Cuando la música nace del silencio

En la historia de la música hay un puñado de nombres que parecen rozar un territorio casi sobrenatural

De Beethoven se habla poco de su carácter fuerte, de su temperamento irascible, de su pensamiento liberal influido por los ideales de la Ilustración, de su rechazo a las jerarquías y de su firme defensa de la independencia del artista frente al poder. Fue un hombre incómodo, frontal, poco dado a la diplomacia y profundamente disruptivo para su época, capaz de tratar a nobles y príncipes como iguales y de sostener con vehemencia su dignidad personal y creativa. Sin embargo, toda esa complejidad humana, ética y política suele quedar relegada a un segundo plano, porque al pronunciar su nombre, una y otra vez, termina predominando una sola idea que parece resumirlo todo: que Beethoven era sordo.

Es una de las primeras noticias sorprendentes que uno se entera en cuanto a música clásica. ¿Cómo un compositor puede serlo, estando sordo? Pero en la historia de la música hay un puñado de nombres que parecen rozar un territorio casi sobrenatural: el de quienes siguieron componiendo cuando los sonidos empezaban a desvanecerse en sus oídos, deformarse o apagarse por completo. Beethoven no fue el único. Una lista de músicos que, enfrentados a la fragilidad de su audición -ese sentido que sostiene su oficio-, decidió seguir creando. Y, paradójicamente, en medio del silencio, esos autores alcanzaron algunos de sus momentos más luminosos.

Hubo un tiempo en que la música se escribía en silencio. Sin artefactos que hicieran audible el sonido, el compositor debía cerrar los oídos al mundo y abrirlos hacia adentro, leer la partitura como quien recorre un libro invisible, donde cada signo no es letra sino sonido pensado, música que existe antes de ser escuchada. Componer implicaba imaginar, anticipar, oír mentalmente cada línea antes de que existiera en el aire. Por eso, que un creador fuera hipoacúsico no es tan extraño como parece: su oído más entrenado no era el externo, sino el interior. Algo muy parecido a quien cierra los ojos y, sin ver nada, es capaz de reconstruir un paisaje, un rostro o un recuerdo con absoluta nitidez.

Bedřich Smetana, el padre musical de la identidad checa, quedó casi completamente sordo a los 50 años. Para entonces ya había sufrido tinnitus, vértigos y la extraña sensación de oír “ruidos internos” permanentes. Uno pensaría que ahí se acabó todo, pero fue al revés: en plena sordera compuso su obra más célebre, el ciclo sinfónico Má vlast (Mi Patria), donde está El Moldava, esa corriente cristalina que se vuelve sonido. Smetana reconstruyó la música desde la memoria y desde la imaginación. El Moldava no le sonaba afuera: le sonaba adentro.

Relativamente cerca en tiempo y espacio, el francés Gabriel Fauré tuvo una vejez musicalmente cruel. No perdió la audición de golpe, sino que comenzó a oír distorsionado: algunas notas se le desplazaban hacia arriba, otras hacia abajo, y ciertos acordes le producían una sensación casi física de incomodidad. Imaginemos a un pintor al que los colores se le mezclan solos, como sucede con el daltonismo. Aun así, siguió componiendo con una elegancia que rozaba lo etéreo. De ese período salieron joyas como La chanson d’Ève y su última música de cámara, donde la armonía se vuelve casi transparente, como si emergiera desde otro mundo.

Modest Mussorgsky no llegó a la sordera total, pero durante los años de alcoholismo más severo sufrió pérdidas auditivas, zumbidos constantes y episodios de fatiga sensorial que le impedían trabajar con continuidad. Lo notable es que, incluso en medio de ese deterioro, compuso obras como Cuadros de una exposición, que parecen tener una fuerza visceral imposible de reconciliar con la fragilidad de su estado físico. La música le salía desordenada y poderosa, como si fuera una urgencia expresiva.

Jean-Philippe Rameau, uno de los arquitectos del barroco francés, vivió sus últimos años con una pérdida auditiva marcada, según testimonios de la época. El hombre que había renovado la armonía y desafiado los límites de la ópera terminó componiendo casi por intuición, confiando en la técnica y en una vida entera de experiencia sonora acumulada.

De Vivaldi, el “cura rojo”, se sospecha que padeció episodios de hiperacusia y vértigos, asociados a una posible afección del oído interno. No era sordera, pero sí una manera distorsionada y a veces dolorosa de percibir el sonido. Vivaldi trabajaba como si nada: siguió escribiendo conciertos, sonatas y óperas con una velocidad que asombra. El oído lo traicionaba, pero el pulso creativo no.

Y no vayamos muy lejos: varios músicos y compositores venezolanos continuaron creando a pesar de presentar hipoacusia o deterioro auditivo en distintas etapas de sus vidas. Teresa Carreño sufrió una pérdida progresiva de audición en sus últimos años, sin llegar a la sordera total, pero sostuvo su actividad artística gracias a una técnica y memoria excepcionales; Vicente Emilio Sojo y Juan Bautista Plaza experimentaron disminuciones auditivas propias de la edad y la salud, lo que los llevó a confiar cada vez más en la estructura mental de la música y en la partitura como espacio sonoro; Inocente Carreño afrontó limitaciones sensoriales leves a moderadas sin abandonar una escritura clara y profundamente interiorizada; y Evencio Castellanos, aunque no sordo, evidenció el desgaste auditivo de una vida orquestal intensa, orientando su producción tardía hacia la claridad formal y el oído interior.

Hay un denominador común en todos estos casos: ninguno dejó de componer.
Los ruidos, los silencios internos, los desajustes en la altura o el puro apagamiento del mundo exterior no lograron disipar la música que llevaban dentro.
A veces, pareciera que la audición más poderosa no es la que entra, sino la que sale.
La música que imaginan los compositores no siempre pasa primero por el oído: pasa por la memoria, por el instinto, por ese misterioso espacio interior donde la melodía ya existe antes de convertirse en sonido. Quizás por eso, irónicamente, algunas de las obras más hondas y conmovedoras de la historia nacieron cuando sus autores ya no podían oírlas.

Invito a que escuchemos una de las últimas obras de Beethoven: su cuarteto de cuerdas n.º 16 en fa mayor, Op. 135, interpretado por Alban Berg Quartett. En este cuarteto, el compositor esboza una especie de despedida filosófica, íntima y serena, muy distinta al Beethoven heroico de épocas anteriores: https://www.youtube.com/watch?v=38DA-F1V0t8 

juanpablocorreafeo@gmail.com

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Cuando la música nace del silencio

Juan Pablo Correa
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