A caballo

Todos vistiendo blue-jeans; ensillados y montados, partían caballos y jinetes rumbo al Dique de Guataparo por la vía de “El Portachuelo”

Antes del Cuatricentenario de Valencia (1955) estaba yo en esa edad difícil de la cara cubierta de acné con un bozo, que supongo se llama así porque es un esbozo de bigote. Mis hermanos respectivamente mayores 4 y 2 años (que en paz descansen) ya presumían de adultos, se rasuraban la cara y fumaban con el cigarrillo en la comisura de los labios al estilo Humphrey Bogart, famoso actor de “Casablanca”, con su aire de misterio y elegancia, que parecía ser el modelo a seguir en aquel entonces.

Y durante las épocas de vacaciones se reunían con amigos de sus mismas edades, pertenecientes a encopetadas familias valencianas y cuyos nombres omito en aras de la brevedad. Una de sus diversiones era montar a caballo, para lo cual acudían a donde Ramón López, propietario de un solar con una pequeña vivienda y una caballeriza “rent-a-horse”.

Para allá se iban en cambote, todos vistiendo blue-jeans; ensillados y montados, partían caballos y jinetes rumbo al Dique de Guataparo por la vía de “El Portachuelo”, que era una carretera de tierra no sustituida todavía por el Paseo Cuatricentenario.Una de esas tardes hípicas, sábado, se dignaron mis hermanos mayores (o se resignaron, ante la exigencia de papá) a llevarme a la excursión hípica.

Era la segunda vez que me veía en el lomo de un caballo y, como la primera, no me sentía nada a gusto. Y el animal se daba cuenta de mi desasosiego, por supuesto. Para colmo, más adelante descubriría que el empleado de Ramón López no había apretado bien la cincha. Partimos todos en bandada, galopando desde Agua Blanca hasta la subida de El Portachuelo, recorriendo los caminos bordeados de naranjales y otros sembradíos con sus ranchos y cobertizos. Temeroso de que mi caballo galopara muy rápido, lo retenía con el freno.

Me quedé rezagado, tragando el polvo que levantaban las cabalgaduras de los demás, y entonces fue cuando la cincha floja hizo lo suyo: la silla se fue deslizando hacia el lado izquierdo y con ella su jinete que, al llegar a la posición horizontal, perdió los estribos y cayó al suelo polvoriento. Afortunadamente, sin lesión alguna.

Visto que el caballo se detuvo al desprenderse de mi peso y se puso a pastar a la orilla del camino, lo tomé por las riendas y regresé a pie hasta los predios de Ramón López. Allí tuve que esperar al resto del grupo. Es que lo mío es “suiche”. Si no tiene, no me monto...

Y si el lector llegó hasta aquí leyendo esta insulsa remembranza, se preguntará el motivo de ella, que no viene al caso. Es que recordé cómo era aquella zona en esa época, donde no había tierra urbanizada alguna: solamente pastizales y, por un tiempo que ahora no puedo definir, una pista de go-karts.Con motivo del Cuatricentenario de la ciudad en 1955, Valencia gozó de un gran impulso a su ya creciente actividad económica y su desarrollo urbano, y uno de los elementos más emblemáticos que surgieron fue la avenida conocida como “Paseo Cuatricentenario” que reemplazó al polvoriento camino, conectando nuevos sectores urbanizados y el Dique de Guataparo con el centro de la ciudad, y favoreciendo su desarrollo.

En esta nueva era que ya se vislumbra, Valencia y Venezuela entera reemprenderán el camino que venía recorriendo para su desarrollo como la gran ciudad que merece ser.Y aquellos polvorientos caminos, por donde se transitaba a caballo, se borrarán definitivamente de la memoria colectiva de los valencianos, a menos que quienes los vivimos contribuyamos de alguna forma para que esos recuerdos no se extingan..

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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A caballo

Peter Albers
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