Entre creer y crear

Muchos músicos viven durante mucho tiempo en el territorio de la creencia. Creen que algún día escribirán una canción

Hace unos días reflexionaba con una estudiante que tengo en Georgia, USA sobre el proceso creativo. Esta chica, además de estudiar piano, y con tan solo 16 años, tiene esencia de arreglista coral. Ha experimentado, bajo mi guiatura, en el campo del arreglo coral y la composición polifónica —nivel básico—, a tal punto de que una de sus obras se estrenará en unos meses, en un prestigioso auditorio, a cargo del coro al que pertenece. Debo confesar mi profundo orgullo en haberla iniciado en el campo de la música desde el “do re mi”, apenas hace cuatro años; sin embargo, es justo reconocer que el mérito es sola y puramente de ella. 

En una de nuestras clases, que son experiencias fantásticas desde el punto de vista ingenioso, hicimos un juego de palabras inspirado en un cartel publicitario que vi en el subte de Buenos Aires, donde la palabra creer tenía tachado en rojo la segunda letra E, sustituida por una A. Es decir que, en lugar de creer hay que crear. Al menos ese era el mensaje de la publicidad. 

Pero reflexionamos en eso de creer en uno mismo, en sus habilidades, en su visión, para luego trabajar. Es tanta la información que me proporcionó desde su óptica que realmente me fue nutritiva, a tal punto que extrapolamos el concepto desde la música y el arte, a la vida cotidiana.

Partimos de la base de que, en el español, esas dos palabras se parecen muchísimo: creer y crear. Están diferenciadas apenas por una letra, pero entre ellas se abre un camino enorme que las separa... ¿o tal vez las une? En la música, ese pequeño cambio de letra representa también un cambio de actitud: pasar de imaginar la música a hacerla existir. 

Muchos músicos viven durante mucho tiempo en el territorio de la creencia. Creen que algún día escribirán una canción. Creen que algún día compondrán una obra para su instrumento. Creen que en su cabeza hay melodías interesantes que podrían convertirse en algo hermoso. Esa creencia es necesaria, porque la música siempre comienza como una intuición, como una idea que todavía no tiene forma. Instrumentistas creen que pueden lograr tocar algo, pero jamás inician la primera nota. O, en todo caso, simplemente no creen en sí mismos. Pero la música no vive en las ideas. Vive cuando alguien decide crear.

Crear significa sentarse frente al instrumento, abrir el cuaderno de pentagramas, probar una melodía, cambiar un acorde, repetir un compás veinte veces hasta que algo empieza a sonar con sentido. Crear es transformar una sensación vaga en algo que pueda ser escuchado por otros.

Pero el crear tiene su camino obligado: en el oficio de componer, creer y crear no son caminos paralelos, sino una misma ruta que se recorre con disciplina. Diane Warren, compositora de más de cien canciones muy conocidas —temas de Aerosmith, Bon Jovi, Celine Dion y muchos otros—, lo demuestra con una claridad casi pedagógica: poner fecha de entrega, terminar aunque no sea perfecto, grabar un demo sencillo y escribir todos los días son actos de fe convertidos en acción. Creer en la idea, aun cuando no esté completamente formada, es lo que permite crearla; y crearla, aunque sea de manera imperfecta, fortalece esa creencia. Así, cada canción concluida no es solo un producto, sino un ejercicio de confianza en uno mismo, donde la inspiración deja de ser un misterio y se convierte en consecuencia del trabajo constante.

Todo compositor ha pasado por ese momento. Primero aparece una pequeña creencia: “esta melodía podría ser algo”. Luego llega el acto de creación: escribirla, desarrollarla, orquestarla, tocarla, compartirla. En ese instante la música deja de ser una posibilidad y se convierte en una realidad sonora.

Incluso los intérpretes viven ese mismo proceso. Creen en la música que está escrita en una partitura, pero cuando se sientan al piano, levantan el arco del violín o afinan una guitarra, están por crear nuevamente esa obra en el aire. Cada interpretación vuelve a traer la música al mundo. 

Tal vez por eso resulta tan bonito este pequeño juego del idioma. Creer es imaginar la música. Crear es permitir que esa música respire. Entre ambas palabras hay solo una letra, pero una importante distancia en lo que implican.

Y ya pasando al plano de la vida cotidiana, la idea de que para crear hay que creer se manifiesta de formas muy simples pero profundas. Creer en que puedes ser capaz de hacer algo es el inicio fundamental para crear. Creer en una relación te impulsa a cuidarla y construirla con hechos concretos. Creer que una idea vale la pena es lo que te anima a desarrollarla, aunque al principio parezca pequeña. Creer en ti mismo te da el impulso para tomar decisiones valientes, como cambiar de rumbo o comenzar un proyecto. Y creer que un día puede ser mejor te lleva a actuar de manera distinta, generando nuevas oportunidades. Creer en la potencialidad de un país, de su gente, de su empuje y su visión, para crear uno nuevo. En todos estos casos, la creación no aparece de la nada: nace primero en la convicción interior que luego se transforma en acción. Santo Tomás dijo “ver para creer”; yo añadiría, con cierta licencia, “Ver y creer, para entonces crear”.

En la vida de un músico, del ser humano en general, cambiar esa letra significa pasar de la idea al hecho, del pensamiento a la emoción compartida. Porque al final, la música no se queda en lo que creemos que podría ser: vive en aquello que nos atrevemos a crear.

Beethoven, ya sumido en la sordera, tuvo que creer en su música y en sí mismo antes de poder escribirla, directamente de su imaginación sonora. Desde esa certeza interior, creó algunas de las obras más profundas de la historia. Su última sonata, la Op. 111, es un ejemplo luminoso de ello. Los invito a escucharla en la interpretación de Eugeny Kissin y preguntarse cuántas de nuestras propias creaciones están esperando, simplemente, que creamos en ellas. https://www.youtube.com/watch?v=8AQ9hZTpgwM 
juanpablocorreafeo@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Entre creer y crear

Juan Pablo Correa
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