Lejanía

Nada es más doloroso para una persona que el no poder sentir el amor familiar, el calor de un abrazo entre padres e hijos, hermanos o primos, tíos o sobrinos

Lo recuerdo sentado frente a la mesita con la pesada máquina de escribir. Con los dedos índices iba golpeando con fuerza las teclas de la Underwood. Era necesaria esa presión, pues, debajo de la blanca hoja de “papel aéreo”, había dos copias al carbón. El original para su madre, una copia para su hermano, otra para su hermana, todos al otro lado del Atlántico. Era una tarea que cumplía rigurosamente todos los domingos, para saber de ellos y a la vez mantenerlos informados sobre los aconteceres de su familia venezolana y de los sucesos del país al cual había emigrado tres décadas atrás para formarla. Una vez les informaba sobre el choque de un tanquero contra una de las pilastras del recién estrenado Puente sobre el Lago de Maracaibo, otra les manifestaba su oposición a la instalación en la casa de la granja familiar allá lejos, a mitad de camino entre Hamburgo y la frontera danesa, de un nuevo techo de asbesto para la reposición del de paja, que se había quemado.

Así mantenía vivo el amor por la familia donde nació, y que no podía ver con frecuencia: en aquel entonces, Europa estaba convulsionada por las guerras, las luchas políticas, la inflación y el luto por los muertos en batallas y campos de concentración, y viajar en aquellos “Super Constellation” de 4 hélices suponía costosos vuelos de más de 16 horas con muchas escalas.

Como él, muchos inmigrantes vinieron a Venezuela, huyendo del exterminio masivo por causas raciales, de las dictaduras militares sudamericanas, del comunismo incluido el cubano, de las guerrillas colombianas, de los fanatismos religiosos. Todos atraídos por la floreciente economía venezolana del siglo pasado. Aquí prosperaron y fundaron familias, sin olvidar a los que habían dejado en sus respectivos terruños: Como mi padre, generaban abundante correspondencia y las noticias iban y venían. Los lazos familiares se mantenían bien apretados, y las remesas de dinero fluían atravesando fronteras. Es que el amor que se siente por los familiares nunca se pierde a pesar de las distancias, cuando en el hogar donde se nace y crece hay solidaridad y cariño mutuos.

La separación familiar fue siendo más llevadera: a medida que los medios de transporte fueron siendo más eficientes, las familias podían encontrarse de nuevo, abrazarse, conversar y comer juntos. Y reír en conjunto. Así, la separación era más llevadera, al saber que existía esa posibilidad, a pesar de los peligros que los racismos, las restricciones dictatoriales, el miedo a la violencia donde reinan el comunismo y la guerrilla, o el temor a las atrocidades del fanatismo religioso. 

Pero hay ocasiones cuando la barrera que nos separa no es un océano o una frontera que podemos cruzar: esa barrera puede ser el muro de la celda a donde hemos sido arrojados sin explicarnos por qué ni hasta cuándo, y nuestros familiares sufren el no saber si estamos vivos o muertos. Ignominiosa tumba donde nos han sepultado vivos, y donde nos mantienen en las condiciones de salud más miserables para aumentar la tortura arbitraria.

Nada es más doloroso para una persona que el no poder sentir el amor familiar, el calor de un abrazo entre padres e hijos, hermanos o primos, tíos o sobrinos.

Dolor que no se cura fácilmente, sobre todo cuando afrontamos otra dura realidad: Nadie nos reparará el daño causado por el confinamiento forzoso, nadie nos devolverá los días alejados de la familia, ni se disculpará por habernos privado de algo tan familiar como celebrar un cumpleaños o recibir un Año Nuevo.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Peter Albers
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