“Las inversiones estadounidenses que están entrando a Venezuela van a querer una democracia y un sistema en el que puedan confiar su dinero. Queremos ver un progreso gradual con los fundamentos básicos y esenciales de una democracia para que tenga una sostenibilidad más duradera”. Esto dijo en una entrevista de hace unos pocos días la señora Natalia Molano, portavoz del Departamento de Estado de Estados Unidos. El tutelaje está muy claro para la representante del Imperio. O sea, usted no va a tener unas elecciones para ya, ni va a manejarse por su cuenta, porque el proceso es gradual. Usted necesita nuestras inversiones, pero los inversionistas que van a arriesgar su plata también tienen necesidades. Ellos requieren estabilidad, confianza en que las leyes se cumplan, tribunales internacionales para dirimir diferencias, seguridad para sus activos y su personal y, en suma, todo lo que se supone debe existir en un entorno institucionalizado e institucional, para utilizar las palabras del día, que atrae a la gente con empresas e inversiones y los convence de poner los cobres en negocios lícitos que generen una retribución adecuada y competitiva.
Ahora el argumento cambia de acera. De este lado, insistimos en que lo más estable que se puede concebir para este país es un gobierno surgido de las urnas electorales después de un proceso limpio y competitivo. Un gobierno democrático, con respaldo popular, como el que se eligió el 28 de julio de hace dos años. No un heredero directo de la corrupta dictadura chavista, la que acapara los poderes, tortura gente, viola las leyes, restringe las libertades y selló con una trampa descarada ese mismo 28 de julio. Por esa razón queremos votar ya, mañana, pasado o el mes que viene a más tardar.
El tutor no está necesariamente de acuerdo con nuestra definición de estabilidad. Tampoco tiene apuro por llegar a la democracia, ni está preocupado por las malas mañas del interinato, siempre que éste siga obedeciendo y no afecte los intereses imperiales, que son esencialmente económicos y de imagen del señor Trump. De hecho, la encargada de Miraflores recibió una invitación y se reunió en New York con el Gran Jefe por unos 20 minutos; luego dio un discurso medido y tímido en la Asamblea General de la ONU y aprovechó para juntarse con varios de sus colegas de la región. En paralelo, Nicolás Maduro y Cilia Flores estaban presos en una cárcel de Brooklyn y María Corina Machado fue saboteada -bíblicamente- tres veces en su intento de llegar a tierras venezolanas.
Y es que, a juicio de Donald Trump, y aparentemente también del secretario Marco Rubio, los venezolanos no estamos preparados para elegir gobierno. Lo que quiere decir, en otras palabras, que no estamos preparados para gobernarnos ni para mantener la paz y el sosiego, y por eso necesitamos permanecer un tiempo indefinido bajo una estructura de poder que combine, por una parte, la amenaza de los Marines, y por la otra las armas, los militares y los cuerpos de seguridad -formales e informales- que siguen bajo las órdenes del chavismo. Desde la perspectiva del gobierno de EEUU, Venezuela es un protectorado que aún no está listo para ponerse los pantalones largos y recibir la llave de la casa. Y el que decide cuándo llega el momento de la mayoría de edad no es el interinato ni la oposición ni la señora Machado. El que decide no vive en el país, y sus criterios de evaluación se están acercando muy peligrosamente a los deseos del chavismo. Pero en eso consiste vivir tutelado; en permitir -por la fuerza, si vamos a lo más básico- que alguien nos diga qué hacer y cuándo, y termine poniendo las reglas del juego y nombrando concilios a su mejor juicio y conveniencia.
¿Da rabia? Por supuesto. Pasamos de la euforia del 3 de enero y del trumpismo más rancio a un sentimiento de frustración, apenas suavizado por la liberación de presos políticos y la ampliación de algunas libertades. Pero los problemas esenciales del país siguen ahí, inmóviles, como estatuas. La pobreza extrema sigue ahí, los servicios públicos son de cuarto mundo, muchos disidentes siguen en la cárcel, las oportunidades de salir de abajo siguen como embudo al revés y la gente se sigue marchando a buscarse la vida en otra parte. Hasta que llega la pregunta ¿Y cómo le hacemos? Pues ya va siendo hora de que la oposición al interinato, en bloque, comience a llevarle la contraria y a desobedecer al tutor; por la simple razón de que muchas de las decisiones que se están tomando no parecen apuntar hacia una democracia futura, sino hacia un protectorado -chavista, para más señas- de larga vida. Lo dijo el politólogo norteamericano Steven Levitsky, en una entrevista reciente: “la oposición venezolana tiene mucho más espacio de maniobra de lo que cree”.




