Qué razón tenía el filósofo de la canción Alberto Cortez cuando en su tema La Vejez asevera que es la antesala de lo inevitable. ¿Querría decir, lo que antecede a la muerte, que es lo único absolutamente seguro que tenemos?
Recuerdo que en una oportunidad mi querido amigo Wilfredo Moreno, manager de Ilan Chester por muchos años, lo acompañó a la India y allá alguien le preguntó qué hacía un venezolano allí. Él contestó: "Vine a aprender de ustedes a vivir mejor". Y esa persona le dijo: "Eso no lo enseñamos aquí, aquí va a aprender a morir mejor".
Y es que nosotros vemos la muerte como la enemiga que nos arrebata a nuestros seres queridos. Es nuestro egoísmo quien nos impide verla como algo natural. Claro, lo más natural sería que ocurriera al final de la vida, cuando seamos viejitos.
Creo que el secreto está en vivir intensamente y con felicidad, a pesar de los problemas, porque si les damos tanta importancia, la angustia nos puede adelantar esa antesala.
Las González Salas, de quienes ya he hablado en otras oportunidades, eran ocho hermanas. Mi abuela era la menor de ellas y solo se casaron dos: mi abuela y mi tía Carlota, la hermana mayor. El resto se ocupó de cuidar a los hijos de sus hermanas casadas. La segunda de ellas, Augusta, según mis tías, "murió muchacha", a los sesenta años. Todos nos reíamos cuando escuchábamos esa frase. Mi abuela fue la segunda en morir joven, de setenta y cuatro años; el resto, las otras seis, se fueron casi de noventa años. Y hoy en día les doy la razón: Augusta murió muchacha y mi abuela estaba joven.
A mi marido, Sergio Ramos, le encantaba repetir la frase de Clint Eastwood: "El viejo pa' fuera". No podía dejar que "el viejo" se apoderara de él. Y de alguna manera lo consiguió, porque su yo niño estaba ahí, al alcance de todos.
Nos está tocando vivir, gracias a Dios, una época en la que tener una edad avanzada ya no significa estar viejo. A mí misma me ocurrió cuando era directora del Centro de Interpretación Histórica, Cultural y Patrimonial de la Universidad de Carabobo. Se celebraban los cincuenta años de graduación de la primera promoción de abogados y, durante el brindis posterior al acto, mientras conversaba con algunos de los festejados, cometí una imprudencia. Felicité a una de las abogadas por su aniversario y le dije, con la mejor intención, que se veía muy bien. Claro, yo me refería a que la veía joven. Pero ella me fulminó con una mirada que era una mezcla de indignación y desconcierto, como si no terminara de entender qué quería decirle. No me atreví a repetir la felicitación; en ese instante comprendí que, sin querer, la había ofendido. La había llamado vieja.
Ahora que ya pasé los setenta y soy mayor que el Papa, me siento muy bien cuando alguien me dice que no aparento la edad que tengo. Pero, en el fondo, como diría cualquier joven: "me siento chama" y soy feliz.
Mi madre, Magaly Feo de Correa, nos enseñó a sus hijos —y nosotros a los nuestros— que la felicidad no hay que buscarla, siempre está con nosotros. De hecho, a menudo recordaba la película El pájaro azul, de 1940, protagonizada por Shirley Temple, donde contaban la historia de un par de hermanitos que salen a buscar el pájaro azul y, después de mucho viajar por el tiempo y no encontrarlo, al regresar a su casa, ahí estaba: el pájaro azul era la felicidad, y lo habían hallado en su hogar. Como ya lo he comentado en otras oportunidades, mi madre defendía la tesis de Erich Fromm: "Puedes estar triste o alegre y ser feliz al mismo tiempo".
Y mientras lo eres, haces felices a quienes están a tu alrededor, porque no hay amarguras.
Joan Manuel Serrat, otro de mis admirados cantautores, también le cantó a la vejez:
"Si se llevasen el miedo, y nos dejasen lo bailado para enfrentar el presente... Si se llegase entrenado y con ánimo suficiente... Y después de darlo todo —en justa correspondencia— todo estuviese pagado y el carné de jubilado abriese todas las puertas... Quizá llegar a viejo sería más llevadero, más confortable, más duradero".
Y al final dice unas frases contundentes: "Si no estuviese tan oscuro a la vuelta de la esquina o simplemente si todos entendiésemos que todos llevamos un viejo encima". Como decimos los venezolanos: "Con suerte, pa'llá vamos todos".
Lo triste para nosotros es que aquí no se respeta al viejo. En los gobiernos anteriores al viernes negro (1983), el sueldo del educador venezolano era de los más altos del mundo. Un profesor titular a dedicación exclusiva podía ganar entre tres y cuatro mil dólares y, al jubilarse, el sueldo era el mismo o hasta más alto, porque recibían primas por antigüedad. El jubilado era un ser respetado por haber dado su juventud a su país, trabajando honestamente y con muchos méritos. Después de aquel fatídico viernes negro, estos sueldos se redujeron casi a la mitad, pero seguían siendo decentes y el jubilado los seguía recibiendo. No como ahora, que los jubilados, como ya no trabajan, ganan menos que los que sí laboran, sin importar los postgrados que hayan realizado ni en el caso de los profesores universitarios, los trabajos de ascenso que tuvieron que hacer para conseguir escalafones.
Y es que la meritocracia no se premia. Y eso duele, porque quienes dieron su juventud, su esfuerzo y su conocimiento para construir un país, hoy ven cómo su legado se desdibuja entre sueldos precarios y miradas que no reconocen su valor. Pero no podemos permitir que esa injusticia nos robe lo más importante: la certeza de que hemos vivido con entrega, con amor y con la frente en alto. La vejez no es una derrota, es una corona que solo llevan quienes han recorrido el camino. Y como bien cantó Serrat, quizá llegar a viejo sería más llevadero si todos entendiésemos que todos llevamos un viejo encima. Porque al final, el respeto a quien ha vivido no es un acto de caridad, es un acto de justicia. Y mientras ese respeto no llegue desde afuera, al menos debemos cultivarlo desde adentro, con la dignidad de quien sabe que ha dado todo.
La vejez, al final, no es más que el espejo donde se refleja todo lo que hemos sido. Y si logramos mirarnos sin miedo, descubriremos que, como el pájaro azul, la felicidad nunca se fue. Solo esperó a que aprendiéramos a verla.
Anamaría Correa




