Leer como acto de resistencia

A los presos políticos venezolanos intentaron mutilarles todo, incluso la conciencia crítica, algo que los verdugos del régimen no consiguieron. A pesar de las restricciones a la lectura, los privados de libertad se las ingeniaban —y se las ingenian— para leer en prisión, convirtiendo los libros en un baluarte de la libertad interior, una forma de conservar la dignidad en medio de condiciones que organizaciones de derechos humanos y las propias víctimas han calificado como paupérrimas y degradantes.

Pareciera que quienes están al frente de las cárceles temen a cualquier hábito que convierta a los reclusos en seres humanos más reflexivos y cultos. Testimonios de personas que han recuperado su libertad revelan cómo, durante las requisas, olfateaban textos y hurtaban incluso los alimentos llevados por las familias. Quieren verlos vencidos, con hambre y sin criterio, pero cada libro clandestino, cada página leída, se convertía en un muro menos. “El miedo es su herramienta, el pensamiento la nuestra”, me dijo uno de estos seres humanos que sobrevivió a su propia pesadilla en los centros de detención venezolanos.

En este contexto, los libros leídos por los presos políticos se transforman en actos de resistencia, en una forma de crecer y cultivarse en tiempos de adversidad. Un hábito que permite soñar, sembrar carácter, vencer la oscuridad y seguir resguardando principios democráticos socavados por el régimen chavista-madurista, responsable de haber inundado a Venezuela de hambre y miseria.

En prisión, los libros redoblan su valor simbólico. Los privados de libertad los intercambiaban. Poco o nada debatían sobre lo leído, pero esos textos los hacían sentir vivos, recordar que la sangre aún corría por sus venas. A ratos, cuando les permitían salir a tomar el sol, improvisaban alguna tertulia y discutían las moralejas o el pensamiento del autor, aunque en algunos casos estos encuentros fueron castigados con severos plantones.

Más allá de estas injusticias, la lectura los elevó. Les permitió pensar y abrazar su propia humanidad, vulnerada por los verdugos de la revolución. Una vez más, los libros demostraron que salvan vidas, abren caminos, refuerzan la esperanza y permiten vislumbrar un nuevo horizonte de libertad que, aunque empinado, es posible en el mundo de las letras… y también en el mundo físico.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Leer como acto de resistencia

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