Judas Iscariote figura en los textos religiosos como el discípulo que traicionó a Jesús, entregándolo a las autoridades romanas que dominaban Judea. Poncio Pilatos, prefecto de Judea, ordenó su crucifixión, luego de que el pueblo judío decidiera entre él y un tal Barrabás, tenido por asesino en la historia que nos han contado desde niños.
Pero según Taylor Caldwell, reconocida autora de novelas históricas, Bar Abbas fue un líder destacado del movimiento por la liberación de Judea. Representaba la resistencia judía frente a la ocupación romana, actuando como una figura emblemática de la lucha por la liberación nacional. Caldwell describe a Bar Abbas como un hombre apasionado, carismático y comprometido con la causa de la independencia de Judea, lo que lo llevó a convertirse en un símbolo de la rebelión contra el dominio extranjero. Y, siempre según la novelista norteamericana nacida en Inglaterra, Judas Iscariote también formaba parte activa del movimiento anti-romano y era seguidor de Bar Abbas, compartiendo con él la visión de liberar a Judea del yugo romano, lo que influenció varias de sus decisiones y acciones a lo largo de los acontecimientos narrados. Caldwell resalta la importancia de Bar Abbas como líder del movimiento libertario y como un personaje clave en la historia de Judea. Y, según ella, Judas Iscariote no sería simplemente el traidor tradicionalmente señalado por la historia, sino un activista comprometido con la causa de la liberación de Judea. En este enfoque, Judas habría entregado a Jesús Nazareno pensando que, por su naturaleza divina, podría escapar fácilmente del martirio, mientras que su verdadera intención era conseguir la liberación de Bar Abbas. Así, Judas actuaría movido más por convicciones políticas y patrióticas que por traición personal, lo que aporta una nueva dimensión al relato conocido.
Efialtes de Tesalia fue un pastor que reveló a los persas, liderados por Jerjes, el paso secreto de las Termópilas, un sendero que les permitió rodear a los espartanos y atacarlos por la retaguardia, lo que resultó decisivo en la famosa batalla. Los persas invadieron Grecia con el objetivo de someter a las ciudades-estado griegas, incluidas Esparta y Atenas. Efialtes buscaba beneficios materiales y reconocimiento por su colaboración, pero, en cambio, su nombre quedó marcado para siempre como sinónimo de traidor en la historia griega. La historia tradicional suele presentar a Bruto y a Casio Longino como los traidores por excelencia del mundo romano, al ser protagonistas en el asesinato de Julio César en los idus de marzo. Pero algunos historiadores y pensadores argumentan que sus acciones no fueron simples traiciones personales, sino que estuvieron motivadas por ideales republicanos y por el deseo de restaurar las libertades perdidas bajo el creciente poder de César.
Es que la figura del “traidor” puede ser mucho más compleja de lo que dictan los relatos populares, abriendo la puerta a interpretaciones donde la traición se entrelaza con convicciones políticas y dilemas morales profundos. Todo depende del cristal con que se mire.
Desde la madrugada del 3 de enero ha venido sonando la palabra “traición” en distintos tonos y en variados espacios. Imaginamos situaciones de pánico, angustia, desesperación. Gentes buscando la mejor manera de salvar, si no la bolsa, por lo menos el pellejo. No valen amistades, lealtades ni principios. Abundan las zancadillas, los rumores perversos, la hipocresía, las intrigas palaciegas




