El Chopin que no conocemos

Siendo uno de los pianistas más famosos de Europa, dio relativamente pocos conciertos públicos. Prefería los salones y los espacios íntimos

Este 17 de octubre se cumplen 177 años de la muerte de Chopin. Murió en París en 1849, con apenas 39 años, pero dejó una imagen tan poderosa que a veces termina ocultando al hombre real. Muchos creemos conocerlo: algo de su música, algunos retratos, unos escasos daguerrotipos y, por supuesto, el personaje que la imaginación popular terminó construyendo alrededor de él. Ese muchacho flaco, pálido frente al piano, delicado, enfermo, romántico hasta los tuétanos, escribiendo nocturnos mientras el mundo parecía desmoronarse lentamente a su alrededor. El cine, las biografías y cierta iconografía terminaron construyendo un Chopin casi demasiado perfecto para ser verdad. Pero detrás de esa imagen había un hombre bastante más curioso, divertido y contradictorio.

Para empezar, Chopin tenía un extraordinario talento para la imitación. En reuniones familiares y sociales podía reproducir gestos, maneras de hablar y hasta la forma de tocar de otros pianistas. Liszt quedó sorprendido con aquella habilidad y algunos contemporáneos pensaban que su talento como actor estaba muy por encima del simple juego de salón. De hecho, Balzac llegó a aludir a esa capacidad de mimetizar a otras personas. 

Tampoco era físicamente exactamente como solemos imaginarlo. Un pasaporte de 1837 lo describía con ojos gris azulados, cabello, barba y cejas rubias, tez clara, rostro ovalado y una estatura cercana a 1,70 metros. Sus conocidos hablaban además de una elegancia extraordinaria; uno de ellos llegó a decir que nunca había conocido a una persona tan elegante. 

A los catorce años escribía a su familia desde Szafarnia unas cartas en forma de periódico humorístico, el Kurier Szafarski. Se inventaba noticias, personajes y hasta firmaba con seudónimos.

Y era observador de otras artes. Había estudiado dibujo de joven y, cuando viajaba, visitaba galerías. Por ejemplo, después de recorrer una en Dresde, escribió algo precioso, sinestésico: que había cuadros ante los cuales le parecía “escuchar música”. 

También sorprende saber que, siendo uno de los pianistas más famosos de Europa, dio relativamente pocos conciertos públicos. Prefería los salones y los espacios íntimos. Su verdadera rutina profesional estuvo mucho más ligada a la enseñanza de lo que solemos imaginar. En París podía recibir un promedio de cinco alumnos por día durante varios meses al año. Las clases teóricamente duraban entre 45 minutos y una hora, pero con algunos estudiantes podían extenderse muchísimo más. Enseñar fue, además, una de sus principales fuentes de ingresos.  Es decir: el hombre cuya música hoy estudian millones de pianistas pasó buena parte de su propia vida dando clases.

Y no siempre tuvo una vida sentimental digna de postal romántica. En 1836 se comprometió en secreto con Maria Wodzińska. El matrimonio nunca llegó a celebrarse, entre otras cosas por las preocupaciones de la familia de ella respecto a la salud de Chopin. Cuando la relación se terminó, guardó las cartas recibidas en un paquete y escribió encima Moja bieda: algo así como “mi pena” o “mi desgracia”. Muy Chopin.

Otra curiosidad está literalmente partida por la mitad. Eugène Delacroix pintó en 1838 un retrato conjunto de Chopin y Aurore Dupin (George Sand): él al piano, ella a su lado. El cuadro quedó inconcluso y posteriormente fue cortado en dos. Hoy conocemos por separado los retratos de ambos, pero originalmente formaban parte de una misma escena. 

Y después está el pobre copista —el encargado de pasar en limpio los apresurados manuscritos del compositor antes de llevarlos a imprenta—: Chopin trabajaba mucho sobre bocetos, correcciones, tachaduras y versiones que seguían cambiando incluso cuando ya preparaba materiales para publicación. Su amigo Julian Fontana fue uno de sus principales copistas y preparó numerosos manuscritos para editores. El asunto era tan complejo que, además, la letra musical de Fontana se parecía muchísimo a la de Chopin: algunos manuscritos llegaron a atribuirse durante años al compositor cuando en realidad habían sido copiados por su amigo. La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos conserva incluso ejemplos que permiten comparar ambas caligrafías.

Uno imagina el trabajón. Chopin podía pasar de un boceto difícil de descifrar a una copia más limpia y, aun entonces, seguir cambiando notas, articulaciones o detalles de la obra. Para los editores modernos, reconstruir qué quería realmente en algunos pasajes sigue siendo un pequeño dolor de cabeza. 

Era también ferozmente crítico con su propia música. Poco antes de morir ordenó que sus obras inéditas e inconclusas fueran destruidas. Por suerte para nosotros, esa voluntad no se cumplió completamente. El mismo Julian Fontana terminó preparando para publicación buena parte de aquel material póstumo. 

La salud fue una sombra permanente. Más de treinta médicos llegaron a atenderlo a lo largo de su vida y, aunque la tuberculosis sigue siendo la explicación histórica dominante, incluso hoy existen discusiones médicas sobre algunos aspectos de su enfermedad. Para su funeral había pedido el Réquiem de Mozart. Se interpretó el 30 de octubre en la iglesia de La Madeleine y, durante el entierro, sonó también una versión orquestal de su propia Marcha fúnebre.

El cine también ha intentado varias veces contar su vida. Entre las películas más conocidas están A Song to Remember (1945), enormemente popular pero bastante novelada; Impromptu (1991), con Hugh Grant como Chopin y Judy Davis como George Sand; y la producción polaca Chopin: Desire for Love (2002), dirigida por Jerzy Antczak. 

Y ahora llega otra: la producción polaca Chopin, Chopin!, dirigida por Michał Kwieciński y protagonizada por Eryk Kulm, estrenada en Polonia en 2025 y que continúa llegando a nuevos mercados. La película intenta mostrarlo menos como estatua romántica y más como una especie de celebridad de su tiempo: brillante, divertido, contradictorio y consciente de que su salud se deterioraba. El Instituto Chopin participó como asesor musical y la cinta obtuvo cuatro premios Orły en Polonia (https://www.youtube.com/watch?v=noi55KOvrew) 

Chopin fue muchísimo más que un pianista enfermo enamorado de George Sand. Está el adolescente que escribía periódicos de broma, el imitador que hacía reír a sus amigos, el profesor que pasaba horas con sus alumnos, el hombre elegante de ojos gris azulados, el compositor que podía “escuchar” un cuadro, el prometido que guardó unas cartas bajo el título de Mi pena y el perfeccionista que quería quemar lo que consideraba indigno. Y está, por supuesto, su música, que terminó llegando mucho más lejos de las salas de concierto: películas, publicidad, dibujos animados y hasta memes utilizan melodías de Chopin, muchas veces ante personas que las reconocen sin saber siquiera quién las escribió.

Tal vez conocemos bastante bien a ese “Chopán” que nos construyeron. Lo que no conocemos tan bien es a Federico.

juanpablocorreafeo@gmail.com 

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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El Chopin que no conocemos

Juan Pablo Correa
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