En la historia de la música hay pequeños cambios que, sin hacer ruido, transforman el mundo entero. Así como sucede con el efecto Mariposa tras la frase de Edward Lorenz: el aleteo de las alas de una mariposa en Brasil puede provocar un tornado en Texas. Uno de ellos ocurrió cuando la antigua nota “ut” —austera, rígida y casi monástica— se convirtió en el “do” que hoy cantamos con naturalidad. Lo que parece un simple ajuste fonético encierra, en realidad, una profunda lección sobre la evolución, la adaptación y la necesidad de cambio para alcanzar mayor claridad y belleza.
Pero es prioridad aclarar algo. En la actualidad, nuestra escala musical mayor occidental que aprendemos en la escuela —do, re, mi, fa, sol, la, si—, tiene su símil en ciertas regiones, sobre todo anglosajonas con A, B, C, D, E, F y G. Pero “A” no significa “Do” sino “La”. La letra A corresponde a “La” y no a “Do” porque el sistema de letras (A–G) es anterior al Do–Re–Mi: proviene de la tradición medieval transmitida por el erudito romano Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio (c. 480–524 d. C.), donde la escala comenzaba en “La”; en el siglo XI, el monje benedictino Guido d'Arezzo creó el solfeo para enseñar música, pero sin reemplazar las letras, por lo que ambos sistemas convivieron y así A quedó como La.
D’Arezzo, considerado uno de los padres de la pedagogía musical, ideó entonces un sistema revolucionario para enseñar canto. Tomó las primeras sílabas de un himno a San Juan Bautista —Ut queant laxis— y las convirtió en nombres de notas: ut, re, mi, fa, sol, la. Aquello permitió algo extraordinario: por primera vez, los cantores podían aprender música sin depender exclusivamente de la memoria.
El “ut”, entonces, fue el punto de partida. Era la primera sílaba, el inicio de la escala, la base de un sistema que organizó el sonido y democratizó el aprendizaje musical. Sin embargo, no era perfecto. Su pronunciación terminaba en una consonante seca, poco fluida para el canto, especialmente en pasajes rápidos o ligados.
Con el paso de los siglos, la música —como todo organismo vivo— siguió evolucionando. En el siglo XVII, el musicólogo italiano Giovanni Battista Doni propuso reemplazar “ut” por “do” (del latín Dominus), una sílaba más abierta, más cantable, más natural. El cambio no fue caprichoso: respondía a una necesidad práctica. El lenguaje musical pedía mayor fluidez, mayor resonancia, mayor vida.
Así, “do” no solo sustituyó a “ut”: lo superó. Permitió una mejor articulación vocal, facilitó el aprendizaje y se integró con naturalidad al resto de las notas. Fue un cambio pequeño en apariencia, pero decisivo en la experiencia musical. Una lección clara: cuando algo no funciona del todo bien, incluso si es tradicional, debe transformarse.
Pero la historia no termina en la música. Este tránsito de “ut” a “do” puede leerse como una metáfora poderosa de los procesos humanos, sociales y culturales. Los sistemas —ya sean musicales o políticos— no son inmutables. Nacen, se desarrollan y, en algún momento, deben cambiar para seguir siendo útiles. Dato importante: Todavía en Francia, Bélgica y Suiza se usa el “ut” en lugar de “do”.
Venezuela, durante casi treinta años, ha vivido largos períodos de tensión en una confusa transformación. Hay estructuras, discursos y prácticas que, como el viejo “ut”, alguna vez tuvieron su audiencia y hasta su utilidad, pero que hoy resultan limitantes, incómodos, inútiles, difíciles de sostener y poco armónicas con la realidad contemporánea.
El problema no es solo el pasado en sí. El problema es aferrarse a él cuando ya no canta bien. La historia musical nos enseña que incluso lo más arraigado puede —y debe— evolucionar si el objetivo es mejorar la expresión, la comunicación y la convivencia.
Cambiar “ut” por “do” no implicó borrar la historia, sino perfeccionarla. No fue una ruptura violenta, sino una transición inteligente. En ese sentido, los procesos sociales más saludables no son los que destruyen todo lo anterior, sino los que afinan, corrigen y reorganizan lo existente para que funcione mejor.
Hoy, Venezuela necesita ese tipo de afinación. No una negación absoluta de su historia, no un formateo del disco duro, sino una relectura consciente que permita construir un sistema más claro, más fluido, más justo, aprendiendo del pasado. Un país que pueda pronunciarse a sí mismo con la misma naturalidad con la que hoy cantamos “do”.
La música nos recuerda que la belleza no es estática. Que incluso las estructuras más sagradas pueden evolucionar sin perder su esencia. Que mejorar no es traicionar, sino honrar el propósito original: comunicar, emocionar, vivir mejor.
Tal vez, entonces, el verdadero desafío no sea conservar el “ut”, sino atreverse a encontrar el “do”. Porque en esa pequeña vocal abierta, en ese cambio aparentemente simple, se esconde una verdad profunda: los pueblos, como la música, también necesitan aprender a afinarse para poder seguir sonando.
Si quieren escuchar el Himno a San Juan Bautista, del cual Guido d'Arezzo tomó las sílabas que dieron origen a las notas musicales, les dejo este enlace: https://www.youtube.com/watch?v=SugtS3tqsoo. Allí podrán apreciar cómo cada frase inicia con una sílaba distinta —Ut, Re, Mi, Fa, Sol, La— y, a su vez, en un grado ascendente de la escala, dando forma a uno de los recursos pedagógicos más ingeniosos de la historia de la música.
juanpablocorreafeo@gmail.com




