El tango

Descubrí que el tango, como la vida misma, no es una sola historia, sino un tejido de muchas: algunas duelen, otras celebran, y todas, en su esencia, laten con una pasión irresistible

En los años ochenta, Esperanza Márquez era mi cantante venezolana preferida (bueno, esas preferencias no mueren); su voz me arropaba y las canciones que escogía para sus discos me fascinaban.

Recuerdo una vez que, caminando por una de las calles de Caracas, me la encontré de frente y creí que el corazón se me saldría. Era ella, una de mis ídolos, y se veía tan sencilla. Aun así, no me atreví a pararla para pedirle un autógrafo. Hoy en día somos muy amigas y nos hablamos a diario. Muchos autores los conocí gracias a ella, entre ellos, Astor Piazzolla, el gran revolucionario del tango.

Debo aclarar que el tango en mi casa no era muy apreciado. Mi padre solo escuchaba música académica, pero permitía los gustos de mi mamá, que eran mucho más amplios. En algo sí estaban totalmente de acuerdo: el tango no era bienvenido. Como es de esperarse, cada uno tenía su pequeña historia tanguera.

Mi abuela materna era una mujer de carácter estricto y malhumorado. Cuando mi madre tenía apenas tres o cuatro años, ella sospechó que mi abuelo mantenía una aventura con una joven valenciana. Inmediatamente, inició los trámites para mudarse a Caracas. Alegaba que, como en Valencia no había universidad, y uno de sus hijos estaba por graduarse de bachiller, era necesario irse a la capital; así alejaría a mi abuelo de su supuesta amante y, mientras tanto, ella, que era una excelente pianista, ahuyentaba sus penas tocando tangos arrabaleros y de despecho con un humor sombrío. Había un tango que en particular le fascinaba: "El Tango Uno", que lo tocaba varias veces al día. Mi mamá, a pesar de haber sido tan solo una niña en esa época, cuando volvía a escuchar un tango, recordaba de inmediato todo y se retiraba.

Lo de mi papá fue más traumático, aunque él era todavía más pequeño. En su casa solían celebrar más los onomásticos que los cumpleaños. El día de San Juan, 24 de junio de 1935, la casa de las González Salas se vistió de fiesta con piñata y todo, porque a Juan Germán (mi papá, de dos años y medio), le festejarían su santo. Estaban las mamás de sus amiguitos sentadas en los corredores, alrededor del patio de la casa de su abuela y de sus tías, a punto de tumbar la piñata, cuando llegó la noticia fatal: en un accidente de avión en Medellín, Carlos Gardel acababa de fallecer.

Mi papá recordaba siempre cómo la fiesta se acabó en segundos. Las madres, algunas llorando otras gritando como locas, tomaron a sus niños y se fueron de la casa, sin haber tumbado la piñata ni haber comido torta. Hasta sus tías y su mamá lloraron a Gardel, un cantante que él no conoció y que detestó desde ese día, porque fue el culpable de que su fiesta se acabara.

Una noche, unos amigos me invitaron a pasar una velada diferente en un lugar nuevo de Valencia, “Cambalache”, donde su dueño, un artista argentino llamado Horacio Duggan, cantaba tangos. De verdad que fue excelente la idea. La pasamos muy bien y los tangos me gustaron mucho.

Cuando comenzamos la amistad con los Montanari, en la tasca de mi casa, más de una vez, Paolo y Giovanna, papás de Lucía y Paola, nos regalaron música. ¿Y qué tocaron? ¡Tangos! Con Paolo al piano, la voz de Giovanna los hacía oír maravilloso. Tan bien lo hacían que mis padres terminaron encantados.

Ya dándome cuenta de que el tango no era lo que sentían mis padres, sino un hermoso tipo de música sureña, porque se lo pelean argentinos y uruguayos, investigué y me aclararon que el tango es el producto del lamento de la inmigración italiana, siempre en primera persona, llena de pesar y tristeza porque no encontró en Argentina el paraíso que buscaba. Y yo agregaría que todo fue exageración, porque no se regresó e “italianizó” increíblemente a la Argentina. 

Particularmente me había gustado “Malena”, tango interpretado por Esperanza Márquez y, luego llegó Sergio Ramos, mi marido (mi novio en aquel entonces), a quien respeto y admiro muchísimo como músico, con un disco de “Buenos Aires 8” que me dejó boquiabierta. Qué grupo tan espectacular. La mayoría de los tangos que cantaban, a capella, eran de Astor Piazzolla.

En poco tiempo supe que Piazzolla era un músico argentino, hijo de italianos, criado en Estados Unidos, que de niño trabajó con Carlos Gardel. Él, con tan solo 13 años, primero le sirvió a Gardel de traductor y luego, se hizo tan inseparable del “Zorzal”, que actuó como vendedor de periódicos (“canillita”), en la película que Gardel hacía en ese momento en Nueva York: “El día que me quieras”. Cuando Gardel tuvo que partir para hacer la gira por Latinoamérica, invitó al pequeño Piazzolla, a quien llamaban “El Gato”, a acompañarlos a la gira, pero el papá del niño se negó y por eso se salvó. Y cuentan que hasta el final de sus días le agradeció al Zorzal Criollo lo vivido con él en aquella Nueva York de los años treinta. Soñaba con hacer un musical sobre Gardel y su experiencia como traductor, amigo, actor y bandoneonista. Hasta se reunió con varios especialistas y quería que Tim Rice, -coautor con Andrew Lloyd Webber de “Evita”-, hiciera el libreto, y consiguió que otro grande lo hiciera, pero él no pudo terminar el musical, gracias al inesperado ACV que sufrió. 

Hay una emotiva carta que Ástor le había escrito en 1978 a Gardel, a quien él llamaba Charlie, en la que, además de recordar lo que vivió a sus 13 años, expresa de alguna manera, la admiración, el reconocimiento y la gratitud que nunca pudo proporcionarle en vida.

Muchos argentinos tradicionalistas consideraban que la música de Astor Piazzolla, denominada "nuevo tango", rompió barreras mediante el uso de armonías extendidas, disonancias y contrapunto. Digamos que Piazzolla revolucionó el tango al incorporar jazz y estructuras clásicas. Fueron años de controversia; pero hoy Astor Piazzolla es visto con orgullo por los rioplatenses, gracias a muchas obras fundamentales como "Adiós Nonino", "Libertango" y "Estaciones Porteñas", por nombrar algunas.

Así, el tango, que no podía entrar en mi vida por el despecho familiar y un trauma infantil, terminó por revelárseme en toda su dimensión artística y emocional. Dejó de ser el sonido de una pena ajena o el culpable de una fiesta arruinada, para convertirse en un puente. Un puente hacia la genialidad transgresora de Astor Piazzolla. Descubrí que el tango, como la vida misma, no es una sola historia, sino un tejido de muchas: algunas duelen, otras celebran, y todas, en su esencia, laten con una pasión irresistible. 

Anamaría Correa      anamariacorrea@gmail.com 

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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