¿Y con qué se come la democracia? Depende del nivel conceptual en el que estemos. Yendo a lo básico, se come con creencias, con valores y con instituciones (leyes, normas, códigos de conducta y un largo etcétera) que funcionan y que reflejan lo que la gente cree y lo que está bien o está mal para el colectivo. Que definen lo que se premia y se castiga. Lo que es comportamiento civilizado y lo que es un delito. La democracia se come también con balances de poderes, con limitaciones a lo que puede hacer un gobernante o un funcionario, electo o no, y con mecanismos autónomos que les paren el trote si se exceden en sus atribuciones. Con mecanismos reales y efectivos, más allá de amonestaciones y regaños. Con órdenes que se cumplen, independientemente del rango de quien las emite, siempre que figuren entre sus competencias y estén respaldadas por las leyes.
Hasta aquí el asunto parece sencillo. En democracia todos –empezando por los que mandan- respetan las leyes, conocen y acatan sus deberes ciudadanos, resuelven los conflictos de manera pacífica (hay quien dice que la democracia es solo un método pacífico de resolución de conflictos), admiten las diferencias de opinión y abandonan las posiciones de poder –o de decisión- para las que fueron elegidos -o nombrados- cuando llega el final de su mandato.
Ahora bien ¿Qué sucede cuando los valores del soberano no son precisamente la tolerancia, la aceptación de la crítica, las limitaciones al poder de los funcionarios o el apego a las leyes y a las reglas del juego político? ¿Qué sucede cuando la sociedad prefiere los líderes “duros”, fuertes, sin contrapesos, que se saltan las normas cuando les parece porque los jefes saben más que el resto de los mortales? ¿O cuando se busca un vengador para que le reponga a la gente las deudas que pueda tener con la vida? ¿Qué sucede cuando la crítica es mal recibida y lleva directamente al conflicto y al ostracismo de una de las partes? Pues sucede, al final del camino, que la sociedad no acepta los valores democráticos –aunque lo diga y lo proclame- y los intentos de gobernarse siguiendo un sistema político de libertades y contrapesos serán inestables y tendrán los días contados: en cualquier momento puede suceder que los que mandan no quieran irse y se nieguen a devolver sus poderes y privilegios, o que el sistema se deteriore hasta derivar en un régimen autoritario e intolerante. O que los electores se crean los cuentos del primer populista que aparezca en escena y le regalen el país a un golpista o a un psicópata.
Un sistema complejo y abierto como la democracia no puede existir sin que la gente comparta un conjunto de valores que incluyan la tolerancia, la cooperación, la negociación y el compromiso, la disposición al cambio, el manejo constructivo –y paciente- de los conflictos, el pensamiento crítico, el pluralismo y la responsabilidad individual y ciudadana: un sistema de valores que le fije límites muy claros a la arbitrariedad, el radicalismo y la motivación de poder. Más allá de elecciones, sistemas de gobierno y actividades políticas, los valores deben reflejarse en el comportamiento de la gente en la calle y en su vida cotidiana, como evidencia de que son creencias asumidas que no se limitan a servir de guía para elegir unos gobernantes y unos funcionarios.
En este punto, voy a repetir una afirmación que he mencionado en textos anteriores. En Venezuela los rasgos sociales no han sido precisamente favorables a la consolidación de un régimen de libertades, sino todo lo contrario. Revisando la historia reciente, se podría afirmar que en la familia, en la escuela y en la vida de todos los días queda mucho por hacer para que la sociedad aprenda, entienda y asuma los valores que sustentan a una cultura democrática. Para llegar a la tierra de gracia la ruta es más larga que el simple reemplazo de los que mandan. Hay que construir un país que no se pase el tiempo esperando por el próximo salvador o por el vengador más arrecho: un país que sepa gobernarse sin tener que pedirle prestado el poder a nadie.
Decía Confucio: “Si quieres conocer una persona, dale poder”. También el presidente estadounidense Abraham Lincoln dijo algo parecido, muchos años después: “Casi todos podemos soportar la adversidad, pero si queréis probar el carácter de un hombre, dadle poder”.




