El fin parcial de la sacralidad del 28J

Si mal no recuerdo, en esta columna, o en otros espacios de opinión míos, hace unos años acuñé el término “calendariomanía” para describir cierta fijación que la oposición venezolana ha tenido con las fechas. Una manera de animar a su base ha sido presentar las fechas en las que se da una oportunidad para lograr un cambio político como puntos de inflexión en la historia del país, con riesgos existenciales.

No me malinterpreten. Cada una de esas fechas pudo en efecto ser un parteaguas, ya que el cambio político era y sigue siendo una necesidad real. Lo que cuestioné, incluso bajo el entendimiento en todo momento de que el propósito era movilizar a la base así fuera a punta de temor, es aquello sobre el riesgo existencial. Esa tendencia a caracterizar cada una de las fechas como una “última oportunidad” para alcanzar la meta. No hay últimas oportunidades en política. Cada vez que se planteó la oportunidad de esa manera, el fracaso subsiguiente se tradujo no solo en la natural decepción de la base sino, además, en una profunda depresión excesiva e innecesaria, que hacía más difícil el surgimiento de la próxima oportunidad (por lógica, si no existe una última oportunidad, siempre hay una próxima).

Está de más decir que todas las oportunidades pretéritas, excepto quizá por la que incumbe a este artículo, terminaron así. Sin embargo, a veces la toma de conciencia masiva sobre el fracaso no se dio de inmediato, puesto que la fecha en cuestión produjo secuelas que permitieron mantener viva por un tiempo la esperanza de que la oposición prevalecería al final del proceso. En esas ocasiones, la fecha fue resignificada. Dejó de ser un día de implicaciones existenciales en solitario, para volverse el catalizador de un proceso más amplio que debía concluir en una victoria opositora.

La fecha se vuelve así una especie de tótem cronológico en torno al que la oposición danza. Un momento, paradójicamente, atemporal, en el que se refunda la nación en tanto ella hace de nuestro cosmos, tal como señaló el antropólogo de la religión Mircea Eliade. Atemporal porque se prolonga, en paralelo al devenir de la existencia que ordinariamente entendemos por “tiempo”, ad infinitum (o, para no abusar de la analogía religiosa, mientras las masas opositoras crean que la oportunidad sigue vigente). En otras palabras, aunque pasen días, semanas y meses, “sigue siendo” esa fecha hasta que el objetivo se cumpla. La fecha acapara la discusión política en las filas opositoras. Se la invoca una y otra vez. Por economía del lenguaje para lo que es mencionado constantemente, se le asigna unas siglas.

Todo lo anterior es exactamente lo que ocurrió con el 28 de julio de 2024. El 28J. Por más de año y medio ha sido el momento de culto para la oposición venezolana. Su “objeto” sagrado. Es lo que esgrime para justificar todas sus decisiones. Para la oposición, todos los días son 28J y deben serlo hasta que se cumpla el objetivo del cambio político. Por ponerlo en el léxico propio de esta iteración de la causa opositora, “hasta el final”. Desechar el 28J, olvidarse de él, es visto como anatema. “Pasar la página” es tratado como el peor de los pecados. Miren nada más el triste sino de los miembros de la coalición opositora que, aunque lo nieguen, hicieron eso para efectos prácticos al lanzar candidaturas a las “elecciones” de 2025. Hoy son parias, rechazados por la inmensa mayoría de la base opositora.

Estos señores ven en la sacralización del 28J un delirio colectivo. Se preguntan cuándo las masas entenderán que “hay que sepultarlo”, cuánto tiempo más seguirán “sin superarlo”. Ciertamente, esa sacralización se ha prolongado por un tiempo extraordinario. Normalmente, las masas dan la oportunidad por perdida en cuestión de pocos días. Pero con el 28J ha pasado, repito, más de año y medio. Si hemos de ser justos con las masas, esto es comprensible. Después de todo, el 28J está inscrito en una cadena de acontecimientos insólitos, que han llevado al país a una situación actual que resultaba impensable hasta finales del año pasado. Puedo entender entonces que la esperanza de las masas se mantenga.

Y sin embargo… Esos mismos giros impensables están arrojando al país a una situación en la que el 28J finalmente estaría perdiendo su sacralidad. Al menos en parte. Me explico. Al sacralizar el 28J, la oposición planteó como objetivos irrenunciables las consecuencias jurídicas de lo que ella misma sostiene que acaeció aquella jornada. El principal de esos objetivos era la formación de un nuevo gobierno. Toda discusión con otros actores políticos, nacionales e internacionales, que no partiera del reconocimiento de ese reclamo era descartada.

Pero ahora, la mismísima dirigencia opositora está indicando su disposición a pasar a una nueva etapa en la que el reclamo sobre el 28J prácticamente se extingue y se deja de exigir la materialización de las referidas consecuencias. Hay una aceptación de que el mejor escenario al que la oposición puede aspirar más bien es que eventualmente haya otras elecciones que le brinden la oportunidad de llegar al poder. Los detractores de la dirigencia opositora, los parias a los que aludí previamente, podrán quejarse mucho de que la dirigencia está siendo dizque hipócrita al hacer eso mismo por lo que los repudió: “pasar la página”. No obstante, ello implica ignorar los cambios dramáticos que han ocurrido en el país a partir de los primeros días del año en curso. Cambios que permiten a dicha dirigencia, y a la base a la que esta responde, cuanto menos contemplar la posibilidad de unos comicios justos. Así que cuesta creer que los gritos sobre supuesta hipocresía vayan a convencer a mucha gente.

Veamos ahora por qué digo que el fin de la sacralidad del 28J solo es parcial. Lo digo porque, si nos atenemos a las cifras de encuestas recientes (no, no me refiero a las artimañas propagandísticas de Meganálisis, pero sí a los sondeos de The Economist y AtlasIntel), hay un liderazgo político ligado al 28J que sigue siendo el preferido por la mayoría de los venezolanos. Está ligado al 28J pero tiene sus raíces en la primaria opositora de octubre de 2023. Este es el liderazgo que, por los momentos, a todas luces dicha mayoría quisiera ver en un próximo gobierno. No necesariamente lo seguirá siendo cuando haya elecciones justas, si es que las hay. Pero, asumiendo hipotéticamente que las haya en algún momento dentro de los próximos, digamos, dos años, creo que será cuesta arriba que surja una dirigencia alternativa que monte un desafío electoral formidable durante ese lapso.

Carl Schmitt planteó que la política está colmada de conceptos teológicos secularizados, de manera que el pensamiento político al final se parece mucho al religioso. Se entenderá entonces esta faceta de la “calendariomanía” opositora que describí en términos de sacralidad. No obstante, pienso que llega un momento en que se vuelve indispensable concebir la política de maneras menos ligadas a la fe y más ligadas a la razón. Eso es la legitimidad legal-racional, en palabras de Max Weber. El fundamento de conformidad masiva en los Estados republicanos y democráticos. En Venezuela le perdimos la costumbre a eso por razones que no tengo que precisar. Nunca debimos salir de ahí y por lo tanto tenemos que volver (sin repetir los errores y deformaciones que nos llevaron al extravío, claro está). Entonces, ya no habrá que ver cada fecha políticamente importante como un juego existencial de refundación de la república. No habrá que sacralizar fechas. Espero que el 28J, si el proceso del que es parte cumple su cometido, sea la última.

@AAAD25

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Si mal no recuerdo, en esta columna, o en otros espacios de opinión míos, hace unos años acuñé el término “calendariomanía” para describir cierta fijación que la oposición venezolana ha tenido con las fechas. Una manera de animar a su base ha sido presentar las fechas en las que se da una oportunidad para lograr un cambio político como puntos de inflexión en la historia del país, con riesgos existenciales.

No me malinterpreten. Cada una de esas fechas pudo en efecto ser un parteaguas, ya que el cambio político era y sigue siendo una necesidad real. Lo que cuestioné, incluso bajo el entendimiento en todo momento de que el propósito era movilizar a la base así fuera a punta de temor, es aquello sobre el riesgo existencial. Esa tendencia a caracterizar cada una de las fechas como una “última oportunidad” para alcanzar la meta. No hay últimas oportunidades en política. Cada vez que se planteó la oportunidad de esa manera, el fracaso subsiguiente se tradujo no solo en la natural decepción de la base sino, además, en una profunda depresión excesiva e innecesaria, que hacía más difícil el surgimiento de la próxima oportunidad (por lógica, si no existe una última oportunidad, siempre hay una próxima).

Está de más decir que todas las oportunidades pretéritas, excepto quizá por la que incumbe a este artículo, terminaron así. Sin embargo, a veces la toma de conciencia masiva sobre el fracaso no se dio de inmediato, puesto que la fecha en cuestión produjo secuelas que permitieron mantener viva por un tiempo la esperanza de que la oposición prevalecería al final del proceso. En esas ocasiones, la fecha fue resignificada. Dejó de ser un día de implicaciones existenciales en solitario, para volverse el catalizador de un proceso más amplio que debía concluir en una victoria opositora.

La fecha se vuelve así una especie de tótem cronológico en torno al que la oposición danza. Un momento, paradójicamente, atemporal, en el que se refunda la nación en tanto ella hace de nuestro cosmos, tal como señaló el antropólogo de la religión Mircea Eliade. Atemporal porque se prolonga, en paralelo al devenir de la existencia que ordinariamente entendemos por “tiempo”, ad infinitum (o, para no abusar de la analogía religiosa, mientras las masas opositoras crean que la oportunidad sigue vigente). En otras palabras, aunque pasen días, semanas y meses, “sigue siendo” esa fecha hasta que el objetivo se cumpla. La fecha acapara la discusión política en las filas opositoras. Se la invoca una y otra vez. Por economía del lenguaje para lo que es mencionado constantemente, se le asigna unas siglas.

Todo lo anterior es exactamente lo que ocurrió con el 28 de julio de 2024. El 28J. Por más de año y medio ha sido el momento de culto para la oposición venezolana. Su “objeto” sagrado. Es lo que esgrime para justificar todas sus decisiones. Para la oposición, todos los días son 28J y deben serlo hasta que se cumpla el objetivo del cambio político. Por ponerlo en el léxico propio de esta iteración de la causa opositora, “hasta el final”. Desechar el 28J, olvidarse de él, es visto como anatema. “Pasar la página” es tratado como el peor de los pecados. Miren nada más el triste sino de los miembros de la coalición opositora que, aunque lo nieguen, hicieron eso para efectos prácticos al lanzar candidaturas a las “elecciones” de 2025. Hoy son parias, rechazados por la inmensa mayoría de la base opositora.

Estos señores ven en la sacralización del 28J un delirio colectivo. Se preguntan cuándo las masas entenderán que “hay que sepultarlo”, cuánto tiempo más seguirán “sin superarlo”. Ciertamente, esa sacralización se ha prolongado por un tiempo extraordinario. Normalmente, las masas dan la oportunidad por perdida en cuestión de pocos días. Pero con el 28J ha pasado, repito, más de año y medio. Si hemos de ser justos con las masas, esto es comprensible. Después de todo, el 28J está inscrito en una cadena de acontecimientos insólitos, que han llevado al país a una situación actual que resultaba impensable hasta finales del año pasado. Puedo entender entonces que la esperanza de las masas se mantenga.

Y sin embargo… Esos mismos giros impensables están arrojando al país a una situación en la que el 28J finalmente estaría perdiendo su sacralidad. Al menos en parte. Me explico. Al sacralizar el 28J, la oposición planteó como objetivos irrenunciables las consecuencias jurídicas de lo que ella misma sostiene que acaeció aquella jornada. El principal de esos objetivos era la formación de un nuevo gobierno. Toda discusión con otros actores políticos, nacionales e internacionales, que no partiera del reconocimiento de ese reclamo era descartada.

Pero ahora, la mismísima dirigencia opositora está indicando su disposición a pasar a una nueva etapa en la que el reclamo sobre el 28J prácticamente se extingue y se deja de exigir la materialización de las referidas consecuencias. Hay una aceptación de que el mejor escenario al que la oposición puede aspirar más bien es que eventualmente haya otras elecciones que le brinden la oportunidad de llegar al poder. Los detractores de la dirigencia opositora, los parias a los que aludí previamente, podrán quejarse mucho de que la dirigencia está siendo dizque hipócrita al hacer eso mismo por lo que los repudió: “pasar la página”. No obstante, ello implica ignorar los cambios dramáticos que han ocurrido en el país a partir de los primeros días del año en curso. Cambios que permiten a dicha dirigencia, y a la base a la que esta responde, cuanto menos contemplar la posibilidad de unos comicios justos. Así que cuesta creer que los gritos sobre supuesta hipocresía vayan a convencer a mucha gente.

Veamos ahora por qué digo que el fin de la sacralidad del 28J solo es parcial. Lo digo porque, si nos atenemos a las cifras de encuestas recientes (no, no me refiero a las artimañas propagandísticas de Meganálisis, pero sí a los sondeos de The Economist y AtlasIntel), hay un liderazgo político ligado al 28J que sigue siendo el preferido por la mayoría de los venezolanos. Está ligado al 28J pero tiene sus raíces en la primaria opositora de octubre de 2023. Este es el liderazgo que, por los momentos, a todas luces dicha mayoría quisiera ver en un próximo gobierno. No necesariamente lo seguirá siendo cuando haya elecciones justas, si es que las hay. Pero, asumiendo hipotéticamente que las haya en algún momento dentro de los próximos, digamos, dos años, creo que será cuesta arriba que surja una dirigencia alternativa que monte un desafío electoral formidable durante ese lapso.

Carl Schmitt planteó que la política está colmada de conceptos teológicos secularizados, de manera que el pensamiento político al final se parece mucho al religioso. Se entenderá entonces esta faceta de la “calendariomanía” opositora que describí en términos de sacralidad. No obstante, pienso que llega un momento en que se vuelve indispensable concebir la política de maneras menos ligadas a la fe y más ligadas a la razón. Eso es la legitimidad legal-racional, en palabras de Max Weber. El fundamento de conformidad masiva en los Estados republicanos y democráticos. En Venezuela le perdimos la costumbre a eso por razones que no tengo que precisar. Nunca debimos salir de ahí y por lo tanto tenemos que volver (sin repetir los errores y deformaciones que nos llevaron al extravío, claro está). Entonces, ya no habrá que ver cada fecha políticamente importante como un juego existencial de refundación de la república. No habrá que sacralizar fechas. Espero que el 28J, si el proceso del que es parte cumple su cometido, sea la última.

@AAAD25

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

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Si mal no recuerdo, en esta columna, o en otros espacios de opinión míos, hace unos años acuñé el término “calendariomanía” para describir cierta fijación que la oposición venezolana ha tenido con las fechas. Una manera de animar a su base ha sido presentar las fechas en las que se da una oportunidad para lograr un cambio político como puntos de inflexión en la historia del país, con riesgos existenciales.

No me malinterpreten. Cada una de esas fechas pudo en efecto ser un parteaguas, ya que el cambio político era y sigue siendo una necesidad real. Lo que cuestioné, incluso bajo el entendimiento en todo momento de que el propósito era movilizar a la base así fuera a punta de temor, es aquello sobre el riesgo existencial. Esa tendencia a caracterizar cada una de las fechas como una “última oportunidad” para alcanzar la meta. No hay últimas oportunidades en política. Cada vez que se planteó la oportunidad de esa manera, el fracaso subsiguiente se tradujo no solo en la natural decepción de la base sino, además, en una profunda depresión excesiva e innecesaria, que hacía más difícil el surgimiento de la próxima oportunidad (por lógica, si no existe una última oportunidad, siempre hay una próxima).

Está de más decir que todas las oportunidades pretéritas, excepto quizá por la que incumbe a este artículo, terminaron así. Sin embargo, a veces la toma de conciencia masiva sobre el fracaso no se dio de inmediato, puesto que la fecha en cuestión produjo secuelas que permitieron mantener viva por un tiempo la esperanza de que la oposición prevalecería al final del proceso. En esas ocasiones, la fecha fue resignificada. Dejó de ser un día de implicaciones existenciales en solitario, para volverse el catalizador de un proceso más amplio que debía concluir en una victoria opositora.

La fecha se vuelve así una especie de tótem cronológico en torno al que la oposición danza. Un momento, paradójicamente, atemporal, en el que se refunda la nación en tanto ella hace de nuestro cosmos, tal como señaló el antropólogo de la religión Mircea Eliade. Atemporal porque se prolonga, en paralelo al devenir de la existencia que ordinariamente entendemos por “tiempo”, ad infinitum (o, para no abusar de la analogía religiosa, mientras las masas opositoras crean que la oportunidad sigue vigente). En otras palabras, aunque pasen días, semanas y meses, “sigue siendo” esa fecha hasta que el objetivo se cumpla. La fecha acapara la discusión política en las filas opositoras. Se la invoca una y otra vez. Por economía del lenguaje para lo que es mencionado constantemente, se le asigna unas siglas.

Todo lo anterior es exactamente lo que ocurrió con el 28 de julio de 2024. El 28J. Por más de año y medio ha sido el momento de culto para la oposición venezolana. Su “objeto” sagrado. Es lo que esgrime para justificar todas sus decisiones. Para la oposición, todos los días son 28J y deben serlo hasta que se cumpla el objetivo del cambio político. Por ponerlo en el léxico propio de esta iteración de la causa opositora, “hasta el final”. Desechar el 28J, olvidarse de él, es visto como anatema. “Pasar la página” es tratado como el peor de los pecados. Miren nada más el triste sino de los miembros de la coalición opositora que, aunque lo nieguen, hicieron eso para efectos prácticos al lanzar candidaturas a las “elecciones” de 2025. Hoy son parias, rechazados por la inmensa mayoría de la base opositora.

Estos señores ven en la sacralización del 28J un delirio colectivo. Se preguntan cuándo las masas entenderán que “hay que sepultarlo”, cuánto tiempo más seguirán “sin superarlo”. Ciertamente, esa sacralización se ha prolongado por un tiempo extraordinario. Normalmente, las masas dan la oportunidad por perdida en cuestión de pocos días. Pero con el 28J ha pasado, repito, más de año y medio. Si hemos de ser justos con las masas, esto es comprensible. Después de todo, el 28J está inscrito en una cadena de acontecimientos insólitos, que han llevado al país a una situación actual que resultaba impensable hasta finales del año pasado. Puedo entender entonces que la esperanza de las masas se mantenga.

Y sin embargo… Esos mismos giros impensables están arrojando al país a una situación en la que el 28J finalmente estaría perdiendo su sacralidad. Al menos en parte. Me explico. Al sacralizar el 28J, la oposición planteó como objetivos irrenunciables las consecuencias jurídicas de lo que ella misma sostiene que acaeció aquella jornada. El principal de esos objetivos era la formación de un nuevo gobierno. Toda discusión con otros actores políticos, nacionales e internacionales, que no partiera del reconocimiento de ese reclamo era descartada.

Pero ahora, la mismísima dirigencia opositora está indicando su disposición a pasar a una nueva etapa en la que el reclamo sobre el 28J prácticamente se extingue y se deja de exigir la materialización de las referidas consecuencias. Hay una aceptación de que el mejor escenario al que la oposición puede aspirar más bien es que eventualmente haya otras elecciones que le brinden la oportunidad de llegar al poder. Los detractores de la dirigencia opositora, los parias a los que aludí previamente, podrán quejarse mucho de que la dirigencia está siendo dizque hipócrita al hacer eso mismo por lo que los repudió: “pasar la página”. No obstante, ello implica ignorar los cambios dramáticos que han ocurrido en el país a partir de los primeros días del año en curso. Cambios que permiten a dicha dirigencia, y a la base a la que esta responde, cuanto menos contemplar la posibilidad de unos comicios justos. Así que cuesta creer que los gritos sobre supuesta hipocresía vayan a convencer a mucha gente.

Veamos ahora por qué digo que el fin de la sacralidad del 28J solo es parcial. Lo digo porque, si nos atenemos a las cifras de encuestas recientes (no, no me refiero a las artimañas propagandísticas de Meganálisis, pero sí a los sondeos de The Economist y AtlasIntel), hay un liderazgo político ligado al 28J que sigue siendo el preferido por la mayoría de los venezolanos. Está ligado al 28J pero tiene sus raíces en la primaria opositora de octubre de 2023. Este es el liderazgo que, por los momentos, a todas luces dicha mayoría quisiera ver en un próximo gobierno. No necesariamente lo seguirá siendo cuando haya elecciones justas, si es que las hay. Pero, asumiendo hipotéticamente que las haya en algún momento dentro de los próximos, digamos, dos años, creo que será cuesta arriba que surja una dirigencia alternativa que monte un desafío electoral formidable durante ese lapso.

Carl Schmitt planteó que la política está colmada de conceptos teológicos secularizados, de manera que el pensamiento político al final se parece mucho al religioso. Se entenderá entonces esta faceta de la “calendariomanía” opositora que describí en términos de sacralidad. No obstante, pienso que llega un momento en que se vuelve indispensable concebir la política de maneras menos ligadas a la fe y más ligadas a la razón. Eso es la legitimidad legal-racional, en palabras de Max Weber. El fundamento de conformidad masiva en los Estados republicanos y democráticos. En Venezuela le perdimos la costumbre a eso por razones que no tengo que precisar. Nunca debimos salir de ahí y por lo tanto tenemos que volver (sin repetir los errores y deformaciones que nos llevaron al extravío, claro está). Entonces, ya no habrá que ver cada fecha políticamente importante como un juego existencial de refundación de la república. No habrá que sacralizar fechas. Espero que el 28J, si el proceso del que es parte cumple su cometido, sea la última.

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