La fórmula perfecta

Saberlo en la Gloria de Dios es un consuelo inmenso y vuelve el pensamiento de la felicidad

El pasado 29 de julio, mi hermano Toby Correa cumplió años. La idea era celebrarlo después de un ensayo de “Los Amigos de Siempre”, pero una gripe feroz se interpuso. No podía respirar, la tos era un latigazo y sentía que la flema me desbordaba. Al día siguiente, mi esposo, Sergio Ramos, comenzó a sentirse mal, a pesar de haberse cuidado con tapabocas. Sus síntomas fueron distintos a los míos, pero él siempre decía que lo que importa no son los síntomas, sino el organismo que los padece.

El viernes, su malestar era tal que no fue a su diálisis —esa cita dos veces por semana— por miedo a contagiar a sus compañeros de turno. El lunes, día de diálisis, se fue como siempre, pero con una diferencia: en lugar de conducir su carro, llamamos a un joven que solía llevarlo al inicio de sus terapias y que conocía bien el camino.

Quiero detenerme aquí, porque en la sala de diálisis siempre fui criticada. Las acompañantes de otros pacientes no entendían cómo era posible que el “pobre doctor Ramos” pasara por aquello sin nadie a su lado. Yo les respondía que Sergio empezó esas terapias en Buenos Aires, y que yo, como buena venezolana, iba con él. Pero allí las sesiones eran a las siete de la noche, no a las seis de la mañana; duraban cuatro horas, no tres. Salíamos después de las once, cuando el hospital ya había apagado las luces y yo me quedaba sola en el pasillo del Hospital Argerich, con sillas vacías como única compañía. Cuando pregunté por qué no había nadie más esperando, me dijeron que los pacientes iban solos para aprender a ser independientes. Y así lo entendí. Desde entonces, nunca más lo acompañé, ni siquiera en Venezuela.

Ese lunes, al verlo llegar, lo noté extraño. No hablaba, sus piernas no le respondían. Ni siquiera podía bajarse del carro. Una de nuestras queridas vecinas de la calle San Manuel, Milagros Mercado, nos prestó una silla de ruedas. Mariana Villaró de Pérez, mi vecina de enfrente, buscó a una amiga enfermera. Analía “La Morocha” Segovia, —que ya tiene treinta y ocho años conmigo y no nos abandona—, con la ayuda de Nelson Sánchez, el resuelve todo de mi calle, pidió una bombona de oxígeno a Iris Santana y su hija Lupe, otras vecinas de mi calle, pero le faltaban los aditamentos. Ligia Cabrera, hija del artista Miguel Cabrera y comadre nuestra, los trajo desde su casa como si alguien se lo hubiera dicho mentalmente. Mi prima Scarlet Campos, valiéndose de su influencia en Fundadeporte, y su hijo Miguel Alejandro García, gestionaron una ambulancia. Llegó tarde, pero llegó. Los médicos nos aconsejaron hospitalización. Yo me negué.

Dos médicos, hermanos nuestros, Alfredo Del Giaccio y William Lleras, lo diagnosticaron: pleurobronconeumonía. Como somos “pobresores” universitarios sin seguro, tratamos de convertir uno de los cuartos vacíos de mis hijos exiliados en una habitación de clínica. Pero ellos insistían: había que hospitalizarlo. Solo duró una hora y cuarenta y cinco minutos en emergencias de la CHET. Tal vez mi desesperación malinterpretó como desdén del personal del hospital, sus respuestas, pero la verdad, cuando preguntaba por qué no lo atendían, me respondían: “¿No ve lo full que estamos?”, y peor aún: “ya son las diez, cambio de guardia”. Eso sí, al llegar, le pusieron oxígeno y nos exigieron que se le hicieran otros exámenes y una placa de tórax que confirmó el diagnóstico. 

Al principio entramos todos a la emergencia. Luego dijeron que solo podía estar yo, porque era su esposa y sacaron a los demás. Finalmente permitieron que nos turnáramos Sheila Rodríguez —la pareja de mi hermano— la Morocha y yo. En un momento en que Sheila se quedó con Sergio mientras yo salí a sentarme en la acera, afuera, con mi adolorida espalda apoyada contra un muro, con la Moro, Toby y mi hijo César, Sheila vino a avisarnos que algo andaba mal. Él no respiraba. Intentaron reanimarlo, pero nada. Mi amado Sergio murió a las once y cuarenta y dos minutos de la noche del 4 de agosto, dejándome el corazón devastado. 

Después de muchas entrevistas con personal del hospital, aseguraron que pasaría la noche en un “cuarto frío que no es frío”, porque allí no hay morgue, solo un aire acondicionado que funciona cuando hay luz. Pagamos diez dólares para que el muchacho que cuida los cuerpos pusiera el de Sergio cerca del aire, por temor a la descomposición.

No voy a contar el calvario que vivieron mi hijo César y mi hermano Toby para trasladar el cuerpo. Paso directo al velorio, a la cremación. La funeraria se llenó de gente querida, admirada, conocida y desconocida, de todos los gremios. Y era lógico. Sergio era médico, pero también músico, compositor, profesor universitario, musicoterapeuta, líder católico carismático, luchador político, articulista, locutor, investigador y, sobre todo, un despistado entrañable.

Cuando nos conocimos, yo ya creía que nunca me casaría y él había llegado a la misma conclusión. Dos años después, nos casamos y formamos una familia hermosa: César Andrés, Isabel Teresa y Juan Sebastián, tres personajes. Sus amigos eran nuestros amigos, y nuestros amigos, sus tíos. Tanto él como yo habíamos crecido en hogares parecidos, llenos de amor y sin prohibiciones. Así que criamos a nuestros hijos con amor, comunicación y, una idea clara: ser felices siempre, como me enseñó mi madre, a la manera de Erich Fromm: la felicidad debe estar presente, podemos estar alegres o tristes, y ser felices al mismo tiempo. Para eso hacen falta el amor, la admiración, la confianza absoluta y el respeto mutuo.

Cómo dolió esa primera noche de la soledad. Una enorme cama vacía, pero mi corazón seguía lleno de amor. Después de un duchazo, me dice la Morocha: “Jefa, ahí la busca Jessica Pulido”, —la vecina de al lado—. Al salir, ahí estaba Jessica con su pequeña Vicky, Victoria Torres Pulido, una nieta de la vida que me alegra la existencia todos los días. Me traía unas galletas en un frasco con un dibujo y los nombres de ella y de su hermanito Marcelo. Decía que habían sido hechas por ellos para curarme el corazón con amor. Y lo hizo.

En la funeraria hubo un responso de Monseñor Jiménez, seguido de una misa oficiada por el padre Marcos Pantin, cuyas palabras maravillosas hicieron llorar a todos. Cantamos como a él le hubiera gustado.

Ahora, es verdad, la despedida definitiva, duele. Pero saberlo en la Gloria de Dios es un consuelo inmenso y vuelve el pensamiento de la felicidad.

Uno de los amigos de mis hijos les dijo que con la muerte de Sergio se rompía la fórmula perfecta. Cuando Isa le preguntó cuál era, él respondió: “La familia Ramos Correa”. 

Todos ellos, o casi todos, venían de hogares disfuncionales y les asombraba que Sergio y yo, confiáramos en ellos. Les impresionaba cómo discutíamos, si no estábamos de acuerdo en algo, porque ambos sacábamos un vocabulario infantil, hablábamos como “niños pequeños”: por ejemplo, yo le decía: “la mamá ta’ mu mrava” y él contestaba “¿y poqué ta’ mu mrava la mamá” y en ese mismo “idioma” le respondía yo el porqué de mi malestar, entre las risas de los demás. Apartando esto, dejábamos que Isa saliera con ellos, se llevara la camioneta y llegara a altas horas; y él los recibía con café, se sentaba a conversar y a aconsejarlos. “Tu papá, Isa, fue también papá de nosotros. Tú eras el colmo de lo correcta, y él también. ¿Cómo íbamos a traicionarlo si confiaba en nosotros?”

En la funeraria lloraban nuestros amigos, amigos de mis hijos, exalumnos, pacientes, familiares y empleados. Pero no pensemos en la fórmula rota. Sigamos pensando en la fórmula perfecta, porque el amor, como la felicidad siempre estarán ahí.

Anamaría Correa 

anamariacorrea@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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