En 1970, cuando los Correa Feo nos fuimos a Madrid por el año sabático de mi papá, nos llegó la visita de mis queridos tíos Martínez Correa con una propuesta que hizo latir mi corazón con fuerza. Me invitaban a París para celebrar los dieciocho años de “Macaro”, mi prima amada y madrina de confirmación. Mi emoción era tan grande que ya me sentía en la Torre Eiffel, hasta que una observación bienintencionada de mi tía sobre los lujos que mis padres, profesores universitarios, no podían permitirse, tocó una fibra sensible de mi orgullo adolescente. Herida, decliné la invitación con un desplante: “tía, prefiero quedarme en Madrid con mis ’pobres’ padres”. Ella horrorizada con mi respuesta, me dijo: “si te quedas, no vas a conocer París, no pierdas esta oportunidad”. Y tuvo razón, no fuimos a París ese año, fuimos seis años más tarde, pero aquella oportunidad de celebrar con mis tíos y mi prima sus dieciocho, en París, compartir ese importante momento con gente tan querida, se esfumó para siempre por mi complejo, mi terquedad y un estúpido orgullo ofendido.
Cinco años más tarde, en 1976, durante un viaje que hicimos por tierra a nueve países de Europa, llegamos a Pisa. Ante la torre inclinada, un nuevo desafío se presentó: subir sus 273 escalones. Mis hermanos, mis primos, mi madre y nuestra querida Hilda Fe Medina, no lo dudaron. Yo, sin embargo, me dejé vencer por el miedo: mi asma, la inclinación, la falta de barandillas y el rumor de que cada año había un muerto me paralizaron. Me uní a mi padre y mi tía en la base, al lado de Rómulo y Remo. Esa noche, en el camping, escuché las vibrantes experiencias de los valientes mientras yo mordía mi silencio, cargado de un arrepentimiento instantáneo. Años después, en los noventa, quise enmendar mi error con mi marido, pero la torre estaba cerrada al público. La oportunidad, por segunda vez, se había esfumado.
Por cierto, y hablando de mi marido, cuando estábamos por casarnos, mi carrera artística estaba comenzando y tuve gente maravillosa muy cerca de mí, entre ellos, Alfredo Sadel, quien hizo de mi representante artístico y me llenaba de buenos consejos. Mi amado Federico Núñez Corona, director de la Coral Filarmónica de Carabobo, a la que pertenecí, se ofreció a llevar la coral a cantar en mi boda y Alfredo prometió cantar el Ave María. No encontraba qué hacer, porque el grupo musical de mi esposo, “Somos Iguales”, también se había ofrecido. Finalmente, Federico enfermó y, al caerse con esto la presentación de la coral, no invité a Alfredo y perdí la oportunidad de que el tenor de Venezuela cantara en mi boda. Todavía no me lo he perdonado.
Ya casada y con hijos, en 1997, planeamos un viaje a Estados Unidos. La ilusión se vio empañada cuando mi hijo mayor, César, reprobó seis de ocho materias. El coro de voces a mi alrededor fue unánime: “Castígalo, no lo premies con este viaje”. Solo una voz disonante, la de mi colega José Antonio Artahona, me advirtió: “Te recomiendo que no lo castigues con algo de lo que seguro después te arrepentirás”. No le hice caso y César, de doce años, se quedó con su abuela.
En el aeropuerto, mis hijos Isa y Juanse soltaron unas lágrimas por haber dejado a César. No pude pasarlas por alto y los acompañé en su tristeza, aunque, al final, nos fue genial. Mi hermano Juan Pablo, quien dictaba unas charlas en Boston, bajó a Nueva York para encontrarse con nosotros. Juntos visitamos Filadelfia, Baltimore y Washington. Recorrimos museos, parques de atracciones, pasamos por Mount Vernon (la casa de Washington en Virginia), vimos la tumba de Benjamín Franklin en Filadelfia y, en esa misma ciudad, la estatua del precursor venezolano Francisco de Miranda y la famosa escalera frente al Museo de Arte de Filadelfia, donde Rocky se ejercita en todas sus películas. En Nueva York, visitamos las Torres Gemelas. Allí nos montamos en el ascensor más grande que había visto en mi vida y, en medio del asombro, vi a mi hijo Juanse llorando. Cuando me le acerqué, me dijo: “Me hace falta mi hermano”. Lo abracé, llorando yo también. En ese instante, supe que había cometido un error irreparable. El viaje fue maravilloso, pero estuvo teñido por la ausencia y la culpa.
Cuando regresamos a Venezuela, César nos comentó lo bien que la pasó en casa de su abuela. Incluso debe haber estudiado bastante, porque presentó sus exámenes y solo le quedó una, “castellano”, por lo que no tuvo que repetir el año. Le permitieron “arrastrar” la materia.
Cuatro años más tarde, el 11 de septiembre de 2001, cuando unos aviones comerciales, raptados por terroristas, hicieron el atentado contra el World Trade Center que mató a más de dos mil setecientas personas, las torres desaparecieron. Decir que siento que mi hijo no las conoció porque lo castigué suena, quizá, trivial frente a la magnitud de la tragedia. Pero el remordimiento no entiende de proporciones. Es la confirmación tardía de que, una vez más, el miedo o la terquedad me hicieron cerrar una puerta que el destino ya no volvería a abrir.
Estas anécdotas, hilvanadas por el hilo del tiempo, comparten una misma y dolorosa enseñanza: no debemos perder oportunidades. No por orgullo adolescente, no por miedo infundado, no por buscar la salida más sencilla, no por ceder a la presión de castigar cuando el amor debería guiarnos.
Las oportunidades son frágiles y efímeras. Un viaje, un ascenso, un abrazo en un lugar icónico, un “sí” en lugar de un “no”… son instantes únicos que el tiempo se encarga de convertir en recuerdos. Algunos, los que aprovechamos, se vuelven faros de felicidad. Otros, los que dejamos pasar por miedo, orgullo o falsa prudencia, se convierten en pesadas losas de “qué hubiera pasado si…”.
La vida no es solo lo que vivimos, sino también lo que, por alguna razón, dejamos de vivir. Aprendí, tarde, pero lo aprendí, que el mayor riesgo no es fracasar o equivocarse, sino no intentarlo. Que el arrepentimiento por lo hecho suele ser más leve que el agudo dolor por lo omitido. Por eso, cuando la vida te ofrezca una oportunidad, aunque dé miedo, aunque desafíe tu orgullo, aunque contradiga al mundo… abrázala. Porque ese instante, esa experiencia, ese viaje o ese simple “sí”, puede ser un regalo que el futuro te agradecerá eternamente, o un vacío que nada podrá llenar. No dejes que el miedo o el orgullo escriban tu historia con páginas en blanco.




