El otro día, un amigo me preguntó si me gustaba cocinar. Le respondí que, a diferencia de mi papá y de mi hermano -ambos fanáticos de la gastronomía- yo no soy precisamente un entusiasta de la cocina. Salí más a mi mamá, a quien, literalmente, se le podía quemar hasta el cereal con leche. Mientras más simple y directo sea el plato, mejor para mí. Ahora bien, aunque no me gusta cocinar, tampoco soy de los que vive pidiendo delivery o comiendo fuera. Entre los precios cada vez más altos y la calidad dudosa de lo que uno recibe, prefiero resolver en casa con lo básico.
La conversación terminó en una discusión amistosa. En un momento lancé mi argumento estrella: “¿Para qué tanto esfuerzo, si al final todo va a parar al inodoro?”. Mi amigo, rápido y muy brillante, me respondió con otra pregunta que me desarmó: “¿Y la música a dónde va a parar?”. Nos miramos un segundo en silencio y después estallamos en una carcajada compartida. Fue uno de esos momentos en los que el humor se vuelve puente reconciliador.
El chiste me quedó rebotando en la cabeza. Tanto, que decidí escribir este artículo. Confieso que estoy escribiendo sin tener muy claro hacia dónde me llevará esto. Mis dedos teclean con esa mezcla de incertidumbre y curiosidad, como quien camina en una ciudad nueva sin mapa. ¡Bah! Lo más probable es que, cuando lo relea, termine borrando la mitad y reformulando frases. Pero voy a intentar, a modo de psicoterapia express, poner en palabras lo que pienso sobre esta mezcla: comida y música.
Y es que hay cosas que simplemente nacieron para estar juntas: Cine y cotufa, playa y sol, arepa y mantequilla, café y medialuna... y, sin duda, música y comida. Aunque parecen de mundos distintos, basta con observar cualquier reunión familiar, un restaurante animado o una fiesta para notar que ambas se llevan de maravilla.
La música ambienta el momento, le pone sazón al alma. La comida, por su parte, le da ritmo al estómago. Y aunque uno no se lo plantee con mucha profundidad, el vínculo entre estas dos artes es más estrecho de lo que creemos. Comer en silencio es tan raro como bailar sin música. Algo falta.
En muchas culturas, la preparación de los alimentos incluye cantos tradicionales. En nuestra Venezuela, la de adentro y la de afuera, por ejemplo, es común oír parrandas o gaitas en la cocina navideña mientras se hacen las hallacas. No es solo fondo musical: es parte del rito, de la alquimia entre sabor y sonido. La música, como la cocina, tiene ingredientes. Hay notas, timbres, acordes, igual que hay especias, texturas y temperaturas. Una canción o pieza puede ser tan refrescante como una limonada, y otra, tan nostálgica como un guiso de una abuela que ya no está.
Incluso me atrevo a decir que algunos géneros musicales tienen sabores: el jazz puede parecerse a una copa de vino tinto suave, mientras que el rock and roll se parece más a una hamburguesa con doble queso. El vals es una taza de té con porcelana fina, y bueno… a veces escuchamos con cariño un sancocho rucaneao con maracas.
Muchos músicos cocinan, y muchos cocineros escuchan música mientras crean. El compositor argentino Alberto Ginastera, por ejemplo, gustaba de los sabores intensos, cuestión que se nota en su obra musical. Se dice que Stravinski era amante de las cenas largas y bien acompañadas. Y quién sabe qué estaba comiendo Mozart cuando escribía Don Giovanni, donde el protagonista cena elegantemente mientras se avecina su condena. Erik Satie, famoso por sus Gymnopédies, escribió: “Como solo alimentos blancos: huevos, azúcar, huesos rallados, grasa de animales muertos, ternera, sal, coco, arroz, nabos, salchichas en pasta, queso (de cierto tipo), algodón, algunas frutas pescadas por la luna, y helado…”.
Hay hasta piezas musicales con nombres de comida: "La danza del azúcar" de El Cascanueces de Tchaikovsky, o la divertida Gallina turuleca, cantada por Gaby, Fofó y Miliki, aunque no se come, pone hasta diez huevos. Las típicas canciones que aprendemos cuando estamos chiquitos, como la que habla de la invitación de María Moñito a comer plátano con arroz, o aquella que describe cómo un negrito estaba comiendo arroz caliente y se quemó; o más universales como “arroz con leche”, canción que creemos venezolana pero no lo es, y que habla más de buscar novias sifrinas de la capital, que de la comida propiamente dicha. O aquella manzana que se paseaba de la mesa al comedor…
En restaurantes de alta cocina, algunos chefs usan playlists diseñadas para cada plato. Imaginemos comer sushi con shakuhachi japonés de fondo, o pasta con una tarantela napolitana. La experiencia sensorial se multiplica y uno se siente en una escena de película.
En la interpretación musical, es común encontrar palabras tomadas del mundo del gusto que se utilizan como metáforas expresivas para describir fenómenos sonoros, en un claro ejemplo de sinestesia: hablamos de una melodía dulce, un solo de trompeta picante, una orquestación empalagosa… Y, por supuesto, no podemos olvidar a la inolvidable Celia Cruz, que convirtió en grito icónico la palabra “¡azúcar!” al hablar de la salsa, género cuyo propio nombre, vale recordar, proviene del ámbito comercial gastronómico.
Componer o interpretar una obra musical puede parecerse a preparar una cena especial: se eligen con cuidado las notas, los silencios, las texturas. Y si no sale lo deseado, uno se queda con esa sensación frustrante como cuando un merengue no levanta al batirlo. Comer con música no es un lujo, es una forma de celebrar que estamos vivos.
Así que la próxima vez que se sienten a almorzar, elijan una buena música. Que su menú tenga armonía, que sus notas tengan sazón, y que su día sepa tan bien como suena. Porque al final, la vida es eso: un banquete donde la música es el mantel y la comida, la canción. Sin importar a dónde vaya a parar todo.
Los invito a escuchar, a propósito de música y comida, la pieza “El Menú”, intepretado por el cuarteto donostiarra “Golden Apple Quartet”: https://youtu.be/P_4-yrIjbA4?si=3aqLrDGloBoc1nZh




