Las mamás de Somos Iguales 

El legado de Somos Iguales, tejido con notas y fe, está indisolublemente unido al legado silencioso y poderoso de sus madres

Somos Iguales fue un grupo musical cristiano que nació el 9 de agosto de 1979 en casa de Nelson “Neyo” López. Él, junto con Luis Chirivella, Antonio “Toñín” Escolano y Sergio Ramos, formaban “Música y Oración”, un cuarteto de la Renovación Carismática. Para ampliarse, aquel día invitaron a amigos como Kiko Arnau, Eduardo Sanoja, las Marisela y Mary  Colosso, Adriana y Valeria Salzano, Panny Heszele, Ingrid Cisneros y las hermanas Lucía y Paola Montanari. Así nació “Somos Iguales”.

Todas las canciones eran propias y dedicadas a Dios. Lucía Montanari, al notar que ninguna honraba a nuestra Madre del cielo, compuso “Era tan solo una mujer” -mejor conocida como “La Mujer sencilla”-, la primera para la Virgen Santísima.

Y el grupo fue creciendo: Moira Chalbaud, las hermanas Muñoz, Jacobo Cubillán, Fátima Pontes, Alejandro Mata, Marco Fiore, Humberto Meléndez y los hermanos Juan José y Javier “Salao” García. Y aquel Somos Iguales que se acompañaba solo con guitarras y teclado, pasó a tener bajo, guitarra eléctrica, metales y batería (esta última traída de Estados Unidos por Carlos Mata para que tocara su hermano Alejandro).

Sergio fue a comprar a la tienda de música Yamaha de la Av. Bolívar un equipo de sonido, pero no le alcanzó el dinero para pagar lo que él quería: una mezcladora de doce canales, dos cornetas y doce micrófonos “Shure” con sus respectivos pedestales. Así que el señor Julio Gascón, dueño de la tienda, se lo fio. Sergio puso en garantía su amado “Toyota Land Cruiser”, que el señor Julio no aceptó; le dio el crédito confiando en él. Un crédito que logró pagar después de un concierto a sala llena en la Agronómica Salesiana, concierto al que asistí como telonera en diciembre de 1980.

Con el tiempo entraron más integrantes, como Juan Carlos Malpica, mi hermano Miguel Ángel, las morochas Colina, Brian Basso, Celia Vidal, los Otaiza: Claudio, Mónica y Olivia, (César llegó después). Y posteriormente, hasta yo entré, con Ángeles Ruiz, Fernando García y Sara Giglioli. La expansión incluyó una rama teatral, impulsada por Eduardo Sanoja y Kiko Arnau, donde incluso participó mi hermano Juan Pablo, además de Blanca Martínez, Gabriel Coelho, Ada Rodríguez y tantos otros.

Sin embargo, el pilar invisible de Somos Iguales, sin duda, fueron las madres. Sin ellas, su existencia hubiera sido imposible. Carmen (mamá de Sergio), Hercilia (de Neyo), Isabel (de Luis), Margot (de las Colosso), Mena (de las Salzano), Josefina (de Juan Carlos), Carmen Otaiza (mamá de tres Otaiza y tía de Olivia), Celeste (de Fátima), Margarita (de Moira), Giovanna (de las Montanari)… apoyaban cada ensayo y llenaban el público en cada presentación, viendo en el arte de sus hijos algo impecable.

Algunas dejaron una huella imborrable. Mena Salzano era la madre de todos, llegando a acoger en su casa a una integrante con dificultades familiares que convirtió en su hija. Y todas las noches con música o sin ella, terminábamos compartiendo en la parte de atrás de la casa, como si nos perteneciera. 

Celeste de Ponte, madre de Fátima, gestionó que ensayáramos por años en el Lar Lusitano (hoy Casa Portuguesa). Josefina García de Malpica, la mamá de Juan Carlos, su casa de la Urb. Carabobo, donde nacieron y crecieron sus hijos, después de viuda, la convirtió en un lugar de oficinas que alquilaba y, el salón más grande y el patio, nos lo cedió para los ensayos por muchos años.

Otra mamá que siempre fue considerada mamá de todos fue Ofelia Segnini de Sanoja, madre de Eduardo. Excelente dibujante, por cierto, muy creativa. Siempre nos apoyó, así fueran ideas locas. Como cuando nos brindó su ayuda total la vez que decidimos ir a una fiesta de disfraces en el Lar Lusitano. Tomó las cortinas de su casa y nos las dio para hacer los disfraces, tipo “Los Picapiedra”, dándonos ideas de cómo coser los trajes para que se vieran primitivos, mientras a la vez ayudaba a Sergio a hacer el suyo, porque este se empeñó en disfrazarse de árbol. Pasamos una tarde divertidísima. Terminamos ganando el concurso de disfraces cuando bailamos dando vueltas alrededor de Sergio cantando: “nosotros vivimos bajo e la matica”.

Sabíamos que Ofelia, en su juventud, había trabajado para el científico suizo Henri Pittier. Lo que nos impresionó es que ella era demasiado joven. En efecto, tenía entre catorce y dieciséis años mientras lo hizo, y lo que realizaba estaba relacionado con las investigaciones microscópicas. Es decir, en los años treinta, los microscopios, recién inventados, no tenían posibilidades de fotografiar las imágenes. El oficio de la jovencísima Ofelia era dibujar lo que veía en el microscopio. Hay una fotografía donde se aprecian el Dr. Henri Pittier, sus discípulos venezolanos Francisco Tamayo y Tobías Lasser, además de una serie de personas. Entre ellas, una jovencita con medias tobilleras que inmediatamente reconocimos: Ofelia Segnini de Sanoja, mamá de Eduardo. Entonces, ante aquella imagen, lo entendimos todo.

Porque así eran ellas. Con una mano sostenían el microscopio que revelaba los secretos de la creación, y con la otra, cosían cortinas para nuestros sueños. En un mismo corazón guardaban la precisión del trazo científico y la generosidad infinita del hogar.

Ellas no solo vieron crecer a Somos Iguales; fueron su suelo fértil. El acuerdo tácito de amor que permitió que las guitarras sonaran, que un crédito se concediera por pura confianza y que una sala cualquiera se transformara en un templo. Fueron el público más fiel, las arquitectas de lo cotidiano. Ofelia, Mena, Josefina, Celeste, Carmen Ramos, Hercilia, Isabel, Margot, Carmen Otaiza, Margarita, Giovanna… y todas las que la memoria, en su ternura, guarda en silencio.

El legado de Somos Iguales, tejido con notas y fe, está indisolublemente unido al legado silencioso y poderoso de sus madres. Ellas fueron la primera y la última canción. El amor que todo lo permite, todo lo sostiene y todo lo celebra. Un amor que, como la buena música y como la fe que las unía, sencillamente, no tiene fin.

Anamaría Correa

anamariacorrea@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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