Lenguaje y poder en tiempos de transición

No se puede construir convivencia democrática sobre la base del resentimiento verbal ni del desprecio sistemático al otro

Cuando repites los patrones de quien criticas, terminas convirtiéndote en lo mismo.

A eso voy. Si mi adversario político se caracterizó por el uso sistemático de términos peyorativos para descalificar al otro, y ahora —en un momento de transición— quienes fuimos señalados respondemos con el mismo lenguaje, entonces dejamos de ser alternativa. Nos convertimos en parte del problema. Y, peor aún, debilitamos cualquier posibilidad real de reconstrucción nacional.

Durante años, el chavismo estigmatizó a quienes pensábamos distinto con un arsenal de etiquetas: “traidores a la patria”, “pitiyankis”, “escuálidos”. Ese guion, impulsado desde el poder, transformó al adversario en enemigo. Y al enemigo, en alguien que debía ser excluido. La llamada Lista Tascón —una base de datos con ciudadanos que firmaron para activar un referendo revocatorio contra Hugo Chávez— terminó siendo utilizada como mecanismo de discriminación política en ámbitos laborales y sociales. El mensaje fue claro: al enemigo ni agua.

Hoy la realidad es otra. Se vislumbran cambios, se habla de transición, de reconstrucción. Pero caer en ese mismo lenguaje de descalificación hace imposible una transición real. No se puede construir convivencia democrática sobre la base del resentimiento verbal ni del desprecio sistemático al otro.

La experiencia de Nelson Mandela ofrece una lección que trasciende contextos. Tras 27 años de prisión y décadas de opresión institucionalizada, entendió que la estabilidad de su país no dependía solo de la justicia, sino también de la capacidad de contener el resentimiento colectivo. No renunció a la verdad ni a la responsabilidad de los culpables, pero evitó que el lenguaje del odio se convirtiera en la base del nuevo orden. Apostó por una reconciliación difícil, pero necesaria.

Venezuela necesitará justicia. Pero también necesitará ciudadanos que estén a la altura del momento histórico. No repetir el lenguaje del odio no es un gesto simbólico ni una concesión ingenua: es una decisión política. Tal vez la primera, y más importante, en el camino hacia una verdadera reconstrucción nacional.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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Lenguaje y poder en tiempos de transición

Luis Alonso Hernández
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