La afinación emocional

Cuando alguien hace música con afinación emocional, incluso los pequeños errores pasan a un segundo plano.

Cuando era niño, había en mi cuarto un afiche de un pajarito sonriendo en una rama de un árbol, y decía “aunque sea desafinado, canta con alegría...”. Creo que fue un regalo de cumpleaños. Pero la verdad, realmente detestaba ese afiche. ¿Cómo estar alegre ante un canto desafinado? Luego, la vida, las circunstancias, los aprendizajes, los golpes y los besos, los sostenidos y los bemoles, me hicieron más permeable ante ese simpático pero polémico pensamiento aparentemente optimista.

Y es que hay una idea muy extendida en la música: que cantar o tocar afinado es tocar bien. Y sí, es totalmente cierto. Nadie quiere escuchar un instrumento desafinado, ni una voz que no encuentra el centro de la nota. Pero hay algo que rara vez se dice con suficiente claridad: la afinación no siempre es garantía de emoción, y la emoción, en realidad, es el centro de la música. Es allí cuando el inocente afiche de mi infancia cobra algo de sentido.

Todos hemos escuchado interpretaciones impecables. Limpias. Correctas. Exactas. Y, sin embargo, algo no sucede. Algo no llega. Es como si la música estuviera bien dicha… pero mal sentida. Como si cada nota estuviera en su lugar, pero ninguna tuviera peso.

Ahí aparece lo que me gusta llamar la afinación emocional.

No es un concepto académico. No aparece en los tratados de armonía ni en los métodos tradicionales. Se percibe. Se siente. Es eso que hace que una misma música, interpretada por dos personas distintas, con las mismas notas, el mismo ritmo, produzca efectos completamente diferentes.

La afinación emocional no tiene que ver con el oído absoluto, ni con la precisión milimétrica: tiene que ver con la intención, con la relación íntima entre quien toca y lo que está sonando, y con la capacidad de cargar de sentido a una nota, una melodía. Porque una nota no es solo una frecuencia. Es una decisión.

Cuando alguien hace música con afinación emocional, incluso los pequeños errores pasan a un segundo plano. No desaparecen, pero pierden protagonismo. La música respira. Se vuelve humana. Se vuelve creíble.

En cambio, cuando la interpretación se queda solo en lo correcto, ocurre algo curioso: todo suena bien… pero da la sensación de que nada importa demasiado.

Esto lo vemos mucho en estudiantes —y también en profesionales— que han sido formados bajo la lógica del “no te equivoques”. Una lógica que, sin querer, termina produciendo músicos temerosos. Ejecutantes impecables, pero reservados. Cuidadosos, pero distantes. Haciendo música con un arma invisible en la espalda: el miedo al error, a la desafinación, al resbalón.

La música termina convirtiéndose en un espectáculo circense: un permanente intento de que no caiga ninguna de las pelotas que el intérprete, como malabarista, mantiene en el aire. Y claro, el miedo es el peor afinador emocional que existe.

Porque el miedo tensa. Y lo que está tenso —paradójicamente— no vibra bien.

La afinación emocional requiere, en cambio, cierto grado de entrega. De riesgo. De permitir que la música pase por el cuerpo sin tanto filtro. No es desorden, ni improvisación permanente. Es conciencia expresiva. Es saber por qué esa nota está ahí. Y para qué.En el canto coral esto es clarísimo. Puedes tener un coro perfectamente afinado en términos técnicos… y aún así no conmover a nadie. Y puedes tener otro con pequeñas imperfecciones… pero que logra que algo se mueva adentro.

En el piano, en una orquesta o en un cuarteto pasa lo mismo: la música no es solo tocar bien, es hacer que lo que suena tenga sentido.Quizás por eso, cuando recordamos interpretaciones que nos marcaron, rara vez hablamos de su perfección técnica. Hablamos de cómo nos hicieron sentir. De ese momento en que algo nos atravesó.

Eso es afinación emocional.Y no se enseña con un afinador.

Se cultiva.

Se escucha.

Se vive.

Tal vez ahí esté uno de los grandes desafíos de la educación musical: no conformarnos con formar músicos correctos, sino acompañar la aparición de músicos significativos, de músicos genuinos que crean en sí mismos.Porque al final, la música no necesita perfección.Necesita verdad.juanpablocorreafeo@gmail.com

Únete a nuestros canales en Telegram y Whatsapp. También puedes hacer de El Carabobeño tu fuente en Google Noticias.

Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

Newsletters

Recibe lo mejor de El Carabobeño en forma de boletines informativos y de análisis en tu correo electrónico.

La afinación emocional

Juan Pablo Correa
[code_snippet id=10 php format]