Hay tanto siempre que no llega nunca tanta osadía, tanta paz dispersa, tanta luz que era sombra y viceversa y tanta vida trunca.
Mario Benedetti
Vuelvo, es un poema desgarrador de Mario Benedetti que describe el doloroso proceso de volver de esos exilios impuestos por cometer ese delito del cual nos prevenía Quevedo; “Tener la razón en una tiranía es un gran riesgo”.
Volver a un país que nos recibe y al cual no es posible conocer y menos reconocerse, pero nos impele reconstruir aquello que fue destruido por la ira, así uno vuelve del exterior. Encontrarse con lo que se dejó de atrás, con la pena de no haber estado, no despedirse de quien se fue, dejar la tierra en donde yacen los huesos de nuestros muertos, volver con la esperanza de reconocer, de encontrarse que la suma del dolor externo es igual a la interna.
El volver es el sueño materializado de hacer la paz con la tierra en la que creciste, en donde reside tu impronta. Aún en nuestro país esa posibilidad no se produce como una realidad tangible, el extrañamiento de quien no está, el dolor del exilio que es una punzada en una cavidad hueca que solía emocionarse. Falta mucho para ese abrazo, por ahora lloramos a través de pantallas, de redes líquidas y posmodernas, hay quienes vuelven del vientre de un Saturno implacable que decidió tragarse a sus hijos, quien además promovido por la ira decidió devorar a todo aquel que se atreviera a pensar distinto.
Las heridas de esos que vuelven son terribles, lacerantes, castrantes para la inserción en la sociedad, nos queda recibirlos, asumirlos en ese abrazo de recompensa solidario, ellos están rotos pero aun enteros. Hay quienes se encontraron con la muerte que es una palabra grave, justo encontraron a la muerte grave y llana en la cruel esdrújula de la cárcel, esa que acentúa ortográficamente la impiedad, la ira y el horror. Hay quienes hemos vuelto a escribir, confundiendo la lluvia con el llanto, el silencio que no es cohabitación con la complicidad en la imperiosa necesidad de no quedarse callado, de no convertirnos en cómplices de este horror que nos robó todo, pero nos mantiene cautivos de un miedo, al cual decidimos acallar para asumir una postura cónsona con los vientos del cambio.
Volver del insilio es terrible, asumir las fracturas y estar claro en que nos encontramos diezmados por tanta traición, por acuerdos manidos y ladinos, por atajos con el mal, que nos dejan desnudos. Volver del insilio es asumir que hemos hechos muchos borradores para recuperar la valentía, volver del ostracismo conociendo el camino de memoria al cual nos exponemos. Nuestro insilio, el mío de siete meses y 17 días, me llevan a un ostracismo contable de 7,56 días, redondeados hacia arriba por la gravedad y el miedo en ocho largos meses.
En estos ocho meses supe quién era cada quién, reconociendo el amigo, al solidario, el infaltable traidor, así como el sin sabor de la derrota. Estoy comprendiendo las bienvenidas mejor que los adioses a los cuales tuve que acostumbrarme duramente, los abrazos con prudencia, los amigos más flacos, con la angustia de quien aún no sale a la calle, de quien es inocente y solo por pensar distinto lo someten.
Empiezo a adecuar con la rutina de escribir columnas de un país en emergencia humanitaria, de inmensa crisis económica, una tarea que no son capaces de resolver, el hambre nos sigue agobiando, la posibilidad de mejorar nuestras vidas, la necesidad de hacer públicas mis clases en una universidad, que también se me volvió hostil. En el insilio aprendí a mantener viva la voz, a desposeerme de lo que se añora y la posible condena por decir la verdad. En este regreso entendí que no todos nos acompañaban, pero con la claridad de saber el terreno que piso, en ese suelo en donde ha llovido tanto que confundo la lluvia con el llanto.
Superar el insilio supone resolver una dimensión del daño antropológico, sanar esa herida que nos hizo abandonar todo para preservarnos.
Estas líneas las escribo para que nadie jamás tenga miedo de expresar lo que se piensa, hoy vuelvo a tener un rostro en el espejo y me reconcilio con mi mirada. Espero en Dios pronto puedan volver los que salieron, encontrarnos en las lagrimas que se enjugan y se refriegan en ese abrazo colectivo de la reconciliación. El insilio me hizo más sabio, más viejo y sincero, sin duelo ni revancha vuelvo, perdiéndome en los lugares comunes que antes me eran familiares y hoy me alertan del peligro de decir, de hablar y de expresarme. Los lugares comunes escenarios del mal, de la traición y la torcida perversión del abordaje de paradigmas.
Al volver hay que dejar atrás a los fantasmas, hay que exiliar al miedo, salir de uno mismo, vista nuestra propia sombra, “podremos contar a los demás pues ya nos conocemos” Jung, C (1970), en esa introspección obligada pudimos ver nuestros miedos, nuestras fealdades y lograr entender que el miedo se volvió un arquetipo común, mixturado con el silencio, pero desde el yo, en aquella isla que nos define está indemne nuestra profunda necesidad de no dejarnos abatir por el inconsciente colectivo, que intentó hacernos callar. En este insilio encontré que nada me pertenece, solo el relato, ese que nos es común la libertad y la decencia.
Confieso estar muy roto, gastado y afectado, pero lleno de esperanza, aunque los lugares comunes como la universidad me sean hostiles . Siempre encontré un pedacito de país en el cual cubrirme de la lluvia del odio, ese pedazo de país subyace en el amor sincero de mis alumnos, en esas miradas que me interpelan para que a pesar de todo siga en pie, enseñando el deber ser, distinto a este ser, conjugando ambas brechas encontraremos darle sentido a esta madriguera en la cual se nos convirtió la vida.
Hoy al salir del insilio se fueron las arrugas de mi ceño y me reconcilio con ese joven irredento, que hoy decide volver, enjugando mis lágrimas, por el amigo que se fue para no volver, para reencontrarme con mis temores y reconciliarme con la verdad del deber que reside en decir la verdad a quien no la quiere escuchar. Este hiato de silencio fue abierto por la gente que te interpela, que pregunta por las columnas, por ese sueño de ver al país libre, con nuestros hermanos regresando, para comprender las bienvenidas mejor que las despedidas. La crueldad es la condena tácita de quienes intentan lavar un discurso manchado por la ignominia, esas manchas no saldrán, no tengo tiempo para ellos, para los rencores, estos son tiempos de volver, pues en mi ausencia aprendí que la vida es frugal, que la muerte es grave y hasta llana, pero que la cárcel es una horrida amenaza.
Vuelvo para sumar mi voz a la de miles, para que salgan todos los presos políticos, vuelvo para tocar la herida de ver hasta donde pudo penetrar el mal, en la academia, en la iglesia, quien también fue tocada por este horror, solo un cardenal valiente, como Monseñor Baltazar Porras pudo tocarse y tocarnos a todos esa herida, cada cual con su discurso, con su rol en estos tiempos de aislamiento.
No me lograron romper, sigo entero, viejo y sincero, vuelvo con la esperanza abrumadora, con los fantasmas, vuelvo sin duelo, vuelvo para confundirme en los nombres y no reconocer la lluvia con el llanto. ¡Por eso vuelvo!, para acompañarlos como cada semana en este octogenario diario, que también volverá a estar en físico en papel. Les insisto a quienes nos obligaron a callar, que no guardo rencor, son los momentos de la nostalgia, de reconstruir la mirada, con el talante de la paz. Vuelvo para esperar a mis hermanos exiliados, para darles las bienvenidas a quienes fueron sometidos a cautiverio y me doy por servido de verlos bien. Vuelvo para llorar por quienes no aguantaron, por las madres destruidas por el odio.
He perdido tanto que aun confundido reconozco que no me han quitado mi discurso, pido a Dios y a su santísima Madre, permitan que el sentimiento de reconstruir supere la tara destructiva, que la humildad nos permita exorcizar la soberbia y que su justicia sea leve, con aquellos quienes vendieron su discurso, con quienes se empeñan en confundirnos.
¡Ustedes no ganaron!, nos hicieron invivible la vida, pero la solidaridad es clandestina y simpática entre la gente de bien, por eso solo vemos hoy nuestras fracturas como lecciones, nuestro tiempo es el del abrazo, el del luto, el del llanto común y reitero la exigencia de una amnistía general para todos los inocentes. ¡Ya basta!...
Volvimos solo para reconstruir, para exigir libertad y justicia, no revancha y venganza, fueron muy buenos maestros enseñándonos en aquello en lo que no debemos convertirnos. La nostalgia del insilio se encargo de permitirme recobrar mi pasado, encontrarme con mi responsabilidad y les pido a ustedes perdón por esta tardanza, pues hice varios borradores por el miedo. Sin embargo, la necesidad de hablar me permitió meter al miedo en un baúl, entendiendo la bienaventuranza del nazareno. “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de Justicia, pues serán saciados”.
Seremos saciados con la justicia que es Cristo, verdad y vida, justicia que salva y amor de los amores.
Referencias.Jung, Carl Arquetipos e Inconsciente Colectivo (1970) Piados Barcelona.Mateo (5:6) Evangelio Según Mateo Biblia Latinoamérica (1972) Ediciones San Pablo Madrid. @carlosnnaezr @nanezc




