Remembranzas

Nos cuesta imaginarnos una Venezuela en ruinas, aunque estemos enterados de cosas como que la saludadora de la ONU culpa de la deficiencia de los servicios a los venezolanos que todavía sufren su mandato.

Con el tiempo, el paisaje urbano de la ciudad donde hemos vivido tantos años se nos desdibuja en la memoria. Intentamos recordar los nombres del restaurante que frecuentábamos, de la tienda por departamentos donde reponíamos la ropa gastada, de la droguería o farmacia que nos ayudaba con nuestra salud comprometida, o del taller a donde llevábamos el carro que demandaba mantenimiento.

Intento imaginar un recorrido cualquiera para recuperar esos sitios perdidos en el recuerdo, como por ejemplo salir de mi casa para ir a, digamos, el Mercado Periférico. Paso por el Automercado de propietarios madeirenses para bajar por el Paseo Cuatricentenario, pasando frente al centro comercial frente a la estación de servicio y la concurrida panadería con la concesionaria de automóviles al lado, hasta llegar al elevado de Los Colorados. Por la Fernando Figueredo sigo hasta el cruce con la Cedeño, y veo a la izquierda el local donde solíamos comprar jugosos pollos asados, continuando hasta la 24 de Junio. Ya en la Avenida Aranzazu paso imaginariamente frente a un sobrio edificio con un ahora engañoso y cínico nombre: “Palacio de Justicia”, hasta llegar a mi destino: el edificio que una vez diseñé para un Concejo Municipal lleno de proyectos y planes con los que enfrentaría el acelerado desarrollo de Valencia, llamado “Mercado Periférico” pensando en que sería el primero de un rosario de áreas de abastecimiento para las clases menos favorecidas distribuidos en la periferia de la ciudad. Y mientras hago este recorrido en mi imaginación dudo en la realidad de las imágenes que me vienen a la mente. ¿Existen todavía esos lugares, están ahora como me los imagino? Por las redes he sabido de la desaparición de muchos de esos hitos que le daban identidad a mi querida ciudad, o de su deterioro o abandono.

Y si me imagino un recorrido por la Avenida Bolívar desde la Redoma de Guaparo hasta la Plaza de Toros, la sensación no es mejor: la Plaza Montes de Oca ahora es un parque que no recuerda a ese mártir fusilado por los nazis, sino que honra al siniestro personaje de Bram Stoker, al igual que la otrora “Plaza Cristóbal Mendoza”; y entre ambas un triste escenario de un Metro inconcluso, edificios abandonados y locales comerciales vacíos y desmantelados por vándalos; mejor dejamos el recorrido hasta ahí. Describir el abandono de todo lo que se encuentra en el recorrido hasta la abandonada Plaza de Toros sería un lúgubre y monótono inventario de lo mismo que ya hemos visto.

Quienes se fueron en el siglo pasado en busca de una mejor vida se llevaron el recuerdo de un país distinto: a pesar de comenzar a mostrar signos de malestar por causa de gobernantes que dieron paso a un charlatán ambicioso e incompetente para la responsabilidad que asumía, era un paraíso si lo comparamos con el que esa corrupta camarilla, llevada al poder por un pueblo engañado está dejando en lo que va del presente. Y quienes emigramos ya instalados en el poder los sátrapas destructores, obligados por el deterioro progresivo de las condiciones de vida, también sufrimos de la misma distorsión del paisaje urbano que dejamos, aunque sabemos del deterioro y la miseria, de la destrucción continuada y sistemática de los servicios públicos. Nos cuesta imaginarnos una Venezuela en ruinas, aunque estemos enterados de cosas como que la saludadora de la ONU culpa de la deficiencia de los servicios a los venezolanos que todavía sufren su mandato.

Para eso, mejor se quedaba allá con su jefe Trump. Vaya cinismo...

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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