Palestrina: más vivo que nunca

Palestrina fue quien logró que la música siguiera siendo polifónica (es decir, con varias voces a la vez) sin que sonara como una reunión familiar peleando por la herencia

Si alguien menciona “Palestrina” en una conversación casual, suelen darse tres reacciones posibles: hay quien piensa que se trata de una pasta italiana; otro lo confunde con algún territorio en conflicto del Medio Oriente; y un tercero, si estudió música, se queda en silencio, con esa expresión de “¡caray, ese sí que era serio!”. Lo cierto es que el nombre Giovanni Pierluigi da Palestrina impone respeto. Y no por lo largo, sino por la grandeza que encierra en la historia de la música.

Nació en 1525 -hace 500 años-, cuando buena parte de Europa todavía creía que la Tierra no solo era plana, sino que tenía frontera con el infierno. En aquel entonces, la música no era para echar broma: era para rezar, llorar y tratar de no irse al purgatorio... salvo la que interpretaban juglares y ministriles en cada bochinche, quienes gozaban un puyero cantando, tocando y bailando. Pero en el terreno de la música “seria” y religiosa, Palestrina se convirtió en el Mozart del Renacimiento… sin saber que Mozart todavía ni pensaba nacer.

A este señor le tocó vivir en una época en la que la Iglesia mandaba más que un alternador. Y como la música sacra estaba empezando a sonar medio loca (demasiadas voces haciendo lo que les daba la gana), el Concilio de Trento se puso estricto. “¡Basta de música complicada!”, dijeron. “Queremos entender la letra, señores”.

Y aquí es donde entra nuestro héroe con su cara de santo y su pluma afinada. Palestrina fue quien logró que la música siguiera siendo polifónica (es decir, con varias voces a la vez) sin que sonara como una reunión familiar peleando por la herencia. Su “Misa del Papa Marcelo” fue como decir: “Tranquilos, yo me encargo”. Y se encargó.

La cosa es que hoy en día, por alguna razón, se le ve como algo rancio. Muchos estudiantes de música lo escuchan como quien huele una gaveta vieja llena de papel carbón, arrugando la cara y diciendo “Uy, esto huele a naftalina”. Pero la culpa no es de él, sino de quienes no han entendido su importancia. O de los profesores que lo presentan como si fuera un castigo divino.

Palestrina fue un adelantado. Uno de esos que sabía exactamente cómo combinar las voces para que sonaran armónicas, serenas, y celestiales. Nada de gritería, nada de atropellos. Todo con elegancia. Si la música fuese una cena, él era el que ponía la mesa, las velas, la servilleta de tela y el postre al final.

No solo influenció a la música de iglesia. No, señor. Su manera de escribir dejó huella en Bach, en Brahms, y más allá. Incluso en la música popular. ¿Te gustan los arreglos vocales de los Beach Boys? ¿El sonido envolvente de un buen grupo vocal venezolano? ¿Las armonías sabrosas del Ensamble Gurrufío o una coral bien afinada? Pues ahí hay ADN palestriniano.

Palestrina sabía que una melodía no necesitaba gritar para ser poderosa. Era como ese amigo callado que, cuando habla, todo el mundo hace silencio para oírlo. Cada línea que escribía tenía su propósito, su rumbo, y su relación con las demás. Nada era al azar. Nada sonaba feo. Puro arte bien pensado.

Y por si fuera poco, escribió más de cien misas y un bojote de motetes, himnos, ofertorios, madrigales... La lista es larga. El tipo no paraba. Uno se pregunta: ¿cómo lo hacía sin laptop, sin partitura digital, sin electricidad… y sin ni siquiera café? Pues con talento, disciplina, y probablemente una vela encendida y la paciencia de un santo.

Hoy en día, cuando un chamo escucha un reguetón sin armonía, sin línea melódica clara, con una letra que da pena ajena, uno se pregunta si no deberíamos mandarlos a hacer un cursito de Palestrina. No para que se vuelvan monjes, pero sí para que entiendan que la música también puede elevar el alma.

Imagínense una misa con cien voces, todas afinadas, todas con su parte bien escrita, entrando y saliendo como si fueran olas en la orilla. Eso es Palestrina. Eso es música hecha con respeto y profundidad. Y también con una sensibilidad que hoy se echa de menos.

En Venezuela, donde tenemos un movimiento coral que ha dado la vuelta al mundo, más de un compositor o arreglista se ha inspirado en él sin saberlo. Porque cuando uno busca equilibrio, claridad, y belleza en las voces, aunque esté montando una gaita o una tonada, por ahí anda el espíritu de don Giovanni metiendo la mano.

Así que la próxima vez que alguien les diga que Palestrina es aburrido, saquen pecho y díganle: “¡Epa, ese fue el papá de los helados en el tema de coros! El que hizo que cantar a varias voces no fuera un desastre sino un milagro”. Y si no les creen, pónganle una de sus misas. Con suerte, les llega una lagrimita. Si no, escuchen esto: Kyrie de la Missa Papae Marcelli cantado por Oxford Camerata.

Porque sí, tal vez huela a naftalina. Pero también a incienso, a papel antiguo, y a sabiduría. A ese olor que tienen los libros buenos, los discos viejos y las partituras que valen la pena. Palestrina no está pasado de moda. Tal vez nosotros estamos pasados de ignorancia.

juanpablocorreafeo@gmail.com 

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Palestrina: más vivo que nunca

Juan Pablo Correa
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