Este sábado 1 de agosto, según ha sido anunciado, comienza el proceso de diálogo, negociación, intercambio o como lo queramos llamar, entre una delegación de la oposición, encabezada por Dinorah Figuera, presidenta de la Asamblea Nacional electa en 2015, y una delegación de la Asamblea actual, representando al chavismo, que estará dirigida por el presidente en funciones del parlamento “elegido” en 2025. La agenda es ambiciosa, por decir lo menos: reinstitucionalización del Estado como objetivo global, renovación del CNE y del Tribunal Supremo de Justicia, programación -con cronograma y todo- de elecciones libres y competitivas; en fin, que si compramos el guion resulta que la cura de los males que sufre la nación comenzará con unas reuniones entre una gente de la oposición y otra del gobierno para llegar a acuerdos que desembocarán en una república democrática y libre. Todo supervisado, demás está decirlo, por la tutoría mayor, la misma que inventó el concilio y sugirió las reuniones y probablemente parte de la agenda.
Hasta aquí todo suena bien. Se acaba de crear una organización encargada de conducir un proceso que tiene un fin noble y deseado por la gran mayoría de la población; un camino que nos conducirá a un país mejor y bien gobernado. Sin embargo, no queda de otra que plantear algunas preguntas, por aquello de que la democracia no está solo en los fines sino también en los medios; o dicho de otra manera, la democracia es la forma como se consiguen las cosas tanto como las cosas en sí. Y la primera interrogante que surge es sobre el origen mismo de las representaciones que integrarán el cónclave.
Resulta que van a existir, según la poca información que hay, 2 delegaciones de diez personas cada una que se sentarán en una mesa -no sabemos si redonda, cuadrada o rectangular- a intercambiar posiciones y puntos de vista sobre unos temas que son de gran importancia para todos los que hacemos vida o somos ciudadanos de ese país llamado Venezuela. Y luego se van a tomar decisiones sobre esos temas y las decisiones se van a implementar en un cierto momento. Pero resulta que los integrantes del concilio que van a negociar en mi nombre (en el de todos nosotros, por cierto) pertenecen a una Asamblea que ya venció su período o son miembros de otra que tiene un origen falto de legitimidad, por decir lo menos. O sea, que la representatividad de los representantes -valga la redundancia- del soberano está en duda, y lo único que se puede intuir -nada representativo, por cierto- son las órdenes del departamento de Estado de los EEUU.
Tampoco se sabe, ni se ha informado ni se ha hecho público, cómo se seleccionaron los representantes de cada bando, excepto que pertenecen a una de las dos Asambleas. Apenas hay unas listas publicadas en las redes, de las que no se puede tener más información que unos nombres, poco conocidos -aunque se sospecha que pertenecen a los partidos Voluntad Popular y Primero Justicia- que corresponden a los integrantes del team oposición, los que junto al team chavismo van a decidir sobre las elecciones en las que vamos a votar todos y sobre el TSJ que va a ser la última instancia de la ley en el país. Esto, suponiendo que se limiten a elecciones y administración de justicia, porque no está claro el alcance de lo que discutirá, negociará o acordará el grupo de los 22 (dos teams de 10 más los jefes) ni cómo se tomarán las decisiones ni si los acuerdos se llevarán a una consulta popular o si las aprobará la asamblea ilegítima o qué onda, como dicen en México.
Al final, recordando aquello de la democracia y las formas, resulta que un organismo que va a decidir sobre asuntos de la más alta relevancia para el país y para sus ciudadanos, es seleccionado a dedo, sin un proceso de consulta ni de credenciales y la gente ignora quiénes son los miembros, de dónde vienen y cuál es su perfil político y académico. Por otro lado, las reglas de juego del concilio, sus alcances, sus atribuciones, los cronogramas y los temas a decidir tampoco son del dominio público, y se pone uno a pensar si el “como vaya viniendo, vamos viendo”, tan criollo y tan sobado en este terruño, se ha ido imponiendo al supuesto orden y planificación de los tutores gringos.
Ya va siendo hora de que se hagan las cosas -sobre todo las más importantes- fuera de los cogollos, con un cierto piso democrático, de apertura informativa y de visión a futuro. En algún momento, en el mediano o largo plazo, esperamos que la mayoría de las cosas se hagan así, en democracia y a cielo abierto. Nada nos cuesta ir aprendiendo, antes de que sea muy tarde.




