Manzanero, Simón Díaz o “Billo” Frómeta. Si quieren conocer algo de Rosemary Brown, les recomiendo ver este link: https://www.youtube.com/watch?v=6q70yg7Df4Y

juanpablocorreafeo@gmail.com

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