Aunque ya he escrito sobre este autor, vuelvo a Franz Schubert no solo por la conmemoración de su nacimiento el 31 de enero. Vuelvo a él porque hay momentos en los que ciertos músicos parecen hablarnos directo al presente, aun desde contextos lejanos en el tiempo. No desde el pedestal de la historia, sino desde un lugar mucho más humano, más horizontal, más empático. Schubert no fue un compositor cómodo ni exitoso en vida. Fue, más bien, un trabajador de la música, con problemas, con dudas y con una urgencia enorme por decir algo antes de que se le acabara el tiempo. Y esa sensación, hoy, en la Venezuela que tenemos, se siente demasiado cercana.
Schubert vivió en una Viena que no era precisamente libre. Después de la Revolución Francesa, el Imperio austríaco, bajo el control de Metternich, instauró un sistema de vigilancia y censura para evitar cualquier brote de ideas liberales. Se controlaban la prensa, las reuniones y hasta las conversaciones en cafés. No hacía falta ser un agitador político para meterse en problemas: opinar distinto ya era suficiente. En ese clima, muchos artistas aprendieron a hablar bajito, a no exponerse y a decir las cosas por otros medios.
En ese contexto, la música se convirtió para Schubert en un refugio. No escribía discursos ni panfletos; decía lo que sentía con notas. Por eso su música sonó más en casas de amigos que en grandes teatros, en encuentros íntimos donde la expresión era posible sin levantar sospechas. Algo muy parecido a lo que ocurre hoy con muchos artistas dentro de la Venezuela de a pie, que crean desde espacios pequeños, improvisados, no por romanticismo, sino porque el entorno obliga a ser prudente, rayando en una obediencia incómoda, impuesta. Mas cuando la palabra se vigila y la opinión se regula, el arte intenta, a veces con desespero, seguir hablando.
Durante años, Schubert compuso sin que casi nadie le reconociera el valor de lo que hacía. No tenía cargos importantes ni su nombre sonaba fuerte en los circuitos oficiales. Vivía resolviendo, sobreviviendo, dependiendo del apoyo de panas, de gente que creía en él. En Venezuela pasa igual: el talento está, la vocación sobra, pero el respaldo casi nunca llega. Aun así, la música sigue naciendo, como puede, cuando puede. Claro, sin el enchufe fácil que raya, que mancha, que es cómplice y es prueba de corrupción. Porque la corrupción no es solo el acto en sí: también es el silencio cómplice que lo permite y tolera.
Hay algo muy claro en Schubert: no escribió para agradar. Escribió porque no podía dejar de hacerlo. Y eso conecta mucho con el artista venezolano actual. En medio de apagones, incertidumbre, inflación, migración y cansancio, la gente sigue cantando, tocando, enseñando música, armando coros, grabando canciones, haciendo musicadas. No porque sea fácil, sino porque es necesario, imprescindible.
Schubert también cargó con la enfermedad y con la sensación de fragilidad constante. Seguramente sabía que su vida no iba a ser larga. Y quizás por eso su música está llena de una mezcla rara de ternura y tristeza, de esperanza y resignación. En Venezuela vivimos algo parecido: una sensación de tiempo suspendido, de una pausa extraña, de una vaina rara por no saber qué va a pasar mañana, pero igual se debe seguir adelante, porque no queda otra.
Muchas de las canciones -lieder- de Schubert hablan de caminar sin rumbo claro, de despedidas, de viajes forzados, de no encajar del todo. ¿Cómo no pensar en un país repartido por el mundo, en familias separadas, en amigos que uno no ve desde hace años? Esa nostalgia suave, que no siempre se llora pero se siente, está tanto en Schubert como en la Venezuela de hoy.
Schubert murió joven, sin saber que su música iba a atravesar siglos. Nunca escuchó los grandes aplausos. Nunca vio su nombre en letras grandes. Y aun así, dejó algo verdadero. Eso también es muy venezolano: hacer las cosas bien aunque nadie garantice reconocimiento; confiar en que lo que uno hace tiene valor, aunque el contexto diga lo contrario.
Tal vez la mayor enseñanza de Schubert no está en su genialidad, sino en su terquedad tranquila. En seguir creando cuando todo aprieta. En no renunciar a la sensibilidad, aun cuando el entorno se vuelve duro. En una Venezuela convulsionada, esa actitud es casi un acto de resistencia silenciosa.
Porque al final, como pasó con Schubert, la música no resuelve los problemas del país, pero nos ayuda a no perder el alma en el intento. Y eso, en tiempos como estos, de extraña metamorfosis, ya es bastante.
De Schubert, vale la pena detenerse en el lied Der Wanderer, donde aparece una frase tan sencilla como demoledora -muy del migrante-: “ich bin ein Fremdling überall”, es decir, soy extranjero en todas partes. O como Cabral dijo, no soy de aquí ni soy de allá. Caminar, aguantar, no rendirse. Una música que no se queja, pero tampoco se rinde. Recomiendo escucharla en la interpretación de Dietrich Fischer-Dieskau, con Alfred Brendel al piano:
https://www.youtube.com/watch?v=pI5Vbx_SMoE
juanpablocorreafeo@gmail.com




