Migrante, pero no ausente

Podemos estar lejos y seguir presentes de muchas maneras. Pensamos en Venezuela, hablamos de Venezuela, nos preocupamos por lo que ocurre allí y mantenemos vínculos con familiares y amigos.

La mayoría de los venezolanos que migró en las dos últimas décadas lo hizo forzadamente, iniciando procesos de reinvención en tierras lejanas. Algunos intentaron cortar con todo lo que dejaron atrás, olvidarse de la tierra que los vio nacer; otros buscaron construir una nueva vida sin renunciar a aquello que los hizo quienes son. Entre ambos extremos existe una pregunta más profunda: ¿cómo se puede comenzar de nuevo sin dejar de ser uno mismo?

Esa impronta criolla no se borra así nada más, y pienso que expresarla con respeto y humildad enaltece nuestro gentilicio. En este sentido, la ola migratoria mostró diferentes caras del venezolano: desde quienes llegaron a otros países con la pretensión de imponerse, creyendo que las normas y costumbres ajenas no les concernían; hasta quienes, con comportamientos delictivos, terminaron generando zozobra y alimentando prejuicios contra toda una comunidad. Pero también está, y es quizás la cara más numerosa y menos visible, la de quienes llegaron con la disposición de empezar de cero, a punta de trabajo y constancia, sin renunciar a aquello que los representa como personas y como venezolanos.

La identidad no es estática. Mantenemos costumbres y tradiciones, pero también cambiamos y nos vinculamos con la cultura receptora. Migrar implica también aprender nuevas maneras de vivir. Yo no celebraba Halloween y ahora, en mi casa, comienzan a aparecer las calabazas, las figuras y algunas comidas asociadas con esta celebración. Son pequeñas cosas que muestran cómo, poco a poco, incorporamos elementos de la sociedad que nos recibe sin que eso signifique dejar de ser quienes somos.

Las nuevas costumbres se van sumando y nosotros en casa, las vamos articulando y reconfigurando. En el futuro quizá, la noche de muertos esté representada por personajes venezolanos como la Sayona y el Silbón, porque el migrante también aporta y da nuevos matices a su realidad.

Por otro lado, hay migrantes pretenden borrar el pasado. Yo estoy en el grupo de quienes prefieren adaptarse sin olvidar lo que fueron. Venezuela me dio oportunidades y allí fui pleno en muchos aspectos de mi vida. Estudié en la Universidad del Zulia, ejercí el periodismo y durante veinte años formé a varias generaciones en las aulas universitarias. Ese pasado, lejos de ser una carga, me ha permitido abrir puertas en mi nuevo país.

No tenemos por qué renunciar a nuestra historia para comenzar una nueva vida. Al contrario, nuestras experiencias, aprendizajes y valores forman parte del equipaje con el que llegamos a un nuevo territorio. La adaptación no debería significar el borrado de nuestra identidad, sino su transformación.

También debemos ser migrantes responsables. El civismo dice mucho de quienes somos. Respetar las leyes, las normas de convivencia y las costumbres de la sociedad que nos recibe no significa renunciar a nuestra identidad; significa entender que también tenemos una responsabilidad con la comunidad de la que ahora formamos parte.No necesariamente estamos ausentes.

Podemos estar lejos y seguir presentes de muchas maneras. Pensamos en Venezuela, hablamos de Venezuela, nos preocupamos por lo que ocurre allí y mantenemos vínculos con familiares y amigos. Muchos anhelamos un cambio, anhelamos democracia y, quizás algún día, volver. Volver para abrazar a quienes dejamos atrás o, quién sabe, para montarnos nuevamente en el barco de la reconstrucción.Porque migrar no siempre significa despedirse. A veces significa aprender a vivir lejos sin dejar de pertenecer.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Migrante, pero no ausente

Luis Alonso Hernández
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