La noche que José Mojica cantó en Valencia

Es una pena que no exista registro sonoro de aquella noche mágica en Valencia. Pero la historia perdura, contada de padres a hijos, como un testimonio de las vueltas que da la vida

Mi padre, Juan Correa, creció entre las paredes del Seminario “Nuestra Señora del Socorro” en La Pastora, Valencia. Ingresó en 1942, de la mano del joven sacerdote Julio Segundo Álvarez, a quien siempre consideró su guía paternal. De esos años, nos legó un sinfín de anécdotas que en casa escuchábamos una y otra vez con fascinación, especialmente las que envolvían a un peculiar personaje: el cocinero español, refunfuñón y bromista, de cuyo nombre no logro acordarme.

Una de sus historias más oscuras (y que durante años me hizo mirarlo con recelo) fue la misteriosa desaparición de los gatos del seminario y la súbita aparición en el menú de un suculento “conejo al salmorejo”, un guiso típico de las Islas Canarias. Todos comieron felices, ignorando el verdadero origen del manjar.

La conexión de este enigmático cocinero con nuestra historia central llegó a mí a través del cine. En los años sesenta, vi una película sobre la vida de José Mojica. Su historia era de una profunda tragedia: desde la muerte de una amiga en su infancia, que lo alejó de Dios, hasta una carrera artística meteórica que lo llevó a ser un tenor aclamado y una estrella de Hollywood, donde filmó más películas que en su México natal.

Antes de ser famoso, en Estados Unidos, María Grever, la maravillosa compositora mexicana, le mostró en 1927 a su joven compatriota, uno de sus temas. Él quedó tan fascinado que lo grabó, y desde ese momento, ese bolero lanzó a María Grever a la fama como compositora, y él se convirtió en su primer intérprete. La canción fue “Júrame”, que todavía hoy es uno de los boleros más cantados.

Sin embargo, en la cúspide de su éxito, la depresión por la muerte de su madre y un encuentro fortuito con las enseñanzas de Santa Teresita de Lisieux lo llevaron a tomar una decisión radical: abandonarlo todo por Dios. Así que, mientras filmaba una de sus películas, le comunicó a don Pedro Vargas que iba a hacerse fraile franciscano. Pedro Vargas se lo comunicó al músico Agustín Lara, y este le compuso uno de los boleros más emblemáticos, “Solamente una vez”, dedicado al amor a Dios.

En 1942, (el mismo año en que mi papá entró al seminario carabobeño), José Mojica ingresó en la Orden Franciscana, ordenándose como sacerdote en 1947. Pero no abandonó del todo su vida artística, fueron muchos los conciertos que dio, a beneficio de seminarios y monasterios en Latinoamérica.

La anécdota que mi padre guardó como un tesoro ocurrió en 1948. Él, ya de vuelta en el seminario de Valencia, supo que un grupo de frailes franciscanos que iba hacia Lima, haría una parada especial en nuestra ciudad. El motivo: uno de ellos lo había pedido expresamente. Quería visitar a un viejo y querido amigo.

Cuando llegaron, la sorpresa fue mayúscula. Aquel fraile era el propio José Mojica, ahora Fray José de Guadalupe Mojica, quien se radicaría definitivamente en Lima. Y el amigo que tanto anhelaba ver no era otro que nuestro cocinero español, el de los “conejos” al salmorejo. ¡Resulta que habían sido compañeros en la vida artística! Los seminaristas no daban crédito.

Esa noche, Mojica anunció que darían un pequeño concierto para los seminaristas. Sin embargo, su amigo el cocinero se negó. Al tomar los hábitos, le había hecho una promesa a Dios: ofrecer como sacrificio lo que más amaba, que era cantar, y no volver a hacerlo jamás.

Conmovido por el momento único, el rector del seminario, con el permiso del obispo, Monseñor Gregorio Adam, le concedió una dispensa especial solo por esa velada. Mi padre jamás olvidó lo que vivió después. Escuchó al tenor cuya voz había encandilado al mundo cantar en la humildad de su seminario, junto a su amigo, en un dueto irrepetible. Ambos, miembros de la Scala de Milán. Fue, según sus palabras, el concierto más emotivo y maravilloso de su vida.

A partir de ese día, la figura del cocinero español, el bromista, fue vista por todos con una nueva luz: la del respeto y la admiración por una humildad y una fe que lo llevó a sacrificar su mayor talento.

Es una pena que no exista registro sonoro de aquella noche mágica en Valencia. Pero la historia perdura, contada de padres a hijos, como un testimonio de las vueltas que da la vida, del poder de la fe y de cómo la verdadera grandeza a veces se esconde bajo el hábito de un fraile o la túnica de un humilde cocinero. José Mojica encontró su paz lejos de los focos, y en su camino, iluminó con su voz el corazón de unos jóvenes seminaristas para siempre. El hecho es que esa fue la noche que José Mojica cantó en Valencia.

Anamaría Correa

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

La noche que José Mojica cantó en Valencia

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