Henry Martínez: el amigo que nunca abracé

Un día recibí un mensaje de mi hermana Anamaría, quien por entonces conducía un programa de radio llamado Epa Comadre, pidiéndome contactar a Henry para entrevistarlo

La muerte de Henry Martínez el pasado 2 de octubre de 2025 ha dejado un vacío profundo en la música venezolana y latinoamericana. Compositor brillante, dueño de una sensibilidad que supo traducir la esencia de nuestro país en melodías y versos que se quedarán para siempre en el corazón colectivo. Para mí, además, fue un amigo entrañable con quien compartí afecto, música y confidencias, aunque, paradójicamente, nunca llegamos a vernos en persona.

Mi primer contacto con Henry se dio gracias a María Gabriela Mayz, una muy querida amiga y exalumna de la Universidad de Carabobo, quien en un gesto de cariño le regaló uno de mis discos del Grupo Latinoamericano de la UC que contenía una de sus más célebres canciones: El golpe tocuyano “Los Grifiñafitos”. Ese detalle abrió un camino insospechado: Henry me llamó con una amabilidad genuina y una humilde gratitud por incluirlo en mi disco, y desde ese momento comenzamos una relación cercana, primero por email y luego a través de WhatsApp. Entre mensajes, audios y largas conversaciones telefónicas, descubrí a un hombre sencillo, de risa franca, profundamente humano, constantemente curioso y siempre generoso con sus palabras. No exagero al decir que desde aquel primer saludo nació una amistad sincera, cálida y consecuente.

Ya viviendo yo en Argentina, la vida nos volvió a cruzar de manera inesperada. Un día recibí un mensaje de mi hermana Anamaría, quien por entonces conducía un programa de radio llamado Epa Comadre, pidiéndome contactar a Henry para entrevistarlo. Luego del programa, hicieron una conexión inmediata. De esa entrevista nació una amistad entrañable: Henry llegó incluso a pasar una semana en Valencia, hospedado en casa de Anamaría. Allí compartieron largas charlas, música y confidencias. De pronto, Henry no era solo mi amigo virtual, sino también un amigo muy cercano de mi familia, como si la vida hubiera decidido tejer esos lazos para multiplicar la cercanía.

Ya yo había tenido la oportunidad de escribir varios arreglos de su música: versiones para cuarteto y piano de algunas de sus canciones, y dos arreglos para el Grupo Latinoamericano de la UC. Luego, él personalmente me pidió otros para diferentes ensambles; no sé con certeza dónde fueron a parar las otras partituras ni qué destino tuvieron, pero eso importa poco. Lo esencial es que, en algún punto, mi lápiz se cruzó con la suya, y que ambos compartimos ese intercambio creativo que solo los músicos sabemos valorar en toda su magnitud.

El fallecimiento de Henry Martínez ha sido, sin duda, un estremecimiento emocional en el mundo cultural venezolano, tanto interno como en el exilio. A los pocos minutos de conocerse su fallecimiento, empezaron a llover los homenajes en las redes sociales. De Henry podemos decir que sus canciones forman parte del patrimonio afectivo de varias generaciones. Obras como “A tu regreso” u “Oriente es otro color”, o aquellas en colaboración como “Criollísima” o “La Negra Atilia”, se han convertido en verdaderos símbolos de nuestra identidad. Su música ha sido compañera inseparable del venezolano en cada travesía, en cada nostalgia compartida a lo largo y ancho del mundo. Henry fue un verdadero cronista musical de nuestra sensibilidad colectiva: en sus melodías laten la tierra que nos vio nacer, el amor que nos sostiene, el dolor que nos marca y la esperanza que siempre nos levanta.

Más allá de lo musical, Henry representaba un modo de ser venezolano: cálido, noble, profundamente comprometido con la cultura. Su desaparición física duele porque era, a la vez, un artista de talla universal y un hombre cercano, sencillo, dispuesto siempre a tender la mano. En la diáspora, donde tantos de nosotros cargamos con la nostalgia de lo perdido y lo que quedó atrás, Henry era una especie de puente que nos recordaba que la música es el territorio que nunca desaparece.

Pienso en lo que significa perder a alguien a quien nunca abracé en persona, y me parece que allí hay un símbolo muy profundo de nuestro tiempo. Las distancias físicas, las migraciones, la diáspora venezolana, nos han obligado a crear amistades que se sostienen en llamadas, mensajes y encuentros virtuales. Pero esa forma no es menos real: en la calidez de cada audio, en la sinceridad de sus palabras, en su manera de preguntar por mi vida y de compartir la suya, Henry fue un amigo verdadero. La amistad no se mide por los abrazos dados, sino por la calidad del afecto compartido, y en ese terreno Henry brillaba tanto como en su música.

Hoy su partida nos deja huérfanos de nuevas canciones, pero no de su legado. Queda su obra, que es vasta y hermosa. Queda el ejemplo de un hombre que supo, con sencillez, convertirse en un referente de la cultura latinoamericana. Y queda también la memoria afectiva de quienes pudimos tener el honor de llamarlo amigo.

Personalmente, me queda la gratitud de haber cruzado caminos con él, aunque fuera de manera peculiar, a través de una pantalla de teléfono y de notas escritas en un pentagrama. Me queda también la certeza de que Henry fue un hermano musical, alguien que, con su arte y con su humanidad, nos hizo más conscientes de lo que significa ser venezolanos en el mundo.

Henry Martínez se nos ha ido, pero sus canciones seguirán acompañándonos como el eco de un país que canta y resiste. Y yo, en lo personal, me quedo con la certeza de haber tenido un amigo entrañable que nunca abracé, pero que siempre sentí cerca.

Interpretado por el Estudio Coral de Buenos Aires a cargo de Carlos López Puccio en la Catedral de Buenos Aires, mi arreglo del golpe tocuyano “Los Grifiñafitos” de Henry Martínez: https://youtu.be/jR7lHfg1Bwc?si=s2_-UbNlQfRzGvK8 

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Henry Martínez: el amigo que nunca abracé

Juan Pablo Correa
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